13 de enero de 2015 12:50 PM
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Gerardo Martínez Mondelo, el productor detrás del trigo más austral del mundo

CHILE : La búsqueda por aumentar la productividad del negocio familiar y vender animales en contraestación lo llevaron a experimentar con algo que nadie había intentado en la región: sembrar coles, cebada y trigo, con resultados que los transforman en una nueva alternativa productiva para Aysén, que algunos miran con atención y otros, todavía con recelo

En Coyhaique, al preguntar por Gerardo Martínez Mondelo, la mayoría de la gente lo conoce o al menos lo ubica.

Algunos muestran admiración por las innovaciones que el empresario ganadero -nacido y criado en Aysén- está desarrollando en la zona: tiene la única plantación extensiva de trigo de la región. Partió con ella hace tres años en forma experimental y para esta temporada suma ya 500 hectáreas.

Otros plantean que está loco y que la escala con que está desarrollando el cultivo del cereal implica demasiados riesgos e incertidumbres.

Sin alterarse con los comentarios, Gerardo Martínez reconoce, medio en broma y medio en serio, que está un poco loco para continuar con lo que viene haciendo: producir el cereal más austral del mundo en una zona donde nunca antes se había plantado.

Sin embargo, los resultados que ha obtenido en estos tres años le hacen pensar que se trata de una actividad agrícola nueva para Aysén -donde predomina la ganadería bovina y ovina-, que a futuro permitiría incorporar otro tipo de industria para la región, pensando en un molino o en una planta de elaboración de alimento concentrado animal, lo que también representa una oportunidad para reducir los costos de los ganaderos.

“Me he llenado de detractores y partidarios, aunque asumo que para concretar toda esta plantación en tan poco tiempo hay que tener cierto grado de locura, pero bien llevada”, asegura mientras camina por una parte del campo familiar de cinco mil hectáreas, la estancia Alta Sierra, en el valle Simpson, una zona que los locales indican como la de mayor potencial agrícola de Coyhaique y donde el viento, pese a ser verano, golpea fuerte.

La idea de plantar trigo no fue casualidad. Tras enterarse del diagnóstico de cáncer cerebral de su padre, en 2009, Gerardo Martínez decidió renunciar a la gerencia de la automotriz Varona -la principal de la ciudad, donde llevaba ocho años al mando- y hacerse cargo de la empresa familiar ganadera. No le era un mundo lejano, ya que es veterinario de la Universidad Austral y se había mantenido cercano al campo, pero fijó una condición: cambiar el modelo productivo tradicional y manejarlo como una industria.

Para eso contrató a un agrónomo y le exigió desarrollar un proyecto que generara la rentabilidad suficiente para justificar la presencia de los dos en la empresa. Identificaron las ventajas -como las condiciones climáticas y ser profesionales, algo que considera poco común en la región- y las debilidades, donde lo más grave fue la alta estacionalidad de la producción ganadera y sus consecuentes precios bajos.

“Decidimos cambiar el modelo y trabajar en contraestación. Engordar a los animales en invierno, cuando nadie engorda, y venderlos en primavera, cuando nadie vende, para disminuir nuestra venta en el verano, que es cuando todo el mundo lo hace”, explica Martínez.

En el camino para lograrlo ha puesto al trigo como una opción para la Patagonia y, con ello, tiene expectante a la región.

 

Atreverse a probar

En Aysén, los días de verano son más largos que en otros lugares de Chile. Oscurece muy tarde y a las seis de la mañana ya es de día, un dato que no solo importa para los turistas que viajan a pescar o a recorrer la Carretera Austral.

Es un rasgo que también afecta al ciclo de vida de las plantas, que crecen más de lo normal, y que en el caso del trigo de Gerardo Martínez es algo positivo, porque el grano alcanza un tamaño más grande que en la zona central.

Sin embargo, en la zona corre un viento constante, el que es una de las amenazas que los productores locales ven para el cultivo de cereales, porque puede desgranarlos justo antes de la cosecha.

Teniendo ese diagnóstico en carpeta, Martínez decidió entrar a la agricultura para generar alimento para su ganado -que actualmente es de unas siete mil cabezas- en la época de menor disponibilidad, y diseñó un proyecto para conservar los alimentos durante el invierno, además de comenzar a producir brassicas, como coles y nabos forrajeros.

La necesidad de rotación de esos cultivos, que se pueden sembrar solo una vez cada cinco años en un mismo terreno, fue la clave para probar qué resultados daba el cultivo de cereales en Aysén. Plantó media hectárea de cuatro especies: trigo, avena, triticale y cebada, con cuatro variedades por cada una, para ver cuál se comportaba mejor en términos de rendimiento y conservación.

“El resultado dijo que era el triticale, pero no habían semillas suficientes para las 500 hectáreas que queríamos, así es que optamos por el trigo Otto, de semillas Von Baer, y sembramos del orden de 700 hectáreas”, recuerda Gerardo Martínez.

No se detuvo ahí. Al ver los primeros resultados del trigo que había sembrado en forma experimental quiso ir a los molinos “del norte”, entre Puerto Montt y Temuco. Recuerda que nadie lo quería recibir. Incluso, cuando decía que venía desde Coyhaique, las secretarias pensaban que era una broma.

“Me decían que estaba loco, que sus jefes no tenían tiempo para payasadas, y yo los esperaba por horas, porque nadie me creía, pero cuando me comenzaron a atender y vieron las fotos que llevaba y mis muestras se les abrían los ojos, porque las muestras arrojaban una calidad de trigo duro, con niveles de proteína, gluten y varios factores muy buenos para el estándar de la industria”, explica.

Ese año, el primero con una plantación extensiva en la historia de Aysén, no solo significó buenos resultados en términos de obtener granos para el ganado, sino también la venta de unas 300 toneladas de trigo para esos molinos que lo tildaban de loco.

 

Diversificarse

El interés de Gerardo Martínez por la agricultura ha crecido porque -tras comprobar que es un negocio posible en su región- cree que tiene una rentabilidad mayor que la ganadería y en un período más corto de tiempo.

“El negocio agrícola es de seis u ocho meses, mientras que el ganadero es de dos años y, por otro lado, en la medida que diversifico la oferta productiva estoy menos expuesto a los vaivenes del mercado, es decir tengo más canastas donde poner los huevos”, asegura el empresario.

Por eso, no contento con lograr una producción industrial de trigo inédita, esta temporada además sembró cebada. Dice que es un cereal que tiene menor riesgo de heladas -uno de los mayores problemas que ha enfrentado con el trigo- y que es interesante porque puede incorporarlo hasta en un 70% en una ración de alimento animal, frente al 30% del trigo.

Para este año, en el cual tendrá la primera producción de cebada de la Patagonia, tiene un contrato con Malterías Unidas, que -asegura- representa alrededor del 10% de la superficie de Chile.

“Es atractivo venderle a la industria, pero nosotros no nos olvidamos nunca de que somos una empresa ganadera y nuestra fortaleza es que si no es atractivo o no podemos ir a las industrias, podemos transformar los cereales en alimento animal”, insiste.

Esa idea, que repite varias veces a lo largo de la entrevista, se apoya en que para los patagones es muy complejo y caro sacar sus productos de la zona. Así, por ejemplo, los costos de transporte que tiene para llegar con el trigo o la cebada hasta La Araucanía alcanzan hasta los $40 por kilo, frente a un nivel en torno a los $6 que puede tener un productor de trigo de la IX Región.

Eso se compensa, en parte, por el menor gasto que Martínez tiene en agroquímicos, que es la cuarta parte en relación a otras zonas del país, ya que en Aysén el trigo tiene muy baja competencia con especies resistentes a productos como el glifosato y a que las condiciones de aislamiento sanitario también actúan como una ventaja.

De hecho, eso tiene a Gerardo Martínez mirando nuevas opciones, como la producción de semillas, para lo cual ya se ha contactado con algunas empresas. “Es por la gran sanidad de Aysén, aunque tenemos que generar nuevos conocimientos, porque eso sí que es profesional”, asegura.

 

Enfrentar las críticas

La escala a la que Gerardo Martínez ha venido haciendo las cosas en los últimos tres años genera recelo en la zona. Algunos critican el alto grado de riesgo que han implicado sus inversiones, que califican de agresivas y poco tradicionales, aunque hay productores que lo reconocen como un innovador y líder de una transformación para la agricultura regional.

Él cree que sus pares sienten temor de que ‘le pegue el palo al gato’ y que lo ven como un riesgo. “Nosotros ya manejamos un nivel de conocimiento que nos permite probar con otras alternativas y, si nos va bien, ellos no tienen nada que hacer porque no tienen la formación profesional ni el ánimo de asesorarse, ni las ganas de invertir en el paquete tecnológico que se requiere. Quizás de diez proyectos nos funcionen siete, pero lo estamos intentando”, asegura.

En ese sentido, comenta que son muy pocos los productores que le han pedido ir a ver lo que está haciendo en el campo con la producción de cereales y que los investigadores del INIA, sus vecinos en la estancia Alta Sierra, tampoco se han acercado en estos tres años.

“Me da pena que hoy no exista un interés franco, tanto de los actores como de los investigadores locales en acercarse a nuestra empresa y ver nuestros cultivos, para aprender o hacer sus comentarios, pero nunca ha venido ningún técnico. Puede sonar feo, pero es la verdad”, critica Gerardo Martínez, sobre algo que califica como mediocridad y “mentalidad patagona”.

Pese al riesgo que ha tomado con sus decisiones, se muestra tranquilo, aunque reconoce que le preocupa la desaceleración que ha tenido la economía nacional este año, el único aspecto que le ha hecho frenar sus inversiones.

“Si hubiese seguido estable, como lo estaba hasta el año pasado, habría continuado con las inversiones, pero estoy analizando con mucho cuidado lo que voy a hacer. Nosotros destinamos del orden de US$ 2 millones a maquinaria agrícola en los últimos cuatro años, pero en 2014 no invertimos nada, por la desaceleración y las reformas”, explica.

Reconoce, eso sí, que su visión del negocio es agresiva y que busca desarrollar un modelo productivo y no de control de gastos, como se usa en la zona y que acostumbraba a tener su padre, quien era inmigrante español.

“Si mi papá viera lo que estoy haciendo me pegaría con un palo en la cabeza. Él trataba de incorporar cambios dentro de lo que hacía, pero siempre desde un punto de vista muy prudente, y yo no soy así. Él no tenía deudas y yo tengo varias, pero no tengo problemas para dormir”, asegura Gerardo Martínez.

500 hectáreas de trigo, tiene ya Gerardo Martínez en valle Simpson. Este año sumó además cebada. 

“Me da pena que no exista un interés franco, tanto de los actores como de los investigadores locales en acercarse a nuestra empresa y ver nuestros cultivos…Puede sonar feo, pero es la verdad”

Gerardo Martínez.

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