15 de febrero de 2015 20:03 PM
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Yo, nosotros, todos (por Nelson Castro)

La insistencia presidencial de dividir a la sociedad aún en el dolor irrita y desconcierta. Crítica post mortem .

La firma del acuerdo con Irán fue un acto de irracionalidad política destinado a sostener un memorándum que de principio a fin era y es un esperpento jurídico. Casi nadie dudó de que por esa vía no se iba a llegar a esclarecer el atentado terrorista perpetrado contra la AMIA, el más grave que sufrió la Argentina a lo largo de toda su historia. Y esta afirmación no emanaba de un acto deductivo sino de la simple lectura del documento en el que se plasmó el pacto. Saltaba a la vista que la soberanía de la Justicia argentina quedaba seriamente afectada, ya que su veredicto debía someterse a una Comisión de la Verdad acordada por ambos países. Pero además, para que un ciudadano iraní declarase ante el juez de la causa, Rodolfo Canicoba Corral, debía ser previamente autorizado por un juez iraní que, para ello, debía encontrar evidencias fundadas de las acusaciones que se le harían al sospechoso en cuestión. El fiscal del caso, Alberto Nisman, además, estaba condenado a muerte por el régimen de Mahmoud Ahmanidejad; ¿qué seguridades de respeto a su vida tendría en Teherán? Ahmadinejad negó siempre el Holocausto y amenazó con destruir el Estado de Israel. ¿Se podía creer pues en su real voluntad de esclarecer el atentado que destruyó la AMIA y acabó con la vida de 85 personas?

 

El Gobierno nunca tuvo respuesta para éstos y otros interrogantes que se generaron tras el acuerdo. Todo ello más el cuerpo de evidencias que fue recogiendo a través de las diferentes escuchas ordenadas por el juez Canicoba Corral, fue lo que llevó a Nisman a hacer la resonante denuncia que le costó la vida. La decisión del fiscal federal Gerardo Pollicita de avalar, es un mentís para todos los que desde la Presidenta hacia abajo se dedicaron a denostar el escrito presentado por el fiscal muerto ante el juez federal Ariel Lijo diciendo que había sido redactado por alguien que no era siquiera abogado y que esa persona podría haber sido el mismísimo Antonio Stiuso.

 

La enfermedad del poder ha calado hondo y en forma perturbadora en la Presidenta
 

En la presentación de Pollicita –que a su vez tiene el valor de un homenaje post mortem a Nisman– hay dos diferencias y un punto muy significativo. Las diferencias son que no se pide por ahora la indagatoria a la Presidenta ni el embargo sobre sus bienes. El punto en cuestión aparece en la página 59, en el que se señala que un encubrimiento no debe ser necesariamente exitoso para ser considerado un delito. Es decir que, la mera existencia de una concatenación de acciones llevadas adelante en forma concreta y fehaciente, es suficiente para demostrar la existencia del hecho bajo investigación. Este es un detalle importante para cuya elaboración, el escrito se apoya en bibliografía que remite, entre otros autores, al Doctor Eugenio Zaffaroni. ¿Desde el oficialismo lo tildarán también de ignorante del derecho?

 

Hasta aquí, las respuestas de la Presidenta y de su gobierno ante el magnicidio institucional que para la República representa la muerte de Nisman vienen de mal en peor. Para el kirchnerismo, la marcha del 18F es un acto de golpismo; las denuncias contra funcionarios que van poblando distintos juzgados, son un parte del golpismo judicial. Es la misma cantilena que viene repitiendo el oficialismo desde la crisis con el campo en 2008. Nadie afectará la estabilidad de este gobierno. De hecho, el proceso judicial que se abre con la denuncia del fiscal Pollicita tiene por delante un largo camino que se extenderá más allá del 10 de diciembre, a no ser que el juez Daniel Rafecas –quien no se siente cómodo con la causa–, decida rechazar la denuncia in limine. Por lo tanto, la Presidenta deberá afrontar la mayor parte del proceso judicial desde el llano.

 

Costo político. El caso genera un enorme impacto político por lo que desnuda: la existencia de personajes marginales encumbrados en posiciones relevantes en el manejo de las relaciones exteriores del país y en un asunto de la magnitud y la gravedad que tiene el atentado impune contra la AMIA. Y éste es el costo político de mayor peso que debe enfrentar el Gobierno a partir de esta causa. Las escuchas habrán de jugar un papel clave en todo este proceso judicial porque, según lo que señalan quienes conocen el contenido de otras conversaciones que no figuran aún en el expediente, más allá de la existencia o no de otras evidencias dejan al descubierto, la verdadera trama de una negociación que nunca debió insistir en la que Irán buscaba la impunidad de sus funcionarios.

 

En su último Aló Presidenta, CFK protagonizó uno de los episodios más crueles e irritativos sucedidos a lo largo de sus dos gobiernos. Hizo alusión allí al amor y al odio. Según ella, al amor lo genera el kirchnerismo y el odio todos los que no lo son. ¿Es una muestra de amor hacia Nisman haber menoscabado la marcha del silencio en su homenaje diciendo “quedémonos con el canto y que ellos se queden con el silencio”? ¿Es una muestra de amor no haber expresado pública ni privadamente una sola palabra de condolencia a las madre, las hijas y a la ex esposa del fiscal muerto? ¿Es una muestra de amor la permanente descalificación post mortem de Nisman? ¿Es una muestra de amor y búsqueda de la unidad hablar de “ellos” y “nosotros”? Todo este sinsentido sumado a su enojo permanente demuestra que la enfermedad del poder ha calado hondo y perturbadoramente en la Presidenta.

Producción periodística: Guido Baistrocchi

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