22 de marzo de 2015 21:08 PM
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Un enfoque distinto : Lombrices los bichos amigos

Carolina Masín y Alba Rut Rodríguez, científicas de la Universidad Nacional del Litoral y Conicet, estudian la salud de los suelos santafesinos tomando a las lombrices como bioindicadores. Los resultados parciales demuestran el perjuicio para el recurso que generan las malas prácticas agrícolas como el monocultivo y el uso indiscriminado de químicos

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) designó al 2015 como el “Año internacional de los suelos” debido a la importancia de este recurso para abastecer al mundo de alimentos, medicamentos, fibras y combustibles. Amenazados por la intensificación, el desafío es evitar su desgaste ante el incremento del uso que implicara satisfacer las demandas de la creciente población mundial. Según el organismo, actualmente el 33% de los suelos del planeta está “moderada a altamente degradado” por efecto de la erosión, salinización, compactación, acidificación, contaminación química y agotamiento de nutrientes.

 

En Santa Fe, las licenciadas en biodiversidad Carolina Masín y Alba Rut Rodríguez realizan un relevamiento de lombrices de tierra como indicadores del uso del suelo, asociado a un trabajo similar que 40 años atrás hizo el sueco Per Olof Ljungström, quien desarrolló el primer muestreo y clasificación de este tipo en la provincia. En base a la especie y cantidad detectada de oligoquetos (nombre científico de las lombrices), la expertas ya cuentan con algunas conclusiones parciales. La principal confirma el efecto devastador de la agricultura intensiva “cuando las prácticas no son adecuadas”, sobre todo del monocultivo de soja.

 

 

Todos los sistemas

Con base en el Laboratorio de Ecotoxicología de INTEC (Instituto de Desarrollo Tecnológico para la Industria Química, dependiente de la UNL y el Conicet), Masín desarrolla su trabajo de tesis bajo el título “Relevamiento de la oligoquetofauna en relación al uso del suelo a largo plazo en la provincia de Santa Fe” y Rodríguez lo complementa con bioensayos que replican el efecto de los principales químicos utilizados en el campo sobre estos integrantes de la edafofauna.

 

Ambas especialistas contaron a Campolitoral que buscan mostrar cómo cambió el uso del suelo y determinar en qué medida esas prácticas alteraron la vida subterránea en los campos, en particular la población de lombrices. “Se ve una disminución donde el uso es muy intensivo”, adelantaron, ya que aún resta un año más de monitoreo antes de finalizar el estudio.

 

El enfoque es novedoso, en tanto se aborda el suelo en su aspecto biológico, en contraposición a la consideración físico-quimica que predomina mayormente entre los profesionales del agro. O sea que contempla la incidencia de los organismos vivos -y no sólo la disponibilidad de minerales o Materia Orgánica (MO)- como actores que determinan la productividad del recurso.

 

La metodología consiste en tomar muestras de lotes con diferentes usos (ganadero, hortícola y agrícola, incluso el jardín de una casa y una banquina) para observar la riqueza (cantidad y especies) de lombrices y establecer relaciones con los resultados que arrojan los análisis físico químicos de esos suelos. Ya se relevaron 22 campos y si bien la intención es tener una muestra representativa de todo el territorio provincial, el trabajo se orientó a repetir las observaciones en los mismos sitios visitados por Ljungström. “En la mayoría de los casos -explicó Masín- el uso es agrícola, por el gran cambio que hubo, sobre todo en el centro norte: lo que era monte nativo o pastizal natural ahora tiene actividad agrícola intensiva”.

 

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En su ambiente. Las licenciadas Alba Rut Rodríguez y Carolina Masín trabajan en el Laboratorio de Ecotoxicología de INTEC (Instituto de Desarrollo Tecnológico para la Industria Química) Santa Fe.

 

 

Nativas vs exóticas

Para el análisis se toman en cuenta la diversidad de especies -nativas y exóticas- y su relación con las alteraciones observadas, respecto de las que registró el científico sueco.

 

Microscolex dubius y el género Eukerria (que son varias) son dos de las especies sudamericanas en retroceso detectadas en Santa Fe. “Ljungström hace 40 años las había registrado, así que por un lado estamos contentas porque siguen estando”. Sin embargo en algunos departamentos donde antes estaban ahora no. “Es como que se desplazaron o la distribución territorial es diferente”. Además observaron que están asociadas a suelos con mínima perturbación, lo que indica que son muy sensibles. “Tienen una función determinada en los ciclos de la materia orgánica o de otros nutrientes y también influyen en otros bichos que igualmente cumplen funciones importantes en el suelo”, explicó la becaria. Y, sobre todo, estas lombrices “trabajan” en el estrato superior del perfil, donde se desarrollan las raíces de los cultivos, por lo que es muy importante su presencia.

 

Alba Rut Rodríguez destacó que su importancia -además de hacer disponibles los nutrientes de la MO- radica en “las propiedades físicas que le dan al suelo, porque tienen la característica de subir y bajar; entonces hacen galerías que implican mayor aireación e infiltración y se complementan con las que están a mayor profundidad, que hacen galerías transversales; es un sistema de canariculos que hacen que ese suelo sea poroso y permeable”.

 

Las exóticas, por ejemplo Aporrectodea Rosea y Aynthas Hawayanus, son las que trabajan en estratos inferiores y si bien participan de la descomposición de organismos, la incorporación de materia orgánica es muy finca y escasa. Por eso, Masín remarcó: “si me faltan las nativas no hay un funcionamiento en la parte superior del perfil, donde se desarrollan las raíces, entonces me está faltando un eslabón que va a tener un efecto”.

 

 

Malas prácticas, malos resultados

Las conclusiones hasta el momento indican que en suelos de uso agrícola hay efectos negativos serios, pero no en todos. Las investigadoras notaron mayor incidencia ante usos intensivos. Por ejemplo, lotes con hasta 40 años de uso agrícola mostraron menor impacto que otros con 15. “El número de lombrices u otros organismos disminuyó en suelo con pocos años de actividad respecto de otro con más”, indicó Masín, y agregó que eso se relaciona con las prácticas del productor. Rodríguez remarcó un caso de “suelo muerto” en Videla, donde había más de 5 años de monocultivo de soja sobre soja. “Nos llamó la atención, porque ni siquiera había una larva de coleóptero”, afirmó. Lo mismo ocurrió en otros campos con 10 a 20 años de la misma práctica. De ahí que sostuvieran que la agricultura extensiva mostró signos negativos “cuando las prácticas no son adecuadas”. Aunque aclararon que se sabe que la labranza tradicional es nociva, “también la siembra directa -considerada conservacionista- está teniendo un impacto negativo cuando se prolonga su uso”, por ejemplo generando compactaciones. Sí observaron suelos sanos donde se practicaba la siembra directa con rotación de policultivos, uso medido de agroquímicos e incluso incorporando productos orgánicos. “En la mitad de los campos agrícolas muestreados el estado del suelo es bueno”, aseguraron.

 

Ambas investigadoras también advirtieron sobre el uso indiscriminado de fertilizantes. “La incorporación a veces excesiva no es la solución” porque los residuos se acumulan si no hay quien los procese. “A largo plazo quedan ahí porque falta todo ese eslabón biológico que come eso y lo excreta para que lo tome otro como alimento, hasta llegar al último eslabón, que sería lo microbiológico; esos famosos hongos y bacterias, que son el nexo entre el mundo biológico y el mineral; son los que transforma algo orgánico en mineral, que después queda disponible para que la raíz lo tome”, detalló Alba Rut.

 

En cuanto a los resultados positivos, el mayor lo vieron en un establecimiento con 60 años de horticultura. “Encontré una de las nativas -relató Carolina-, Microscolex dubius, en muy buen número”, además de 5 o 6 especies más (el umbral son 100 ejemplares por metro cuadrado y allí lo superaban). En la consulta con el productor, supieron que durante 30 años había usado técnicas tradicionales (labranza a gran profundidad) y luego cambiaron a directa, abono orgánico (cama de pollo) y descanso del lote, “siempre que se pudo”. También manifestaron un uso muy medido de plaguicidas.

 

Los sistemas ganaderos se evaluaron en Helvecia, Cayastá, Vera y Naré, con predominio de monte o pastizal. En todos detectaron 5 o 6 especies y buen número (100 o más) de oligoquetos. Mientras que en Grutly evaluaron un planteo lechero en el que se utilizan los efluentes para fertilizar. Allí no sólo hallaron muchos ejemplares, sino que también fueron notablemente más grandes. “Eso da a entender la calidad del suelo”,dijo Masín.

 

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Nativas. Microscolex dubius y Eukerria Stagnalis trabajan en el estrato superior del perfil y benefician el desarrollo radicular de los cultivos, además de transformar la MO en nutrientes.

 

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Exóticas. Aporrectodea Rosea y Aynthas Hawayanus se alojan a mayor profundidad y el beneficio de su accionar se reduce cuando faltan las nativas en la parte superior.

 

 

El pionero

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Los trabajos de Masín y Rodríguez se basan en el que realizó, cuatro décadas atrás, el científico sueco Per Olof Ljungström. Siendo muy joven, este investigador se interesó por el estudio de lombrices de tierra y en 1970 fue contratado por el Ministerio de Agricultura de Santa Fe. En base relevamientos en la provincia elaboró el informe “Contribución al conocimiento de la ecología y distribución geográfica de las lombrices de tierra [oligoquetos] de la provincia de Santa Fe [Argentina]”.

 

 

Bioensayos

Alba Rut Rodríguez mide en el laboratorio el impacto de los agroquímicos sobre las lombrices. Se basa en los principios activos más usados, la frecuencia y la cantidad. “Por lo general se mide al menos una concentración similar a la usada a campo”, explicó. Así, se probaron herbicidas, insecticidas y fungicida como glifosato, cipermetrina, lambdacialotrina (piretroide), endosulfán y estrobirulina

“En mayor o menor grado todos tienen un efecto muy nocivo en las lombrices, no sólo matándolas”, resumió. Los efectos pueden ser: retraso en el crecimiento o sobre la reproducción, ya sea en el número de huevos que ponen o cuantos eclosionan.

“Los resultados más nefastos -afirmó- son con el endosulfán; fue tremendo en el crecimiento, el aspecto era como si estuvieran curtidas, no se morían pero estaban aletargadas”.

En cambio, “la estrobirulina arrojó resultados más que asombrosos. Con algunas concentraciones se reprodujeron más”, quizás por eliminar patógenos amenazantes.

Y con glifosato, dijo que hubo efectos adversos “en el desarrollo y el crecimiento, pero no tan notable como con endosulfan; sería intermedio: muy pocos huevos y pocos individuos, además un gran retraso en el crecimiento”. Por ejemplo, indicó que en un mes se consigue un adulto en control y bajo los efectos del herbicida en mes y medio o dos.

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