9 de abril de 2015 01:00 AM
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El primer fungicida biológico del país

Es desarrollado por investigadores del Instituto de Microbiología y Zoología Agrícola del INTA y lo comercializa una empresa argentina. La bióloga Laura Gasoni cuenta cómo surgió, de qué manera se aplica y cuáles son las ventajas de este bioinsumo de etiqueta local.

La existencia de hongos fitopatógenos representa un obstáculo para la emergencia de plantas en los cultivos. En esta línea, un grupo de científicos del INTA desarrolló Rizoderma: el primer fungicida biológico del país diseñado para tratar enfermedades fúngicas que afectan al trigo y a otros cereales. Un bioinsumo que, en contraposición a lo que ocurre con los productos de síntesis química, cuenta con la ventaja de conservar la flora benéfica del suelo. El dominio de las técnicas agrícolas significó una revolución para el “hombre primitivo” (construcción que les gusta utilizar a los historiadores eurocéntricos que, todavía, creen en la idea de un progreso lineal, universal y único). Hace aproximadamente nueve mil años el ser humano modificó su forma de estar en el mundo y trocó su economía de recolección y caza por una basada en la agricultura y la ganadería. Después de todo, ya no le alcanzaba con comprender el entorno en que vivía y, en efecto, decidió transformarlo.
Así fue como se modificó la homeostasis natural y el aparente equilibrio original fue colocado patas para arriba. La naturaleza se desnaturalizó y emergieron nuevas prácticas que, con el tiempo, conformaron un sistema de concepciones, valores y percepciones que otorgaron, en definitiva, un matiz distinto –y un estatus novedoso– al ser humano. La cultura: un “proceso social total” –en palabras del maravilloso Raymond Williams–, un tesoro valiosísimo cuyo precio se actualiza de manera constante. Un patrimonio que se moldea con vientos que viajan desde diferentes direcciones y en cuyo seno se desarrolla la construcción identitaria. La palabra y la acción.

Sin embargo, el conocimiento es escurridizo y no siempre corre de forma paralela a los cambios sociales. Incluso, muchas veces ni siquiera corre. Existen acontecimientos y procesos que no son susceptibles de ser interpretados y aprehendidos mientras ocurren. También existen prácticas culturales y rasgos medioambientales que, todavía, los investigadores contemporáneos no lograron explicar con mejor detalle que los primeros habitantes que inauguraron el período Neolítico. Sin ir más lejos, el suelo continúa siendo una caja negra llena de incógnitas; un escenario compuesto tanto por microorganismos benéficos como por ejemplares patógenos cuya extinción o reproducción es difícil de identificar a ciencia cierta.

Laura Gasoni es investigadora del Instituto de Microbiología y Zoología Agrícola (Imyza). Además, coordina el proyecto “Desarrollo de metodologías y herramientas para el manejo integrado de enfermedades”, cuyo objetivo es promover el crecimiento vegetal y el manejo sustentable de enfermedades de los cultivos a través de agentes benéficos. Estudia los modos de control biológico hace dos décadas y fue una pieza importante en el diseño y el desarrollo de Rizoderma.

–Cuénteme cómo surge Rizoderma, el primer fungicida biológico del país.

–Rizoderma es el fruto del trabajo colectivo en el que participó un grupo de investigadores de excelentísimo nivel, como la doctora Viviana Barrera, el licenciado Rodrigo Rojo, el licenciado Matías Zapiola y Mara Martín. El nombre que escogimos para el producto es el resultado de la conjunción entre Rizobacter, la empresa con la cual el INTA ha firmado el convenio y “derma”, que se refiere a trichoderma, género de un antagonista fúngico nativo. El producto, entonces, es una formulación líquida que tiene incluido entre sus componentes un microorganismo benéfico. Hace dos décadas, cuando nosotros nos volcamos al estudio del control biológico, no se trataba de un tema muy explorado, y la población no sabía demasiado sobre su significado y sus alcances. Tenía un desarrollo incipiente a nivel mundial y, por tanto, en Argentina se hacía difícil modificar la conciencia del productor.

–¿A qué se refiere con “modificar la conciencia del productor”?

–En concreto, se trataba de hacerles entender que no hace falta eliminar a todos los agentes patógenos del suelo –aquellos que pueden producir enfermedades o daños en la biología de un huésped vegetal, animal o humano– para poder cultivar. Pues existe la posibilidad de convivir con un nivel aceptable de hongos sin la necesidad de destruir toda la vegetación. En este sentido, fue necesario realizar una tarea didáctica de aprendizaje colectivo. Cuando algo es nuevo y causa la ruptura de las tradiciones, es normal que cause miedo en los actores. Los productores sentían incertidumbre y fue nuestro deber explicarles y convencerlos sobre la importancia del control biológico y el equilibrio de los ecosistemas.

–¿En qué se diferencia el producto diseñado por el INTA respecto de un fungicida que sintetiza sustancias químicas?

–Como comenté antes, la idea no es eliminar de manera total la flora porque se genera un vacío en el suelo que promueve que los microorganismos patógenos colonicen, luego, con mayor velocidad. En contraposición a ello, lo que hace el fungicida biológico es incorporar microorganismos benéficos y restaurar el equilibrio original. Hay que tener en cuenta que la agricultura, como toda actividad humana, tiende a quebrar el equilibrio de los suelos porque modifica la comunidad microbiana original y su naturaleza.

–Desde esta perspectiva, ¿cómo se aplica Rizoderma?

–Se aplica sobre la superficie de la semilla de trigo, que llega “protegida” al suelo y no es colonizada –invadida– por microorganismos patógenos en un espacio determinado. Entonces, al entrar en contacto con el suelo, la semilla que posee Rizoderma promueve la expansión del antagonista –benéfico– que controla al patógeno a través de diferentes mecanismos. Al momento, no hemos trazado de manera individualizada las trayectorias de acción que desarrollan los microorganismos benéficos. Nuestro grupo de trabajo seleccionó cepas de tricoderma que fueran efectivas contra los patógenos más usualmente encontrados.

–¿Sólo actúa sobre el trigo?

–Este desarrollo fue pensado para ser aplicado en trigo y en cereales de invierno. Sin embargo, ya existen investigadores que buscan implementar un desarrollo de características similares para soja y otros cultivos.

–Usted señaló que el producto se aplicaba en “espacios determinados”. ¿Qué se tiene en cuenta al momento de escoger los sitios geográficos en que se colocará el fungicida?

–En general, elegimos predios donde las enfermedades de los suelos son epidémicas y trabajamos en aquellos lugares específicos en que el patógeno no está presente. Ello nos permite a los investigadores observar cómo en un mismo escenario conviven el patógeno con su antagonista natural. De este modo, seleccionamos a los organismos antagonistas que pueden ser efectivos para controlar el nivel de inóculo patogénico existente.

–¿Los suelos se enferman?

–Los suelos son cajas negras compuestas de microorganismos patógenos y microorganismos antagonistas que conviven, es decir, que comparten el mismo nicho. Son cajas negras porque, en la actualidad, no se puede afirmar con certeza si los seres vivos que los habitan se extinguen o no lo hacen. Por ejemplo, en la naturaleza cualquiera podría afirmar que el tigre blanco se halla en peligro de extinción, sin embargo, no ocurre igual con los microorganismos. En este sentido, es muy difícil afirmar que un suelo está, efectivamente, enfermo porque algunos patógenos son muy evolucionados y requieren del hospedante, la planta, para manifestar la enfermedad. El organismo manifiesta la enfermedad, pero ello no implica que el suelo esté enfermo.

–Es decir, ¿existen hospedantes en los cuales se manifiesta determinada enfermedad y otros en los que no?

–Exacto. Existen microorganismos patógenos que son primitivos y atacan una mayor variedad de cultivos, mientras que los más evolucionados actúan sobre un cultivo determinado. Cuando nosotros vamos a sembrar, siempre es conveniente realizar un estudio previo del suelo. Necesitamos tener una idea del inóculo patogénico que puede tener el suelo.

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