12 de mayo de 2015 12:15 PM
Imprimir

Trigo en alimentación animal

Recurrentemente el uso del trigo para consumo animal se instala como interrogante en función de algunas particularidades fermentativas y nutricionales cuyo reconocimiento empírico puede conducir tanto a prevenciones exageradas como a graves errores de implementación.

Prácticamente todos los granos de cereales disponibles en el mercado pueden utilizarse para consumo animal pero en la región pampeana norte, el grano forrajero más accesible y práctico para ser insertado en distintos esquemas de alimentación de bovinos y porcinos siempre ha sido el maíz. No obstante, por distintas circunstancias  tales como condiciones de campaña, deficiencias en calidad, volumen de cosecha o restricciones  mercado, recurrentemente el uso del trigo para consumo animal se instala como interrogante en función de algunas particularidades fermentativas  y nutricionales cuyo reconocimiento empírico, puede conducir tanto a prevenciones exageradas como a graves errores de implementación.

Debido a la sobreproducción de trigo por sobre el consumo estimado a nivel mundial, el mercado internacional muestra una tendencia a la baja del precio de este cereal. En Argentina, la dispar calidad del trigo cosechado en la campaña 2014/2015 compromete las condiciones de comercialización. En general se ha observado un alto porcentaje de granos de bajo contenido proteico, que en algunos casos se encuentran por fuera de lo admitido en las normas de comercialización (Cunibertti et al, 2014). Dado que la relación actual de precios entre el grano y la carne bovina es favorable para esta última, una opción sería agregarle valor a este cereal transformándolo en carne (Marinissen y Orionte,  2015).

El grano de trigo se caracteriza por poseer un elevado contenido energético, entre 3,0 y 3,5 Mcal EM con alta velocidad de degradación ruminal y una extensión de la misma cercana al 90% lo cual exige una adaptación más controlada del consumo que otros cereales (Kloster y Santini, 1995). Su contenido proteico, normalmente ronda el 11,5 % dependiendo del manejo del cultivo y la condición ambiental. Para aprovechar esta energía fácilmente disponible a nivel ruminal, además de los recaudos de manejo que serán revisados, en engordes en corrales, es fundamental acompañarlo con una fuente proteica adecuada (Pordomingo, 2013; Marinissen y Orionte, 2015).

Aunque todos los granos aportan básicamente energía en la forma de almidón, existen diferencias en la composición y la tasa de liberación del mismo en el tracto digestivo del animal. El almidón de los cereales de invierno (trigo, avena, cebada, triticale) es de alta solubilidad y rápida degradabilidad en el rumen. En cambio, los cultivos estivales como maíz y sorgo aportan un almidón de fermentación más lenta y una parte del mismo escapa a la degradación ruminal y es digerido a nivel de intestino delgado (Kloster y Santini, 1995). Cubiertos los requerimientos energéticos del rumen, la llegada de almidones pasantes al intestino, incrementaría la oferta de energía en forma de glucosa a nivel del tracto posterior lo cual a priori constituye un proceso más eficiente que la fermentación ruminal del almidón (Santini y Elizalde, 1993). Con el incremento de la participación del grano en la dieta mejora la eficiencia de conversión global del alimento pero aumenta el riesgo de trastornos digestivos y metabólicos.

Fuente:

Publicidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *