20 de mayo de 2015 12:54 PM
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La soja ya no “garpa” pero la producción es récord: las cuatro causas que explican otra paradoja argentina

Los productores aseguran atravesar un momento de crisis por el fuerte atraso cambiario y la caída de las cotizaciones de granos. Pese a las quejas, los campos no quedaron vacíos y la campaña actual arañó las 100 millones de toneladas, tocando una marca histórica. Qué se oculta detrás del boom

En líneas generales, cuando en la economía un buen negocio deja de serlo, es común ver una “estampida” por parte de inversores que, en una suerte de efecto manada, huyen para tratar de colocar su capital a resguardo. 

En el mercado financiero es habitual observar cómo, ante un mal resultado en los balances o cualquier noticia que afecte al sector en el que se desempeña una empresa, su acción se derrumba debido a una fuerte ola vendedora. 

En la economía real, también se dan casos de “huidas” a gran escala, como la que tuvo lugar recientemente en el sector minero nacional: con el desplome del precio de las materias primas se frenaron multimillonarios proyectos de inversión y muchas multinacionales armaron sus valijas y dejaron el país. 

En definitiva, a grandes rasgos, lo que prima es la rentabilidad. Sin embargo, hay sectores que parecen regirse por su propia lógica. 

Uno de ellos es el agro, que está atravesando una coyuntura que, a ojos de muchos, puede considerarse una gran paradoja: pese al desplome de los precios de las materias primas, a la suba de los costos de producción, al encarecimiento de los fletes y al atraso cambiario, el campo está cerrando una cosecha histórica en términos de volumen. 

En concreto, de las tranqueras estarán saliendo casi 100 millones de toneladas de granos, considerando los cuatro principales cultivos (soja, trigo, maíz y girasol). 

Para ponerlo en perspectiva, este nivel implica un alza nada más y nada menos que del 80% frente a la cifra obtenida en una campaña difícil en materia climática, como fue la de 2008-09, cuando se habían obtenido menos de 55 millones de toneladas. 

Además, significa una suba del 4% respecto al último ciclo, variación que terminó por consolidar el récord de la actual cosecha (ver cuadro). 

 

 

Nada de esto llamaría la atención en un país que aspira a ser líder en materia de agroexportaciones. 

Sin embargo, no deja de sorprender que este quiebre de registros históricos tenga lugar luego de que el precio de la soja se haya desplomado más de un 20% el último año o que la cotización del maíz haya retrocedido cerca de 40% en el mismo lapso, en una nación en la que los costos suben a razón de un 30%, fogoneados por la inflación. 

Así, el agro parece desafiar toda lógica de mercado, dado que, cuanto más profunda parece ser la crisis, más termina produciendo

Paralelamente, vale mencionar que esta cosecha, que está arañando la anhelada meta de las 100 millones de toneladas, se da en momentos en que el poder de compra de la soja en la Argentina está ubicándose casi 40% por debajo del promedio de los últimos 16 años.

Así, este indicador que mide cuánto rinde cada tonelada en el mercado doméstico, se ubica en un nivel muy similar al que regía en 1999, cuando estaba por resquebrajarse la convertibilidad y el yuyito además valía la mitad que ahora. 

El economista del IERAL, Juan Manuel Garzón, confirmó que “el productor hoy percibe una relación de intercambio similar a la de fines de los ´90, aun cuando los precios actuales duplican a los de aquellos años”. 

 

¿Cómo es posible entonces que hoy el campo continúe expandiendo la producción, mientras se reduce dramáticamente el precio y suben aceleradamente los costos? ¿No es cierto entonces que el sector agrícola está en crisis y que resulta cada vez menos viable la producción de granos en la Argentina? 

Antes de evaluar los factores que explican esta paradoja que envuelve al sector, los analistas hacen una salvedad: es cierto que se dejó atrás una etapa de bonanza inédita en la historia y que el contexto empeoró significativamente. Pero también es verdad que no todos los emprendimientos agrícolas trabajan a pérdida, como muchas veces se apresuran en señalar los productores. 

 

Ahora bien, al analizar en profundidad por qué la campaña actual pudo tocar una marca récord en las condiciones de hoy día, se presentan al menos cuatro grandes variables determinantes para darle impulso a la actividad: 

 

1. Los productores apostaron fuerte por las expectativas
Así como en el mercado financiero los inversores prestan una atención casi obsesiva a las proyecciones, en el campo sucede algo similar. 

Antes de la cosecha, los productores analizan dos factores básicos: las perspectivas para los precios internacionales y para el tipo de cambio en la Argentina. 

La primera variable terminó jugando en contra: más allá de una leve suba en este último mes, los valores están muy por debajo de los registros del año pasado. 

Sin embargo, entre los hombres de campo, hacia el tercer trimestre de 2014 ya se había generado una fuerte expectativa respecto de un posible ajuste en el billete verde. 

Según Garzón, “el año pasado se cultivó con un dólar y se esperaba cosechar con otro dólar, mucho más elevado. Entre los productores había confianza de que surgirían novedades en el plano cambiario y es así que terminaron apostando una buena producción teniendo eso en mente”. 

La ecuación es sencilla: el atraso cambiario hace que rinda menos, en moneda local, cualquier producto atado al dólar, como es el caso de los granos. De modo que apostar por una devaluación -que finalmente no sucedió– hubiese producido el efecto contrario, es decir, elevando fuertemente los ingresos de los productores en pesos. 

Desde CREA confirmaron que “el resultado actual de los ruralistas dista bastante del planificado al momento de la siembra”. 

Según Guillermo Villagra, director de la empresa agropecuaria Open Agro, “esto explica por qué muchos productores hoy están sentados sobre la cosecha”, a la espera de que finalmente se dé esa devaluación que anticipaban y “que eso les mejore la ecuación cambiaria”.  

Cabe destacar que entidades como Merrill Lynch, BBVA o Citigroup están estimando un billete verde entre los $11 y $12 para fin de año, proyecciones que ciertamente no pasan por alto entre los sojeros, que están apostando por “encanutargranos con la esperanza de recibir entre 20% y 30% más de pesos por tonelada. 

 

2. El factor climático favoreció un salto en los volúmenes
Un dato que no pasa por desapercibido es que si bien en esta última campaña se logró un récord de producción, el área cosechada no rompió el registro histórico. 

Según datos de Abeceb, en total se explotaron 27,9 millones de hectáreas, por debajo del registro logrado en la campaña 2007/08, cuando se había superado el techo de las 28 millones. 

Además, en los últimos cinco años prácticamente no se movió la “frontera agrícola”, que permanece amesetada y sin grandes cambios desde 2010. 

Es decir que el récord de producción se logró sin un salto en la incorporación de nuevas tierras (ver cuadro). 

 

 

Según Villagra, el hecho de que se haya podido “arañar” la meta de las 100 millones de toneladas obedece, básicamente, a que “se trató de un año excepcional a nivel climático”.  

“Llovió cuando tuvo que llover, paró cuando tuvo que parar y se contó con los días de sol necesarios. Fue óptimo”, afirmó. 

Garzón, del IERAL, completó: “Se lograron rindes que se ubicaron muy por encima del promedio de los últimos años. Por eso, gran parte del crecimiento en volúmenes obedeció al factor climático”. 

Considerando los principales cuatro cultivos, se obtiene que el rendimiento fue de 3.544 kilos por hectárea, un nivel récord que se ubicó, por ejemplo, casi 30% por encima del registro de la campaña 2011/12 o cerca de un 60% por arriba de la marca lograda durante la sequía de 2009 (ver cuadro). 

 

 

3. Se desplomó el precio de los alquileres de las tierras
En épocas de bonanza, cuando la soja orillaba los u$s600 la tonelada, los precios de los alquileres se habían disparado como nunca antes. 

Sin embargo, el cambio de contexto obligó a los dueños de las tierras a resignar rentabilidad para no tener vacantes sus campos. 

“Con los valores de los granos que tenemos, sería totalmente inviable explotar una hectárea con los precios de los alquileres que se manejaban hace unos años”, aseguró Villagra. 

Según Garzón, “no sólo los que explotan la tierra hoy ganan menos. También se debieron ajustar los dueños de los terrenos. Esto permitió que muchas áreas con riesgo a no ser explotadas, finalmente se hayan terminado cultivando”. 

La baja en las cotizaciones de los alquileres fue considerable. Según Garzón, en tierras ubicadas en zonas núcleo se produjo una caída de hasta el 20% respecto de los niveles de hace tres campañas, mientras que para campos más alejados, se desplomaron hasta 40% en ese mismo lapso. 

En cuanto a la rentabilidad que están logrando los diferentes eslabones de la cadena, se hace difícil trazar un promedio, pero la ecuación –siempre partiendo de la base de que se logran buenos rindes- puede resumirse de la siguiente manera: 

• Los dueños que explotan sus propios campos hoy aspiran a una tasa de retorno en pesos que supera a la inflación. 

• Los propietarios que ceden la tierra pueden lograr una rentabilidad similar a la de un plazo fijo. 

• Aquellos que alquilan hoy salen perdiendo –en términos reales-, si los rindes se ubican por debajo del promedio y sólo pueden aspirar a una tasa positiva con una gran cosecha. 

 

4. Se apostó por la soja, el cultivo más rentable y menos riesgoso
En diversas ramas de actividad, cuando un producto pierde rentabilidad o no tiene demanda, es común que se lo discontinúe

Pasó en la industria automotriz: tras el impuestazo y la devaluación del año pasado, las terminales fueron sacando de la venta los modelos y versiones tope de gama. 

Con el campo sucedió algo similar. En las últimas campañas, conforme se agravó el atraso cambiario, la suba de costos y la caída de precios, los productores fueron abandonando los cultivos menos atractivos y más intervenidos comercialmente por el Gobierno, como el trigo y el maíz. 

 

¿El resultado? Terminó consolidándose el proceso de “sojización”. 

Según Villagra, “sembrar una hectárea con maíz cuesta más del doble que una de soja. Y, además, está sujeto a un sistema de cupos para la exportación”. 

“Por eso, cada vez son más los que se terminan volcando por esta oleaginosa: es más barata para cultivar, resiste mejor las inclemencias climáticas, no requiere de grandes cuidados y no es necesario gastar tanto en agroquímicos y fertilizantes. Esto lleva a que hoy la soja sea más atractiva que otros cultivos”, afirmó el experto. 

Así las cosas, la cosecha récord está explicada básicamente por el “yuyito”, que hoy representa el 70% de toda el área sembrada, dado que, de las 29 millones de hectáreas explotadas, 20 millones fueron cubiertas con la oleaginosa

Cabe destacar que entre el año 2002 y el 2008 su participación no superaba el 55% (ver cuadro). 

 

 

“El problema es que este boom de producción está dañando la sustentabilidad de los campos, porque no se respetan los esquemas de rotación con otros cultivos, dado que son antieconómicos”, alertó Villagra. 

Según el INTA, algunas de las consecuencias que produce el monocultivo de soja es la pérdida de materia orgánica, la disminución del contenido de nutrientes y la erosión del suelo, todos factores que terminan atentando contras los rindes y la calidad, a través de los años. 

 

 

El potencial perdido
Los analistas agropecuarios, más que dejarse sorprender por el sostenimiento de la producción, advierten por la oportunidad perdida. 

Es decir, no pesa tanto cuánto se produce hoy sino cuánto se podría estar produciendo realmente en materia de granos, en función del verdadero potencial de la Argentina en el rubro de los agroalimentos

Gustavo López, director de la consultora Agritrend y asesor de la Fundación Producir Conservando, detalló que hace tiempo se había encarado un trabajo, según el cual el país estaba en condiciones de generar 135 millones de toneladas de granos hacia el 2020. 

Sin embargo, consideró que, en base a la tendencia de las últimas cinco campañas, la producción llegaría a las 120 millones de toneladas, en el mejor de los casos. 

Incluso, este pronóstico está muy por debajo de la estimación que trazó el propio Gobierno tiempo atrás, que preveía expandir la frontera hasta las 154 millones de toneladas para esa misma fecha. 

 

 

Las expectativas vuelven a torcer la balanza
La paradoja de un campo que sufre por la pérdida de rentabilidad pero festeja un récord de producción, en definitiva, se explica por un complejo cúmulo de variables.  

Puede resultar llamativo después del panorama trazado anteriormente, pero cuando a los analistas se les pregunta cuáles son sus expectativas para la próxima cosecha, que estará culminada en 2016, en general dirán que son más positivas que las que regían para el ciclo actual. 

El año pasado, cuando los productores estaban por sembrar, las miradas se dirigían al tipo de cambio. Ahora la historia vuelve repetirse. 

Las proyecciones sobre una posible unificación del mercado del dólar y de un valor más elevado para el arranque de 2016 impulsan a los productores a incrementar el área sembrada. 

Además, el cambio de Gobierno tras las elecciones de octubre reavivó el debate sobre una posible liberación del mercado de exportación de cereales, lo que dejaría en una mejor posición a cultivos como el trigo y el maíz. 

Así es como mientras las entidades rurales y los productores siguen advirtiendo sobre el crac del agro, paralelamente, las expectativas vuelven a jugar su propio partido.

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