25 de mayo de 2015 00:16 AM
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Para la dirigencia argentina la exclusión de las negociaciones Mercosur-Unión Europea no es un tema relevante: el costo de la desconfianza en el propio potencial

Qué hay detrás del modelo argentino.

Ningún referente del ámbito político, empresario o gremial se quejó por el hecho de que los presidentes de Brasil y Uruguay hayan decidido excluir a la Argentina de la negociación comercial que el Mercosur está llevando a cabo con la Unión Europea (UE-28). Eso implica que no lo consideran un tema relevante.

Los argentinos vivimos de las exportación de commodities. Materias primas que se venden solas. Pero de eso sólo pueden vivir unos pocos. La receta para generar empleo vigente en la actualidad consiste en cerrar la economía y crear un coto de caza privado para fábricas ensambladoras de piezas importadas.

La esperanza, detrás de esa estrategia, es que los ensambladores –ansiosos por participar del desarrollo nacional– terminen promoviendo la creación de proveedores locales. La realidad es bastante diferente.

Los ensambladores, al experimentar alguna dificultad, lo primero que hacen es sacarse gente de encima a través de suspensiones, adelantos de vacaciones, retiros voluntarios o despidos. Es la típica actitud del que sabe que vive de prestado.

El coto de privado de caza además es carísimo. Sería mucho más barato para los consumidores argentinos comprar un automóvil, computadora o celular importado que otro ensamblado en el país (piensen en el costo de traer piezas, distribuirlas, armarlas y redistribuirlas).

Existe otra alternativa para generar empleos que es, justamente, negociar acuerdo comerciales con naciones o regiones complementarias para poder vender y comprar una gran cantidad de bienes y servicios sin restricciones.

Esa apertura económica –en el caso argentino– debería promover el crecimiento de industrias elaboradoras de alimentos en desmedro de las fábricas ensambladoras. Y hacer que tales industrias, cuando estén consolidadas, comiencen a desarrollar proveedores locales de todos los insumos que requieren (como envases, enzimas, aditivos, robótica y programación aplicada a procesos de producción de alimentos).

Los argentinos preferimos seguir viviendo en una mentira. Llamando “industria nacional” a plantas ensambladoras que consumen cantidades excesivas de divisas. Lo hacemos porque no confiamos en nuestras propias capacidades. Vender commodities es fácil. Comercializar alimentos requiere, en cambio, un esfuerzo colaborativo e intelectual permanente para poder competir.

Nuestras corporaciones alimenticias –como Arcor o Molinos– son enanas en el ámbito internacional. Muchas medianas empresas del sector tienen potencial para transformarse en grandes. Pero eso no va a suceder sin el marco adecuado.

Los límites siempre los fijamos nosotros mismos a partir de la confianza que tengamos, valga la redundancia, en nosotros mismos. Si creemos que somos vagos, mediocres y estúpidos, entonces sigamos viviendo de los commodities y mantengamos cerrada la economía para garantizar la supervivencia de las plantas ensambladoras.

El día que creamos que somos trabajadores, capaces y creativos, que logremos tener confianza absoluta en nuestra propia fuerza, seguramente podremos animarnos a dar un paso más. Mientras tanto –gane quién gane las elecciones presidenciales– todo seguirá igual.

Ezequiel Tambornini

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