26 de mayo de 2015 13:49 PM
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China se prepara para expandirse en transgénicos

Pekín - Perseguidos por la polémica en gran parte del mundo, los alimentos transgénicos encontraron en el Gobierno de China, el país que más bocas tiene que alimentar del mundo, un fuerte aliado que está decidido a abonar su cultivo.

Tras regar con millones de yuanes la investigación sobre transgénicos durante años, Pekín se lanzó ahora a divulgar estos cultivos entre su reacia población, con el objetivo de preparar el terreno para una comercialización a gran escala.

El gigante asiático tiene que sustentar al 22% de la población mundial -los más de 1.300 millones de habitantes que viven en su territorio- con sólo el 7% de la superficie cultivable del planeta, aunque sus dirigentes también miran a los transgénicos con buenos ojos por otras razones.

“Los organismos modificados genéticamente -OMG- representan una nueva tecnología, pero también una nueva industria, y tienen amplias perspectivas de desarrollo”, proclamó el presidente chino, Xi Jinping, a finales del año pasado.

Las autoridades chinas ven los cultivos transgénicos como una oportunidad de negocio, como un sector en el que, dadas las restricciones que se impusieron hasta ahora, su mercado doméstico está prácticamente virgen.

China sólo permite la plantación para fines comerciales de algodón y papaya modificados genéticamente, mientras que importa soja -principalmente brasileña, de la que es el mayor comprador-, colza y maíz transgénicos.

Los analistas creen que los fabricantes de semillas chinos son demasiado pequeños para competir con gigantes como Monsanto, DuPont o Syngenta y que el Gobierno chino espera a que las firmas estatales sean más competitivas para liberalizar el sector.

El de la biotecnología agrícola fue designado como uno de los sectores de importancia estratégica en el Plan Quinquenal 2011-2015 y el objetivo de Pekín es que en 2020 el número de patentes de semillas triplique al de 2013.

Mientras la Unión Europea da luz verde a los países comunitarios para restringir o prohibir los cultivos transgénicos, la potencia asiática, en cambio, está resuelta a fertilizar el terreno para que cuando autorice su uso comercial éstos sean una obra de ingeniería genética “Made in China”.

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