6 de junio de 2015 17:53 PM
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El “yuyo”, en problemas

La presidenta de la Nación tuvo en su momento la gracia, por llamarla de algún modo, de calificar de "yuyo" a nuestro principal cultivo agrícola, suerte de maná caído del cielo. ....

La presidenta de la Nación tuvo en su momento la gracia, por llamarla de algún modo, de calificar de “yuyo” a nuestro principal cultivo agrícola, suerte de maná caído del cielo. No es para menos calificar de ese modo a la soja: contribuyó como ningún otro factor al mantenimiento de los gobiernos kirchneristas, a permitir el desarrollo de la nefasta cultura del subsidio indiscriminado y al exorbitante aumento del gasto y el empleo público que han agigantado la ineficiencia estatal.

 

El 35 por ciento de retención a las exportaciones de soja, el 23% para el trigo, el 20% para el maíz y el 15% para las carnes hicieron posible la manutención de tan equivocadas políticas. Con olvido absoluto de esto, el kirchnerismo se ensañó en castigar al campo. En materia de trigo, cuyas exportaciones están fuertemente restringidas, y los precios por el suelo, la condición de verdaderos privilegiados ha sido la de los molineros, que quedan hacia adelante expuestos como deudores de ventajas inexplicables.

 

En este último caso, la excusa para sacrificar al campo ha sido el pan de la mesa de los argentinos. Es un pretexto ridículo, ya que el aporte del trigo a un kilogramo de pan, de 22 pesos el kilo, alcanza a sólo un peso. El productor recibe una miseria, el precio está derrumbado y, como exportadora de trigo, la Argentina se encuentra en vías de desaparición.

 

La suerte del maíz no ha sido mejor y, en materia de carnes, nuestras exportaciones han sido superadas por las de Uruguay, Paraguay y Brasil. Somos, a pesar del prestigio inmenso de las carnes argentinas, el undécimo exportador en el mundo, después de haber estado en un largo historial entre los primeros.

 

Todo este sesgo antiexportador, en un país eminentemente productor de materias primarias, que transformadas o no tienen necesario destino a la exportación, resulta descabellado. Mucho más cuando se necesita imperiosamente del ingreso de divisas, como lo prueban las graves restricciones a importaciones básicas y esenciales para la población, el cepo al dólar y concesiones de todo tipo hechas a las apuradas, algunas de ellas muy peligrosas -como en los acuerdos con China, que se concretan con tal de lograr lo que no se consigue por vías más legítimas y razonables. ¿Por qué cree el lector que la Argentina es un país sin inversiones, tal como lo reconocen hasta economistas próximos a candidatos del oficialismo?

 

El momento internacional favorable para la Argentina duró casi todo el ciclo del kirchnerismo. Con soja de 500 dólares la tonelada fue fácil financiarse a expensas del esfuerzo de los productores. Hoy, el “yuyo”, inicialmente despreciado y luego usufructuado sin miramiento, se cotiza entre 210 y 220 dólares la tonelada. Años atrás, con los precios de las commodities en alza, el productor de soja pudo soportar el 35% de exacción estatal que lo tiene por sujeto exclusivo y discriminado del resto de la población. Hoy, en cambio, con un peso del valor artificial dispuesto por el Gobierno y frente al derrumbe de los precios agrícolas y el aumento extraordinario de los costos internos, la situación ha pasado a ser de gravedad extrema.

 

Las causas están a la vista para quien quiera anotarlas, como la inflación, que el Gobierno, tanto por impericia como por un desdén irresponsable respecto de sus consecuencias, no ha sabido ni querido controlar. Productores, contratistas grandes y pequeños se encuentran frente a la ecuación perversa de afrontar un 35% de caída en el precio de la soja, una suba del 40% en los costos de producción, el mantenimiento de las retenciones del 35% y el alza constante de los impuestos nacionales y las tasas locales. Con frecuencia, más que tasas éstas son impuestos por la ausencia de contraprestación efectiva respecto del gravamen que se tributa.

 

A esta situación de quebranto técnico, que por cierto deja indiferentes a las autoridades, se suma el régimen del impuesto a las ganancias.

 

Las burlas de la Presidenta a quienes espaciaron sus ventas a fin de buscar alguna protección ante tal estado de cosas y el castigo crediticio del Banco de la Nación Argentina a quienes tuviesen soja sin vender han contribuido a acentuar el alicaído ánimo de los productores sobre las perspectivas de su actividad. Muchos no saben aún si podrán encarar o no las nuevas siembras. La virtual desaparición de los grandes pools y el brusco descenso de los alquileres a valores casi 40% inferiores a años anteriores, más la devolución a sus propietarios de no pocos campos marginales, dan una idea de la magnitud de la crisis.

 

Al cabo de doce años y la pesada herencia que dejarán a sus sucesores, quienes gobiernan no están en condiciones de repetir que la soja es el “yuyo” del que hablaron por ignorancia o mala fe, sino nuestra principal fuente de divisas, así como el maíz ocupa la segunda posición en relación con todas las exportaciones del país, incluidos los productos de la industria automovilística. Se impone, pues, un cambio de políticas si se quiere sacar adelante el país y emitir una señal inmediata con el objetivo de preservar al menos los niveles de actividad y producción que se han registrado en los últimos años.

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