17 de junio de 2015 10:46 AM
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Cómo se elaboran los espumosos catalanes más vendidos en la Argentina

Vinos & Bodegas viajó a Sant Sadurní para conocer el trabajo de Freixenet, grupo que elabora millones de litros cada año pero sin olvidar la tradición

En la Argentina, tras un proceso que a la industria le llevó años de trabajo en una mejora continua de productos y un marketing mejor aplicado, los vinos espumosos están viviendo un verdadero auge. Las estadísticas, así lo demuestran, según publica Infobae Profesional.

Según un informe de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), el número de establecimientos que comenzaron a elaborar espumantes se disparó en los últimos años: mientras que en 2006 se contabilizaban 62 bodegas, en el último período se registraron 127, lo que implicó un salto de más del 100 por ciento.

Además, con este incremento en el número de jugadores, prácticamente se duplicó la producción, al pasar de poco más de 22 millones a 43 millones de litros.

Este fuerte crecimiento, por cierto, estuvo apoyado en una tendencia clave: la desestacionalización del consumo: a modo de referencia, basta saber que en el año 2001 poco menos de la mitad de la producción destinada al mercado doméstico se comercializaba entre octubre y diciembre.

En la actualidad, esa cifra está por debajo del 35%, lo que demuestra cómo la industria, poco a poco, a podido difundir este producto en otras situaciones de consumo, una variable fundamental para lograr una expansión del segmento.

Claro que este fenómeno no puede ser analizado de manera aislada del mundo. Más allá del atípico 2014, que significó un duro golpe para todos los productos importados –desde autos hasta alimentos-, en la Argentina, la consolidación de los vinos espumosos también estuvo dada por un auge de las etiquetas del exterior.

Se trata de un dato que no deja de llamar la atención, dado que la industria vitivinícola a lo largo de la última década no se caracterizó, justamente, por tener gran apertura hacia lo que se estaba haciendo afuera.

Así y todo, los espumosos españoles, más precisamente, los cava, lograron un nivel de penetración importante y meritorio.

No es para menos: según datos del Consejo Regulador del Cava, la Argentina importó un total de 680.000 botellas de este producto en 2013, marcando un crecimiento del 20% respecto al período anterior y posicionando a este mercado en el top 10 de los más importantes por fuera de la Unión Europea.

Si bien en 2014 se produjo un retroceso en los volúmenes importados, esta contracción estuvo marcada a fuego por la escasez de divisas, que llevó al Banco Central a tener que racionalizar los dólares para un amplio abanico de industrias.

Independientemente de ese período, los registros dejan en claro que entre los consumidores argentinos hay una creciente avidez por el cava. Y que, en condiciones normales, este producto tiene mucho terreno para crecer, de la mano de una demanda sostenida.

Un punto no menor es que el grueso del negocio del cava en la Argentina está en manos del mayor productor del mundo de espumosos elaborados bajo método tradicional: el grupo Freixenet, que desde hace más de una década también viene elaborando vinos tranquilos y espumosos en la bodega que poseen en Gualtallary, Mendoza, que acaba de ser relanzada bajo el nombre Finca Ferrer.

De la mano de esta presencia comercial y productiva, el grupo español fue, de alguna manera, el jugador que posicionó el cava en la Argentina. De hecho, de las 680.000 botellas importadas, el 97% tenían el logo de Freixenet en la etiqueta.

Pero para entender cómo una bodega familiar pudo adueñarse del mercado doméstico de cava, resulta clave analizar los pormenores de este producto particular y la dimensión que, en los últimos años, fue adquiriendo esta industria.

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