3 de julio de 2015 23:11 PM
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Europa podría bloquear el ingreso de harinas transgénicas argentinas

La Comisión que dirige ejecutivamente la Unión Europea propuso que cada Estado pueda decidir libremente prohibir o restringir en su territorio productos genéticamente modificados, como la importación de harinas de soja de las que la Argentina es el primer exportador mundial. Esto implicaría un duro golpe para la economía de nuestro país.

Una propuesta de la Comisión que dirige ejecutivamente la Unión Europea, que avanza para su tratamiento por el Consejo de esa entidad y el Parlamento Europeo, posibilitaría –si se aprueba- que cada Estado pueda decidir libremente prohibir o restringir en su territorio productos (alimentos y forrajes) genéticamente modificados (transgénicos), como la importación de harinas de soja, de las que la Argentina es el primer exportador mundial. La medida también podría afectar a las exportaciones de maíz y grano de soja, que actualmente se exportan en menor cuantía hacia ese destino.

 

La iniciativa fue presentada en abril pasado y generó el rechazo de muchos países, incluido la Argentina, ya que un altísimo porcentaje de la producción es transgénica, como sucede con Estados Unidos, Brasil y otros productores mundiales, por las consecuencias negativas que acarreraría para el país.

 

Hasta ahora, la UE había admitido internamente que sus miembros podían en sus territorios autorizar, prohibir o restringir el cultivo de organismos genéticamente modificados (como la soja y el maíz), pero permitía la importación para consumo humano y animal. Esta nueva propuesta traería graves consecuencias para la Argentina.

 

Según datos oficiales, en 2014 el principal importador de las harinas proteicas de soja de la Argentina fue Europa (28,6% del total exportado de ese producto), lo que equivalió al 16% de los ingresos aportados por el Complejo Oleaginoso (U$S 3,3 mil millones) y al 4,6% del total de las exportaciones del país.

 

La protesta no se hizo esperar y, a poco de conocerse la propuesta, Estados Unidos, Canadá, Brasil y la Argentina la cuestionaron oficialmente. Para Washington significa también un potente freno a las negociaciones con la UE sobre comercio e inversión, destinado a plasmarse en un tratado de intercambio.

 

Pero los reclamos surgieron, asimismo, en diversas organizaciones y países europeos, porque la virtual discrecionalidad para obstaculizar la importación de proteínas transgénicas provocaría aumentos de precios, quiebras masivas de empresas de la cadena alimentaria y forrajes, y de ganadería, ya que la UE depende en un 75% de esas importaciones para generar alimentos para su población, puntualizaron en su momento las tres poderosas entidades (COCERAL, FEDIOL y FEFAC) que reúnen compañías europeas de los sectores afectados.

 

Incluso, quince entidades representativas de la cadena agroalimentaria europea realizaron duras críticas a la iniciativa. Pekka Pesonen, principal directivo de la entidad que agrupa a productores y cooperativas (Copa-Cogeca) y en nombre de todas las instituciones, instó al Parlamento Europeo y al Consejo de la UE a rechazar la iniciativa porque “va a amenazar seriamente el mercado interno de alimentos y forrajes, provocando pérdidas de empleo considerables y una menor inversión en la cadena agroalimentaria en los países con ’opción de salida’ (los que podrían adherir a la prohibición de la importación de transgénicos)”[1].

 

Y consideró que la Comisión Europea fracasó como “guardiana de los tratados de la UE”, ya que la propuesta mencionada pone en tela de juicio las prioridades políticas de la UE como el empleo y el crecimiento.

 

De acuerdo con un estudio conocido días pasados (publicado el 29 de junio en el diario español ABC) elaborado por Francisco Areal, de la Universidad de Reading, en el Reino Unido, la aplicación de esa iniciativa ocasionaría la “falta de abastecimiento de esa materia prima para la industria de fabricación de alimento balanceado para consumo animal (piensos), lo que provocaría un aumento en los precios a corto plazo del grano de soja y de la harina de soja de un 291% y 301%, respectivamente”.

 

La dependencia de la UE de la soja importada se explica en que la producción propia apenas constituyó el 0,4% de la producción mundial del año pasado (320 millones de toneladas), mientras que la de la Argentina equivale al 17%.

 

El informe de Areal, de Reading, concluyó que, al incrementarse los precios de los insumos para forrajes (49% para alimento balanceado para vacunos) por la sustitución de soja transgénica, el costo de producción vacuna se incrementaría en un 4,6%, impactando en la suba de precios al consumidor.

 

El mismo estudio subrayó que, durante el período 2000-2014, la importación por Europa de soja modificada genéticamente representó, en relación con la soja convencional, un ahorro de 55 mil millones de euros.

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