13 de agosto de 2015 13:18 PM
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El mito de Scioli “incombustible”, en su test más duro: la suspensión del viaje revela su temor al impacto electoral

Al candidato del Frente Para la Victoria le duró poco la alegría post PASO. En tácita admisión de haber cometido un error político, regresó desde Roma sin hacerse su chequeo médico y tras cancelar una entrevista con el premier italiano. ¿Sufrirá consecuencias en las urnas?

Para la ciencia política argentina, en estas horas se está poniendo a prueba, como nunca antes, uno de los principales mitos de los últimos tiempos: el de que Daniel Scioli es un dirigente “incombustible”.

Es decir, esa capacidad inigualable que tiene el gobernador bonaerense para asimilar los peores contratiempos sin que estos afecten su imagen pública y que no deba pagar costo político alguno.

Tal “fama” surgió cuando -tras los apuros financieros que lo llevaron, por ejemplo, a pagar el aguinaldo en cuotas– las encuestas marcaban que la población no dirigía su resentimiento hacia él sino hacia Cristina Kirchner.

Esto hizo que hasta el propio Durán Barba, “gurú” de Mauricio Macri, confesara su alto grado de sorpresa entremezclada con un dejo de admiración.

“Nunca vi un personaje así; se enoja con la Presidenta y tiene imagen alta; se le inunda la provincia y tiene imagen alta. Hay sitios donde hace mucha propaganda y otros en los que no hace y es lo mismo”, observó el ecuatoriano más famoso en estas latitudes.

En rigor de verdad, son muchos los que comparten esa visión. Uno de ellos es el politólogo Jorge Giacobbe, quien cree que Scioli va a merecer “no menos de 100 libros de ciencia política porque es un caso absolutamente digno de estudio”.

Su asombro pasa por “su incombustibilidad, su carácter, su dimensión casi inhumana de poder tolerar lo que ningún otro es capaz de soportar”, agrega Giacobbe, convencido de el candidato a presidente “va a obligar a revisar buena parte de la teoría política”.

Esa cualidad excepcional está por pasar una de sus mayores pruebas. Porque, incluso para un político con semejante capacidad de absorción de golpes, lo que ocurrió en las últimas horas parece haber pasado un límite.

Es difícil pensar que alguien -aun siendo el peor de los asesores políticos o el enemigo más acérrimo- le pudiera haber aconsejado un viaje a Europa en plena tragedia, como lo es la inundación de la provincia de Buenos Aires.

“Esto va a traerle costos. Desde el punto de vista de lo que se denomina ‘crisis management’, se cometió un error muy grave. Me sorprende que sus asesores no lo hayan detenido”, afirma Diego Dillenberger, experto en comunicación política.

Lo cierto es que, cuando la ola de expresiones de repudio ya había trascendido las redes sociales y se había transformado en un hecho político de consecuencias profundas, Scioli decidió pegar la vuelta.

Es decir, se bajó del avión en Roma y se subió a otro que lo traería de vuelta a Buenos Aires, sin haber hecho su chequeo médico y debiendo cancelar su entrevista con el premier italiano Mateo Renzi.

Una actitud que refleja sentimiento de culpa o, al menos, la concientización de haber incurrido en un fuerte traspié político.

 

A contramano de los manuales
Hoy, luego de bajar en Ezeiza, Scioli conducirá la reunión de urgencia del gabinete provincial. Fue armada por su principal dirigente, Alberto Pérez, para contrarrestar la “mala onda” y en vistas a mostrar una actitud proactiva.

Pero el daño ya está hecho, ya que lo que hizo contradice el manual de todo político en situaciones de desastres naturales. Es decir, en vez de distanciarse, tomar contacto con la gente, ponerse al frente, vestirse con piloto y botas y compartir el dolor con las víctimas.

Los politólogos registran varias situaciones de ese tipo en la historia reciente.

Por ejemplo, citan el caso del ex canciller alemán Gerard Schroeder, quien tenía todo para perder en las elecciones de 2002 y logró revertir el resultado por la firmeza con la que supo hacer frente a las inundaciones en la zona oriental del país.

Todos los alemanes lo vieron en televisión recorriendo los lugares afectados, organizando los recursos del ejército, ofreciendo ayuda monetarias, además de ropa y comida para los damnificados.

Algo similar ocurrió en Chile en 2010 con Michele Bachelet, cuando el país sufrió un devastador terremoto en los días finales de su gestión.

Su gobierno había formado un fondo anticíclico que fue aprovechado por su sucesor, Sebastián Piñera, en las tareas de reconstrucción. Lo cierto es que Bachelet mantuvo su popularidad y pudo volver a la presidencia.

En otro plano, también el alcalde neoyorquino “Rudy” Giuliani -que venía con un plafón bajo de adhesión- se catapultó al estrellato político estadounidense tras su resuelta presencia en tareas de ayuda, esta vez, en otro tipo de catástrofes: el ataque a las torres gemelas.

El 11 de septiembre de 2001, las imágenes de Giuliani organizando a los equipos en la zona de desastre tuvieron un altísimo impacto en la opinión pública estadounidense. Hasta se lo vio corriendo para salvar su vida cuando la torre colapsó y la nube tóxica se aproximaba a toda velocidad.

Sin ir tan lejos, se la vio a la propia Cristina Kirchner en 2013 bajando del helicóptero en las zonas más afectadas por la inundación de La Plata, hablando con los afectados y exponiéndose a las críticas ante las cámaras de televisión.

Por el contrario, las imágenes que se registran del gobernador de Buenos Aires -al menos hasta ahora- lo muestran en una cabina de avión partiendo rumbo a Italia.

La foto, replicada hasta el cansancio en las redes sociales, está acompañada por declaraciones realizadas en los primeros días de las inundaciones, cuando el candidato por el Frente para la Victoria atribuyó los problemas al cambio climático global.

Para cualquiera que no se llame Daniel Scioli este hecho, en plena campaña electoral, significaría lisa y llanamente un traspié casi imposible de remontar.

Lo que todavía es una incógnita es si este caso será uno más en la lista de contratiempos que superó, o si, por el contrario, puede marcar un punto de quiebre.

 

Blanco para las críticas
Una primera pista puede buscarse en los resultados de las PASO.

Las señales son todavía confusas como para sacar conclusiones definitivas. Porque si bien el Frente Para la Victoria perdió en las zonas más afectadas por el agua, también es cierto que, en el total de la provincia, redondeó una buena elección, con el 39 por ciento.

Puede adivinarse un “voto castigo” en Luján, donde fue superado por el frente a la alianza Cambiemos -que lleva como candidata a gobernadora a María Eugenia Vidal- por 36% a 31%, mientras que en San Antonio de Areco también fue derrotado por 39% a 35%.

En una estrategia de fuerte contraste con la actitud de Scioli, los dirigentes opositores buscaron sacar rédito de la actual situación. Así, Sergio Massa castigó diciendo que “la gente sabe quiénes hacen propaganda y quiénes hacen las obras”.

En tanto, Mauricio Macri, acompañado por Vidal, puso a disposición de los intendentes del conurbano los recursos de la Ciudad de Buenos Aires.

Todo un guiño político hacia dirigentes peronistas que, a duras penas, podían disimular su malestar por la actitud del gobernador.

Como el intendente de San Antonio de Areco, Francisco Durañona, quien, ante la pregunta sobre si le hubiera gustado que Scioli hubiera estado presente en la zona del desastre, respondió: “Y sí, eso es innegable”.

“Uno siempre quiere que el Estado esté. Los intendentes estamos al frente de estos eventos y damos la cara y las explicaciones que corresponden”, dijo.

Su mensaje no deja lugar a la doble interpretación: si los intendentes dieron la cara, entonces Scioli no la dio. Esta crítica llega desde un aliado que, aun desde su ofuscación no dejó de reconocer que en su distrito sí se habían realizado obras hídricas, sin las cuales la situación sería peor.

Pero hubo otras condenas que, aunque menos explícitas, no fueron menos graves. Para empezar, la de la Presidenta.

Cristina suspendió sus actividades y la explicación oficial fue que supervisó la puesta en marcha de acciones de emergencia para asistir a los evacuados.

En tanto, la AFIP anunció postergaciones de vencimientos impositivos mientras que Aníbal Fernández recorrió las zonas anegadas y llamó a conferencia de prensa junto con Wado de Pedro.

La misma fue transmitida por la TV pública y presentó con un “zócalo” que decía: “La Presidenta monitorea las tareas de asistencia”.

El propio Aníbal, por la mañana, había tomado distancia sobre la actitud de Scioli al decir que desconocía los motivos del viaje. Es decir, quedó flotando la sensación de que el Gobierno, con Cristina a la cabeza, desaprobaba la actitud del candidato a presidente.

Claro que esta vez los enojos quedaron entrelíneas y no como en 2013. En aquel entonces, a raíz de la trágica inundación de La Plata, la Presidenta pronunció uno de sus más duros discursos contra él al punto de acusarlo de “hacerse el idiota”.

¿Un límite desde el lugar menos pensado?
En definitiva, la gran duda es si aun habiendo cometido este traspié, el candidato del Frente para la Victoria puede salir indemne.

Desde el punto de vista electoral, los analistas tienden a creer que sus chances de no verse afectado son relativamente altas.

“Si las elecciones fueran el próximo domingo, toda esta indignación quedaría plasmada en las urnas. Pero en la Argentina suelen durar poco estas olas de indignación que uno percibe en las redes sociales y en las noticias”, apunta Dillenberger.

Y cita el ejemplo del caso Nisman, que disparó una fuerte caída en la imagen de Cristina pero cuyo efecto estuvo acotado a no más de un mes.

Por su parte, Giacobbe cree que Scioli goza de una “idealización”, de tal forma que, ante un problema, “no le entran las balas”.

“Es un proceso de enamoramiento brutal que va más allá de lo que muestra la realidad. En términos políticos se llama idealización colectiva”, argumenta.

De todas formas, el impacto de los coletazos no están todavía tan claros. Lo que sí parece seguro es que el votante clásico del peronismo, el habitante de clase baja del conurbano -acostumbrado a la relación con los “punteros”- no suele asociar su decisión de voto a este tipo de tragedias.

Por el contrario, una ayuda bien organizada hasta puede reforzar su vínculo partidario.

En cambio, en términos electorales, si hay un riesgo que enfrenta Scioli es el de la posible fuga de votos “por izquierda”.

A fin de cuentas, los militantes de La Cámpora habían sido los más activos hace dos años en La Plata, cuando Cristina aún no consideraba al gobernador como aquel que podía representar al Frente para la Victoria en las urnas.

En estos días, entre los alineados al Gobierno, esa sensación de que no representa al “modelo” tuvo un impensado resurgimiento, aun con Carlos Zannini en la fórmula presidencial.

Acaso el límite de la incombustibilidad de Scioli llegue desde el lugar menos pensado: no desde los afectados por el desastre, no por las tácticas de Macri o Massa, sino desde el propio kirchnerismo.

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