22 de agosto de 2015 00:35 AM
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Scioli vs Scioli: el mercado quiere saber si será manejado por La Cámpora o si nació el nuevo líder del PJ

Tras el cierre de listas, el temor a un eventual presidente débil dominado por el kirchnerismo genera inquietud en empresas y en inversores, que adoptan una actitud defensiva. Sin embargo, en el ámbito político se tiende a creer que no hay lugar para un liderazgo que no sea el presidencial.

Es el debate del momento. Es la pregunta del millón. Es la cuestión que intentan desentrañar en los directorios de las empresas, en las mesas de dinero de la city porteña y en la bolsa de valores.

 

Es lo que el mercado quiere saber y no puede aún responder con certeza, más allá de especulaciones, temores o expresiones de deseo.

¿Cuál es el verdadero Daniel Scioli?

O, mejor dicho, ¿cuál será el Scioli del 11 de diciembre, es decir, del día después de las elecciones, si consigue su objetivo de ganar y que Cristina Kirchner -luego de tantos desplantes, ahogos financieros y condicionamientos electorales-, se resigne a pasarle la banda presidencial?

¿Será el que rápidamente olvidará sus juramentos de fe kirchnerista y aplicará las políticas de apertura económica con las que simpatizaba en la época menemista?

¿O, por el contrario, será un presidente débil y subordinado a Cristina, que intentará alguna que otra tibia reforma pero rebotará inexorablemente contra un Congreso manejado por el kirchnerismo?

Hay opiniones para todos los gustos. Por ahora, la más contundente la ha dado el mercado de capitales, que respondió con dos fuertes bajas en los precios de las acciones, bonos soberanos y papeles argentinos que cotizan en Wall Street.

El primer bajón fue cuando se frustró una coalición opositora Macri-Massa, que mejoró las aspiraciones presidenciales de Scioli. El segundo fue luego de la confirmación de Carlos Zannini como su compañero de fórmula.

Curiosamente, desde la vereda opuesta hubo otros que opinaron bastante parecido al mercado.

Es el caso de Ricardo Forster, el principal referente de Carta Abierta, quien -para tranquilizar a los kirchneristas aún dudosos sobre la lealtad del gobernador para con el modelo K- afirmó: “Más de uno se va a sorprender con Scioli”.

Pronosticó que “ha tomado la opción de construir una política de la distribución de la riqueza”.

El propio Scioli abona estas percepciones con frases como esta: “La gente me dice que hemos avanzado mucho en todos estos años, que no quiere un cambio”.

 

¿Sumisión por conveniencia?
Lo cierto es que hay argumentos para abonar las dos teorías. Scioli ha dado muestras de rebeldía y de sumisión en dosis iguales.

Su primera señal de desalineamiento hacia un liderazgo vertical ocurrió cuando no habían pasado tres meses de la asunción de Néstor Kirchner.

En marcada disidencia con los postulados del Presidente, vaticinó que se iba a avanzar en una adecuación en las tarifas de los servicios públicos. Días más tarde, criticó abiertamente la política kirchnerista de revisión de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

Pero, sobre todo, el comentario era que Scioli, descontento con el escaso protagonismo que le dispensaba Kirchner, había empezado a consolidar su perfil diferencial, con una agenda propia que incluía reuniones con empresarios, ante quienes expresaba opiniones no coincidentes con la línea oficial.

Ya desde ese momento comenzó a sufrir castigos. Porque Kirchner reaccionó con rapidez y dureza: destituyó funcionarios de su grupo político y mandó a otros a desmentirlo en público.

Ese era apenas el inicio de una relación que se extendería por doce años. Un Scioli que se animaba a incurrir en conductas irritantes para con el Gobierno, al tiempo que éste lo castigaba en los discursos, le aplicaba restricciones financieras y le cercaba su accionar.

Así, debió soportar que le nombraran a un “vicegobernador opositor”, que parte de su bancada legislativa le retaceara apoyo y, sobre todo, que lo hicieran transpirar nada menos que con la caja.

Cada febrero debió afrontar la huelga docente, que pasó a transformarse en un clásico en el inicio del año lectivo. Su peor momento fue en 2012, cuando no pudo pagar a tiempo el aguinaldo.

Apretado por la situación, debió avanzar en un fuerte ajuste impositivo y acudir al mercado de capitales, debiendo convalidar tasas de dos dígitos en dólares para tentar a inversores a que le compren títulos de deuda de la Provincia.

Hasta llegaron a topearle el Fondo del Conurbano para que lo vaya erosionando la inflación.

En ese contexto, para un amplio espectro de analistas, la “sumisión” de Scioli a la Presidenta fue -en realidad- parte de una estrategia defensiva, tendiente a que no le “explote” la Provincia ante semejante presión financiera.

En otras palabras, su “lealtad” e “inmutabilidad” -ante la munición gruesa disparada desde la Casa Rosada- fueron vistas como recursos a los que debió apelar más por supervivencia que por adhesión ideológica.

No por casualidad, el gran argumento con el cual el kirchnerismo quiso convencer a Florencio Randazzo de que debía postularse a gobernador de Buenos Aires era que contaría con un sustancial incremento de fondos automáticos para la Provincia, lo cual lo liberaría de la situación incómoda que debió atravesar Scioli.

 

 

La victimización como estrategia política
Pese a ese castigo financiero y a ser discriminado por la billetera oficial, Scioli continuó incurriendo en gestos que provocaban la irritación kirchnerista.

Fotos con Mauricio Macri, concurrencias a los estudios televisivos de TN, visitas al stand marplatense del Grupo Clarín, justo en plena guerra por la ley de medios, son algunos de los tantos ejemplos.

Sus señales de rebeldía y de falta de alineamiento llegaron a un punto tal que los analistas comenzaron a interpretar que, en realidad, Scioli encontraba ventajas políticas al provocar todo el tiempo la ira K.

En esa dinámica de castigo y resistencia, el equipo del gobernador suponía que la victimización terminaba siendo un buen negocio.

Cada ataque del sector más duro del kirchnerismo no hacía otra cosa que hacerle un gran favor, porque así iban reforzando cada vez más su perfil de “independiente y conciliador”.

La estrategia podía parecer arriesgada, pero lo cierto es que le daba resultado. A tal punto que Scioli no pagaba costos políticos ni siquiera cuando tenía dificultades para abonar los aguinaldos de sus funcionarios.

“Nunca vi un personaje así; se enoja con la Presidente y tiene imagen alta; se le inunda la Provincia y tiene imagen alta. Hay sitios donde hace mucha propaganda y otros en los que no hace y da lo mismo”, observó (sin disimular cierta admiración) Jaime Durán Barba, el asesor que se ocupa de la estrategia de Macri.

En los últimos días, tras la confirmación de la fórmula Scioli-Zannini, fueron varios los analistas que entendieron que el hecho de haber tenido que aceptar la imposición de su vice y de los legisladores fue parte del alto precio que debió pagar para acercarse a su objetivo de sentarse en el sillón de Rivadavia.

“Yo pienso que Scioli finalmente se salió con la suya, filosóficamente. En adelante es, se gana el derecho de ser, de permanecer”, observa Jorge Asís.

Afirma que la jugada que dejó fuera de carrera a Randazzo revela a Scioli como un “inesperado Machiavelo de barrio”.

Este tipo de actitud es lo que sigue despertando, dentro del kirchnerismo más puro, la apenas disimulada sospecha de que el 10 de diciembre pueda, efectivamente, terminar el “ciclo K” para dar inicio al “sciolismo”.

Con alta dosis de realismo, el influyente analista Mario Wainfeld expresa: “Habrá que ver si está en condiciones de bancar el proyecto de ganar las elecciones. Habrá que ver cómo funciona una diarquía jamás vista en el peronismo contemporáneo: el Presidente en la Rosada, la líder del movimiento fuera de ella, legitimada y activa”.

Otros analistas K prefieren aferrarse a la ilusión de que habrá una continuidad de las políticas. Como el encuestador Artemio López, quien durante mucho tiempo abogó para que Cristina se jugara a “radicalizar” el proyecto oficialista.

“Es una decisión racional de parte de Scioli, de anclar su propuesta en el kirchnerismo de manera profunda, y se supone que es aceptar la condición política de la Presidenta de manera explícita, además que le da mayor volumen electoral de cara octubre”, señaló tras conocerse la designación de Zannini

Por supuesto, lo más importante de su análisis es la parte de “se supone”. Porque deja abierta la gran duda.

Y la verdad es que, en la gran mayoría del peronismo -acaso todo el movimiento, con excepción de La Cámpora- lo que “se supone” es otra cosa. Nadie lo expresó de manera tan elocuente como el salteño Juan Manuel Urtubey, cuando todavía no se sabía cómo iba a terminar la interna peronista.

Dando muestras de una alta dosis de pragmatismo, expresó: “Cuando tenga un candidato a Presidente -que todavía no lo tengo- me va a empezar a parecer un gran dirigente. Ya en septiembre me va a parecer que es lo más cercano a los postulados del peronismo. Y, si gana en octubre, me va a parecer la reencarnación de Perón. Así somos nosotros”.

Por si se necesitaba más claridad, no dejó ningún margen para la ocurrencia de un escenario dual, es decir en el que alguien fuera al Gobierno y sea otro el que maneje al poder.

Sobre esta premisa es que puede entenderse cuál será la actitud de Scioli en caso de que  llegue a la presidencia. Transformará su pasada debilidad en su presente fortaleza.

Es que el mismo alineamiento y lealtad hacia Cristina (que él siempre declamó por ser la jefa de Estado) será el que reclame para sí mismo al asumir él ese rol.

Todos los entienden así: en la Argentina no hay lugar para un Putin y un Medvedev. Es decir, para un presidente que sea manejado desde afuera.

De hecho, ni siquiera hubo espacio para la meneada consigna “Cámpora al Gobierno, Perón al poder”.

Como recuerda la ensayista Beatriz Sarlo, aquella experiencia resultó “una operación fracasada y fatal”, más allá de que algunos ahora quieran recordarla “como si hubiera sido el combate de San Lorenzo”.

 

Scioli es, ante todo, sciolista
En definitiva, así como antes fue exagerada la expectativa de que todo cambiará automáticamente a partir del 10 de diciembre, es probable que ahora se esté asistiendo a otra sobrerreacción pero de signo inverso.

Un movimiento pendular muy típico de un país volátil. Más allá de las especulaciones de la hora, la única certeza es que Scioli… seguirá siendo Scioli.

• El mismo que llegó a la política de la mano de Menem y que hoy acusa a Macri de querer “volver a los ‘90”.

• El mismo que declaraba alineamiento con Néstor Kirchner mientras criticaba sus políticas.

• El mismo que juraba lealtad a Cristina mientras le hacía guiños a Clarín.

• El mismo que concurre al estudio de Marcelo Tinelli y al programa “6-7-8”.

• El mismo que aguantó estoico la asfixia financiera y no tuvo empacho en aumentar la presión tributaria.

Y que, el día en que presentó a Carlos Zannini como vicepresidente lanzó una frase que es todo una definición política: “A esta altura, ¿todavía me subestiman? ¡Yo no lo puedo creer!”

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