5 de junio de 2011 17:55 PM
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Un tomate llamado 1123224027

ESPAÑA : El Grupo Paloma abre sus puertas para mostrar el alto nivel de seguridad y calidad de los productos hortofrutícolas. Decenas de protocolos garantizan la cadena alimentaria, desde la semilla hasta el punto de venta

1123224027. Éste es el ‘carné de identidad’ adosado a cada uno de los envases y cajas de tomates que salen casi a diario desde la empresa Paloma de Mazarrón hacia el Reino Unido, Alemania o cualquier otro destino europeo. El sistema de trazabilidad del producto indica la clase de manipulado (1), el productor (1), la finca (2), la parcela (3), el sistema de cultivo en invernadero, especificando el tipo de plástico, o al aire libre (2), la variedad (2), el día (40) y la semana de envasado y confección, según un calendario propio que está a la vista en cada dependencia (27). Ese código está vivo hasta que el producto es consumido. Si alguna de las grandes cadenas de alimentación o un supermercado de Londres detectan cualquier anomalía, basta con notificar el código del envase para que un ordenador de la empresa de José Hernández ofrezca desde Mazarrón todos los detalles de ese tomate, incluyendo el tipo de semilla, el día que se sembró y la persona que lo hizo, ya que, por añadidura, un grupo de agentes de campo registran en una PDA el nacimiento y todo el desarrollo posterior de ese producto. Es la máxima garantía para la cadena de seguridad alimentaria que ofrece esta empresa, una de las pocas que quedan en Mazarrón tras un duro ajuste sufrido por el sector. La crisis alimentaria que sufre Alemania ha puesto en el disparadero, de forma injustificada como se ha comprobado después, la solvencia y la imagen de las frutas y verduras españolas y murcianas, que se enfrentan ahora con considerables pérdidas al cierre de los mercados causado por la imprudencia de las autoridades alemanas. El botón de muestra del Grupo Hortofrutícola Paloma revela el alto nivel de seguridad de los productos de la Región. Hasta los plásticos José Hernández, acompañado por su hija Asunción, explica que existe una disposición básica de la Unión Europea que obliga solo a identificar el origen y el productor. «Nosotros vamos mucho más lejos. Tenemos nuestro propio protocolo de autocontrol, con veinte procedimientos en los almacenes y otros tantos en el campo». Hernández inunda la mesa con análisis microbiológicos del agua empleada para los cultivos y el lavado de los productos. También con pruebas microbiológicas realizadas en un laboratorio propio que sería la envidia de cualquier universidad, debido a los sofisticados y costosos equipos que en dos horas son capaces de realizar un análisis multirresiduos. Pero el control se inicia mucho antes con la preparación del terreno y la elección de las semillas. Todas tienen su número de lote y el correspondiente pasaporte fitosanitario de la UE. Antes de la producción hay otro control para comprobar la especificidad de cada planta y de cada punto del invernadero, que se desinfecta y cambia de plásticos. Cinco días antes de la recolección se realizan otros análisis de laboratorio para detectar, por ejemplo, si hay residuos de plaguicidas. Como en un quirófano En las grandes plantas de preparación y envasado -el Grupo Paloma tiene tres en Mazarrón y Águilas, una de ellas robotizada- hay un marcador bien visible que refleja un código con la fase en la que se encuentra la manipulación. Le proceso sigue. Si se está preparando uva de mesa, las tijeras que emplean los trabajadores llevan otro número de identificación. Como en un quirófano, las herramientas se cuentan dos veces al día, y si falta una tijera se detiene el proceso y todas las cajas pasan por un detector de metales para comprobar que el instrumento no se ha quedado dentro de una bolsa de uvas. Si se diera esa eventualidad, y no se evitara, es fácil imaginarse la reacción que tendría un consumidor londinense. Pero hay que asegurarse más. En el departamento de calidad, y antes del envasado, se someten los tomates a otro tipo de pruebas antes de su consumo. Se comprueba además que cada lote responde al tipo de producto y variedad que ha pedido el comprador situado a miles de kilómetros de distancia, principalmente las grandes cadenas para las que trabaja esta empresa. Los pedidos especifican el peso, el calibre, el color, los grados de azúcar y hasta el milímetro de los granos. Los trabajadores tienen carné de manipulador. Los carretilleros reciben cursos antes de subirse a las máquinas y los encargados de la fumigación pasan por otras pruebas. Como añadido, la empresa tiene una guardería para los hijos de los trabajadores, además de la obligada clínica, que en este caso está tan dotada como cualquier consultorio del Servicio Murciano de Salud. Todas las visitas se registran en un libro y nadie puede entrar en la sala y en los almacenes frigoríficos sin una bata y un gorro. Los conductores de camiones que transitan por media Europa tienen tajantemente prohibido acceder a la zona de manipulado y envasado. Disponen de un área propia de descanso y aseo. Colocan el camión en el muelle de carga y a esperar la salida. Nuevo control en el cargamento. Se tardan tres días en cubrir la distancia entre Mazarrón y los almacenes de distribución del Grupo Paloma en Canterbury y Dover. El certificado de carga es exhaustivo hasta el mínimo detalle: «8 palets normal y 16 palets chep de tomates frescos. 21.840 kilos. Categoría I. No permitido intercambio (el remolque va sellado). Mercancía asegurada por el transportista. Temperatura de frigo 8ºC sobre cero. Origen de la mercancía, Mazarrón-Murcia-España. Descarga domingo». Hay más. Otra hoja muestra lo que lleva cada uno de los palets: la variedad, la fecha de embalaje, el tipo de confección, la categoría de exportación, el calibre de los tomates, el código de color, el número de bultos y su peso y, por supuesto, la numeración de cada lote y el código de trazabilidad que le viene desde el día que nació en la mata. Nada queda al azar En un mercado tan global y competitivo, las grandes cadenas de alimentación europeas tienen sus propias normas de calidad. Suma y sigue: el departamento de control dispone de dos grandes expositores, como los que tiene cualquier hipermercado, donde se depositan los tomates para comprobar cómo evolucionan con el paso de los días y su rango de conservación. Igual que si estuvieran a la venta, con la fecha de empaquetado y el régimen de temperatura. Nada se deja al azar. Este proceso cuajado de numerosos controles y protocolos, la mayoría propios de esta empresa, da una idea de la cantidad de recursos que se emplean para garantizar la calidad, que han estado precedidos de grandes inversiones. Aunque se puede añadir más, ya que todo lo relatado hasta ahora está diseñado al milímetro meses antes, cuando se programan todos los cultivos de cada temporada, finca a finca y parcela a parcela, el año de construcción del invernadero, el tipo de cubierta y su renovación, el número de plantas de cada variedad, la fecha prevista de plantación y el marco donde ha florecido cada semilla de tomate, melocotón, pera, nectarina o granada, la superficie en hectáreas, el código de campo, el tipo de suelo y los cumplimientos medioambientales. José Hernández ha abierto su empresa de par en par a La Verdad Multimedia para mostrar cómo opera el Grupo Hortofrutícola Paloma, poseedor de numerosos certificados internacionales de calidad. El consejero de Agricultura y Agua, Antonio Cerdá, pone la mano en el fuego por todo el sector. El agua se puede quedar para otro capítulo. En este caso, tienen incluso su propia planta desalinizadora, pionera en la Región.Los chóferes tienen prohibido entrar en la zona de manipulado del Grupo Paloma Las grandes cadenas ponen sus propias normas de calidad: del grado de azúcar hasta el calibre de los granos Además de la normativa europea, José Hernández realiza decenas de controles y análisis propios

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