4 de abril de 2010 13:10 PM
Imprimir

Argentina no juega con la carne

Cristina Fernández de Kirchner se ha propuesto cambiar los gustos culinarios de los argentinos: nada menos que comer menos carne para degustar el pescado. Ya se ha habla de que ha empezado la «guerra de la carne»

La revolución francesa empezó con la subida del pan, que pilló a un pueblo hambriento y a unos burgueses hartos de estamentos medievales. Salvando las distancias, las grandes causas siempre empiezan por la comida. En Argentina en tres meses el precio de la carne aumentó el doble, teniendo en cuenta que cada argentino devora 70 kilos al año, la escalada de precios podría generar lo que los medios locales ya denominan como la guerra de la carne. Por todo esto, la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ha intentado de todo en las últimas semanas para cambiar los hábitos alimenticios de los argentinos. Primero se lanzó a alabar las cualidades afrodisiacas del cerdo («Yo estimo que es mucho más gratificante comerse un cerdito a la parrilla que tomar Viagra»), luego se dedicó a promocionar los menús a base de pollo y ahora celebra las excelencias del pescado. De hecho, la presidenta se acercó el otro día a una pescadería itinerante que se ha instalado cerca de la Casa Rosada y compró merluza.
De segundo, pescado
Bajo el lema «Pescado, ahora para todos» recorren las calles de Buenos Aires tres camiones frigoríficos que venden el kilo de merluza a 12,50 pesos (2,40 euros) y el calamar a seis. El gancho es muy sencillo: al que compra tres kilos se le regala uno de arroz. Estas pescaderías itinerantes, adonde se fue hace unas semanas  la presidenta a comprar merluza, están que lo tiran, porque en muchos mercados la merluza sigue costando alrededor del doble. 
   
Pero de la merluza a la tira de asado hay un buen trecho, sobre todo para el paladar  argentino y los llamados de la presidenta  no han surtido mucho efecto. «Es verdad que un poco sí que ha disminuido el consumo de la carne por la subida de los precios pero Argentina es y será un país carnívoro, nos gusta el olor de la carne y el humo del asado en la cara», nos comenta Ángel Montanini cocinero, mientras da vuelta a algunos chorizos, morcillas y matambre en su parrilla del barrio de Liniers, en Buenos Aires.
  
En un supermercado cercano llamado el Sirio, el carnicero nos muestra la mercadería. «Mira, la carne ya no es igual que antes. Las vacas ya no comen pasto, comen pienso», asegura. Al otro lado del mostrador una señora afirma que «ha subido muchísimo, pero las mujeres con tradición en la cocina sabemos muy bien cómo aprovechar los cortes populares y hacer varios platos como el puchero, en los que se estira la comida. Sigue siendo más barata de esta forma la carne de vaca».
Lo mejor, para afuera
En el último intento desesperado por provocar una bajada del precio de la carne, la Casa Rosada amenazó a los ganaderos con paralizar las exportaciones indefinidamente. Y lo hizo a través de un personaje oscuro cuyo nombre despierta terror entre los empresarios y la gente del agro. Hablamos del «dóbermann» de los Kirchner, el secretario de Comercio,  Guillermo Moreno, también conocido como «el pistolero». Y es que Moreno utiliza caminos poco ortodoxos pero más expeditivos. Suele presentarse de imprevisto y en ocasiones, antes de negociar, coloca su revólver sobre la mesa.
       
Con los ganaderos ordenó paralizar las exportaciones de vacuno durante días y llegó incluso a impedir que las cargas ya listas subieran a los aviones. Su objetivo: desviar al mercado interno esos cortes populares para bajar los precios pero, sobre todo, mandar un aviso a los productores. Claro que luego lo negó todo. 
     
Algunos frigoríficos denunciaron que las autoridades habían detenido las exportaciones para hacer crecer la oferta local de carne. Posteriormente, dirigentes del sector dijeron que el Gobierno había prometido liberar los envíos. «No han liberado absolutamente nada, hay una confusión muy grande», afirma Hugo Biolcati, titular de la Sociedad Rural Argentina, una de las principales entidades agrícolas del país, que mantiene una tensa relación con Cristina Fernández. «Es imposible invertir o crecer en el negocio», agrega. El conflicto se da en momentos en que el rodeo vacuno argentino está en un nivel bajo debido a una sequía histórica y a una liquidación de animales por la baja rentabilidad del negocio, que según los ganaderos obedece a políticas oficiales. El inventario de cabezas de ganado a día de hoy es de 52 millones frente a los 58 millones de hace dos años.  Aunque la Argentina exporta casi toda su producción, las restricciones a las exportaciones denunciadas por los frigoríficos no alcanzan a cortes de alta calidad destinados a Europa ni a productos termoprocesados. Sólo un 5 por ciento se consume en el mercado doméstico, especialmente durante Semana Santa, cuando los precios suelen subir.  La ganadería también se enfrenta a una fuerte presión por parte del negocio agrícola, particularmente el de la soja, que tiene márgenes de rentabilidad relativos muy superiores.
     
A las siete de la mañana el mercado de carne más grande del mundo, el Mercado Central de Buenos Aires, se encuentra en su punto álgido. Todo el mundo puja por las cabezas de ganado.  En este escenario nos recibe Jorge Rodríguez, un porteño bien gallego (sus abuelos eran de Lugo). Aunque en la actualidad es el gerente de recursos humanos, fuera del despacho conoce todos los recovecos del mercado y los entresijos del comercio de la carne. «El tema es así. El Gobierno tuvo durante años paralizados los precios de la carne. Estos márgenes asfixiaban al productor. Cuando se liberalizaron los precios alcanzaron su valor real. Y hay otros factores, como la sequía y que cada vez hay menos vacas en el país». Y agrega: «La mayoría prefiere plantar soja y vendérsela a los chinos. Pero cuidado. Los ganaderos también lloran de más. Ahora el mercado se ha concentrado. Nadie entra ya a comerciar porque para rentabilizar las vacas tienen que pasar por lo menos cinco años y las vacas están muy caras. Pero los que se quedaron ahora se están haciendo de oro. Al final todos se quejan. El Gobierno, los consumidores y los ganaderos. En Argentina el futuro de la carne es un futuro incierto».

«Volemos con pollos y comamos cerdos»
Cerdos, pollos, buitres  y loros rodean el imaginario de la presidenta Cristina Fernández, propensa a utilizar metáforas zoológicas. Tras decir que un buen filete de cerdo es mejor que la Viagra, le tocaba el turno al pollo.

«Yo también creo que los pollos tienen sus virtudes. Tal vez no sean afrodisiacas, como las de los cerditos, pero sí adelgazan. Volemos con pollos y comamos cerdos».
     
Y engrosó su bestiario: «Me animo a hablar de otro animalito, que no es tan lindo como los cerditos o los pollitos. Yo quiero hablar de los buitres. Esos pájaros feos, negros, que siempre sobrevuelan anunciando desgracias y cataclismos. Hay una política buitre en la Argentina». Arremetió de vuelta de inaugurar el ciclo escolar: «Cuando llegué, me recibió un maestro con un loro en extinción. Yo decía: qué lástima este loro tan bonito en extinción. Tantos loros que hay por allá en Buenos Aires. A veces parece que se multiplican».

Fuente:

Publicidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *