6 de octubre de 2016 11:12 AM
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Nutrición y sanidad en cerdos: 2 – enfermedad

No debemos subestimar nunca que a mayor presión de infección no solamente el riesgo sanitario es mayor, sino que siempre la eficiencia alimenticia se ve mermada. A mayor grado de infección son más los nutrientes que se desvían para soportar la producción de células de defensa, tanto del sistema inmune celular como humoral. (Conclusión de una serie de dos artículos)

Conferencia del Med. Vet. Horacio Perenson en la Jornada Sobre Nutrición y Sanidad en Cerdos, de INTA, Argentina, mayo de 2016.

Bases sanitarias

Los cerdos están expuestos diariamente a un gran número de agentes infecciosos dentro de su medio ambiente. Ello supone que las infecciones víricas, bacterianas y parasitarias siempre existen, en mayor o menor grado, aunque no siempre terminen en enfermedad (infección vs enfermedad).

El siguiente paso es que dichos cuadros clínicos se manifiesten de forma subclínica, sobreaguda, aguda o crónica, en cuyos casos el sistema inmune del cerdo se activa y determina una penalización de los parámetros productivos (consumo de alimento, ganancia diaria de peso índice de conversión, mortalidad, morbilidad…).

No debemos subestimar nunca que a mayor presión de infección no solamente el riesgo sanitario es mayor, sino que siempre la eficiencia alimenticia se ve mermada. A mayor grado de infección son más los nutrientes que se desvían para soportar la producción de células de defensa, tanto del sistema inmune celular como humoral.

Partiendo de los principios de la nutrición, donde el consumo de nutrientes sirve para cubrir las necesidades de mantenimiento más las de producción de los cerdos, un estado sanitario deficiente, que equivale a un sistema inmune activado, conlleva un gasto de parte de nutrientes (energía, aminoácidos minerales) para soportar la actividad del mismo en detrimento de los parámetros productivos mencionados. Así, entender correctamente el gasto de nutrientes como soporte de la actividad inmunitaria será clave para conocer el impacto de cualquier proceso sanitario.

En este punto, tanto la intensidad como la duración del mismo también son básicas para considerar el grado de impacto de la salud de los cerdos sobre su eficiencia alimenticia. En esta misma línea de conocimiento, sabemos de la influencia de los procesos infecciosos sobre el cambio del metabolismo basal de los cerdos y, por tanto, la alteración de los requerimientos nutricionales para mantener los parámetros productivos.

Las estimaciones nutricionales de base para soportar el gasto inmunitario demostrado científicamente son:

0,5 – 2% de lisina para producción de leucocitos, anticuerpos y proteínas de fase aguda en procesos subclínicos.

9% de lisina consumida en procesos infecciosos agudos – graves.

Esto no significa que suplementando en el pienso dichos porcentajes de tal aminoácido y las equivalencias con el resto resolvamos la situación a nivel productivo, ya que la activación del sistema inmune inhibe parcialmente la deposición de proteína corporal, perdiendo por tanto, y en todo caso, eficiencia alimenticia. En este punto, las recomendaciones de base nutritiva se dirigen a utilizar dietas más palatables y digestibles (“concepto de dietas blandas de humana“).

 

Enfermedad en la eficiencia alimenticia

El cerdo no solo está infectado sanitaria mente por agentes infecciosos que han llegado a él por contaminación vertical u horizontal, sino también por el elevado número de microorganismos medioambientales a los que está expuesto que, aunque no siempre terminen dando lugar a un cuadro agudo de enfermedad, sí provocan un stress inmunológico crónico que impacta negativamente en los parámetros productivos.

Por ello, es esencial por su beneficio sobre la eficiencia alimenticia llevar a cabo todas las medidas de bioseguridad, tanto internas como externas en nuestras granjas, tema que en más de una ocasión tan solo lo damos valor por su vertiente sanitaria, y que tendemos a relajar en su aplicación diaria con las consecuencias que todos conocemos.

Por lo tanto, la presión de infección determina un stress inmunológico, con una reducción no solo del consumo voluntario de pienso, sino también de la capacidad de deposición proteica, de tal forma que para una unidad de producción las necesidades de nutrientes se incrementan, reduciéndose la eficiencia alimenticia.

El efecto negativo sobre el índice de conversión está determinado por lo tanto por dos factores: menos nutrientes ingeridos y menos tejido proteico depositado o más nutrientes expendidos para una misma unidad de deposición de tejido y aumento de peso.

Cuando hablamos de un sistema inmune activado, éste no solamente nos debe preocupar en casos agudos por sus pérdidas obvias y de fácil cuantificación donde llegamos a tener proteólisis y aumento del recambio proteico orgánico durante periodos de tiempo más o menos cortos, ya que en los casos crónicos tenemos pérdidas por goteo continuadas en periodos mucho más largos que sumatoriamente pueden igualar a los agudos al final del ejercicio.

 

 

Presión de infección

Este incremento de presión de infección, peor cuantificable, puede derivar de muchas acciones incorrectas que todos hemos padecido, como son:

– Escasos vacíos sanitarios (limpieza, lavado, desinfección y ausencia de animales durante un periodo de tiempo).

– Elevada densidad de animales o kilos de carne por metro cuadrado.

– Problemas ambientales: temperatura, gases, humedad.

– Profilaxis higiosanitaria y preventiva (vacunaciones) insuficiente en reproductoras y lechones. Debemos recordar que la mayoría de las vacunas, además de proteger, reducen la excreción del agente infeccioso, tanto en cantidad como en tiempo- efecto directo sobre la presión de infección.

– Programa de desparasitación no bien adaptado a cada granja.

– Programas de cuarentena y adaptación de futuras reproductoras inconsistente. Es uno de los puntos más críticos en nuestras granjas a día de hoy.

– Presencia de vehículos portadores animados e inanimados dentro de la granja sin correcto control (desratización, desinsectación, pájaros, animales domésticos).

Como es lógico, y no por ello menos obvio, la estimulación del sistema inmune conlleva la producción de células de defensa inmunitaria (linfocitos, células fagocitarias, anticuerpos…), para lo cual el cerdo consume nutrientes que desvía de la deposición de tejidos corporales. Sabemos que una gran parte de las células de defensa (60-65%) se producen a nivel intestinal (células dendríticas), lugar donde también se produce la absorción de nutrientes y donde tiene lugar un porcentaje importante del gasto de mantenimiento orgánico por parte del cerdo.

La explicación científica está en que después de la infección se produce una respuesta de fase aguda que da lugar a una serie de citoquinas pro-inflamatorias (haptoglobina). Las cuales tienen una acción directa sobre la musculatura esquelética, reduciendo la eficacia de las hormonas anabólicas (insulina, IGF-I…), y por lo tanto de deposición proteica (aumento de los niveles de miostatina muscular).

 

 

Mortalidad en la eficiencia alimenticia

Dentro de esta pérdida de eficiencia alimenticia por razones sanitarias, y como factor directo ligado a las enfermedades sobre todo infecciosa, es el parámetro de la mortalidad frente al de morbilidad ya mencionado.

Sabemos que tan solo tenemos ingresos por los kilos de carne que producimos, y que los repuestos que no llegan a matadero, suponen una cantidad, a veces muy elevada de pienso, con eficiencia alimenticia cero, que en la práctica es como que lo hubiésemos desperdiciado.

Y por lógica, a mayor mortalidad y de cerdos de mayor peso que han consumido más pienso, mayor impacto negativo sobre la eficiencia alimenticia. En nuestros análisis de granjas esto se refleja en cómo el índice de conversión técnico versus índice de conversión económico se aleja. Cuanto mayor sea la diferencia, más debe ser nuestra preocupación en este punto.

 

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