12 de diciembre de 2016 12:44 PM
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El trigo argentino vuelve a brillar después de años de desaciertos

En poco más de diez años, el área cultivada se redujo a la mitad

Hace exactamente un año, el flamante presidente Mauricio Macri anunciaba la eliminación de los derechos de exportación para el trigo, el maíz, la carne y los productos regionales. Era lunes por la mañana. Había asumido tres días antes. Fue su primer acto de gobierno.

Rodeado por su ministro de Agricultura, Ricardo Buryaile, el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, el gremialista Gerónimo Venegas, el ex dirigente ruralista Alfredo De Angeli, Macri se plantó frente a un lote de maíz de la cooperativa ACA en Pergamino, y concretó su primera promesa de campaña. “Apenas aterrice en la ciudad de Buenos Aires, voy a firmar el decreto de retenciones cero”.

Así fue. Esa tarde había desaparecido la gabela del 23% que pesaba sobre las exportaciones del cereal. Uno de cada cuatro camiones que despachaba el chacarero, puesto en el puerto y con el flete pago.

Unos días después, llegaron otras decisiones clave: la liberación del cepo con la consecuente unificación cambiaria, y la eliminación de las restricciones a la exportación. Fue el final de la teoría de “la mesa de los argentinos”, un intento fallido por desacoplar los precios internacionales de los internos. La caída de la producción llevó al desabastecimiento. Los precios se fueron a las nubes La respuesta está llegando ahora. Ya ha comenzado la cosecha y será un 21% superior a la del año pasado, la última de la era K. A pesar de las enormes complicaciones climáticas y, sobre todo, de los problemas financieros que afrontaban los productores. Inundaciones en el noroeste bonaerense, sequía en el vergel del sudeste con epicentro en Necochea. Pero el dato concreto es que la superficie sembrada con trigo pasó de 3,5 a 4,3 millones de hectáreas. Con un rendimiento de 3 toneladas por hectárea, la cosecha superará las 12 millones de toneladas, lo que genera un saldo exportable de 7 millones entre grano y harina (un 5% del total embarcado). Las otras 5 quedan para el mercado interno.

Ese 21% no es gran cosa. Pero marca una inversión de la tendencia. Sobre todo, un cambio de actitud respecto a la tecnología, la variable clave. Veamos.

En 2001/02 se habían sembrado 7 millones de hectáreas. En 2012/13 el área cultivada se había reducido a la mitad. Estábamos tocando el fondo: era la cifra más baja en cien años. Un tercio del récord de 1928, de 9,3 millones de hectáreas cultivadas.

Cuando despuntaba el siglo XXI y estas pampas atravesaban un entusiasta proceso de cambio tecnológico, donde la nueva genética, la fertilización y la fenomenal idea de la siembra directa se abrían paso al galope, la cosecha superaba las 16 millones de toneladas. El trigo ya no era el cultivo más importante, como lo había sido un siglo antes, donde dominaba claramente. La soja había ganado espacio por propio mérito. Pero la soja podía claramente compartir cartel: es un cultivo de verano y puede sembrarse, prácticamente en todo el país, después de levantar el trigo. Sobre todo con la irrupción de la siembra directa.

La impericia K puso un pie en la puerta giratoria. Diez años después, en 2012, habíamos bajado a la mitad. Entre retenciones, trabas a la exportación, desdoblamiento cambiario (con el dólar oficial un 35% por debajo del real), manipuleo del mercado y hostigamiento de todo tipo, el campo se defendió achicándose. Menor superficie, pero también menor uso de tecnología. En particular, de fertilizantes.

El fertilizante se había hecho indispensable para sacarle el jugo a las nuevas variedades, introducidas a fines de los 90. Con mucho mayor potencial de rendimiento, pero también con mayor necesidad de nutrientes, cuya carencia provocaba mermas en la calidad molinera. Sembrar estas variedades “de carrera” exigía nafta de alto octanaje. Le echaban querosén. Consecuencia: bajo rinde, pero también baja calidad.

Buena parte del trigo tuvo destino forrajero (alimentación animal) con fuertes mermas de precio.

El peor efecto de las retenciones, tipos de cambio diferenciales y restricciones es alterar la relación insumo/producto. Es decir, un dólar para todo lo que el campo tiene que comprar para producir, y un dólar a mitad de precio para todo lo que vende. Esto significa que se encarece la tecnología: hace falta el doble de trigo para pagar una tonelada de fertilizante, o un litro de herbicida, o una camioneta para llevar la semilla.

 

 

El regreso del fertilizante

Entonces, pasamos de consumir 3,5 millones de toneladas de fertilizantes (una cifra que no alcanzaba a compensar lo que se llevaban las cosechas), a apenas 1,5. Un desastre. Buena parte del fertilizante se produce en el país. Son los nitrogenados (urea y derivados), que se elaboran en el polo petroquímico de Bahía Blanca y en Campana. El trigo y el maíz son la forma de exportar fertilizante con valor agregado. Cada diez toneladas que salen como cereal, llevan una tonelada de urea.

El cambio cualitativo de la campaña 2016/17, ahora en plena recolección, es que se volvió a fertilizar masivamente. Con timidez de bolsillo, con dosis “prudentes” en la siembra. Pero al avanzar la primavera, con buenas lluvias y menos temor, los chacareros se largaron a refertilizar los cultivos. “Urea al macollaje”, una práctica olvidada hace una década, cuando recién despuntaba. Eso significa más rinde y sobre todo, mejor gluten, que es lo que exige el panadero.

Es también lo que exigen los molinos brasileños, la niña mimada de la cadena argentina de trigo. La consecuencia más trágica de la era K es el deterioro de la relación comercial con el principal cliente histórico. Por razones geográficas (el trigo se da bien en zonas templado frías), Brasil no produce trigo en cantidad y calidad, y necesita importar el 70% de lo que consume. Unas 8 millones de toneladas por año. Es el segundo importador mundial, después de Egipto.

Cuando se negoció el Mercosur, Argentina logró una preferencia arancelaria del 15% para el trigo. Además de las ventajas de flete por cercanía. Esto significa que cualquier partida de otro origen, debía pagar un 15% de derechos de importación para ingresar al Brasil. Pero la caída continua de la producción argentina fue minando las posibilidades de atenderlos. La política de los “ROE” (permisos de exportación, que cada vez eran más restrictivos) llevó a que los brasileños pateasen el tablero. Encontraron la justificación para importar de otros lados eliminando el arancel. Encima, el escaso trigo que se les despachaba adolecía de falta de proteína y otras calamidades argentogénicas. Los molinos brasileños siempre importaron algunas partidas de calidades especiales, fundamentalmente de Canadá o los EE.UU. Pero en estos años trajeron de Rusia y Ucrania, asumiendo costos extraordinarios de fletes.

Hay una consecuencia adicional. El trigo de extrazona puesto en los puertos de Brasil es muy caro. Esto, sumado a la inseguridad de abastecimiento a que los sometió la Argentina, fue un fuerte estímulo para que intentasen el autoabastecimiento. En eso están.

Es muy difícil calcular el costo del proceso kirchnerista en el sector trigo. Podríamos asumir que se han dejado de producir unas 50 millones de toneladas (4 por año, en 12 años). A precios de hoy, son 7.500 millones de dólares. Ese lucro cesante no refleja otras externalidades negativas, como el deterioro de los suelos (que necesitan el trigo en la rotación) y la pérdida del “efecto difusión” que generan los ingresos del campo en la economía del interior.

Pero ahora el escenario cambió. La Argentina salió nuevamente a la cancha. Las 12 millones de toneladas de cosecha no son gran cosa, pero preludian un futuro mejor. Los precios internacionales ya no son lo que fueron. Hay mucho trigo en el mundo y el consumo de pan no crece tanto como el de proteínas animales, que se hacen con granos forrajeros (maíz y soja). Por suerte, la Argentina juega en primera en estos dos cultivos, y más pronto que tarde volverá al podio del trigo, que perdió en un imperdonable walk over.

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