17 de abril de 2010 08:22 AM
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Trigo: las retenciones deberían bajar

La producción granaria alcanzará más de 90 millones de toneladas. Casi un récord. Recordemos que en el ciclo anterior, dada la sequía, se llegó a tan sólo 61 millones de toneladas, pero que, en el período previo a éste, se logró el extraordinario volumen de 96 millones.

Como se aprecia, los resultados son muy buenos. Las lluvias han acompañado el proceso productivo; y el entramado de capital humano y social ha operado con elevada competitividad. Hay, sin embargo, un problema. Por cierto, muy grave. Se trata de la composición productiva. De las 90 millones de toneladas, la soja se lleva casi el 60 por ciento. Tal concentración acarrea todo tipo de problemas que habremos de pagar caro; más que por lo comercial, por el impacto ecológico. En este cuadro hay una cenicienta. El trigo es el gran perdedor. Con una producción de tan sólo 7,5 millones de toneladas -en una superficie de apenas 3,1 millones de hectáreas- este cereal hace un aporte ínfimo. Apenas un 8% del total corresponde al trigo. Hace muy poco tiempo, nuestro país era el cuarto exportador del mundo. Hoy prácticamente no figura en las listas de grandes exportadores de este milenario cereal. En el comercio mundial, la Argentina tiene una participación de 3 por ciento. Es probable que en la campaña por iniciarse no llegue al 2 por ciento. El volumen que se puede exportar es magro y lo que queda para industrializar con el fin de ser vendido en el exterior, también. Para mostrarlo claramente: hace tres años, el 70% de la producción se exportaba; hoy, solamente, el 24 por ciento tiene ese destino. La actividad triguera ha pasado a ser un complejo dirigido, básicamente, al mercado interno. Y al paso que vamos es posible que ni alcance para cubrir los requerimientos locales. El país del trigo es más una leyenda que una realidad. En el horizonte ya se aprecia la posibilidad de quedar obligados a importarlo para satisfacer nuestra ingesta de pan y de otros productos derivados. Cambio necesario ¿Es posible revertir este cuadro en lo inmediato antes que el daño sea irreversible? Sin ánimo de caer en ingenuidades, vale afirmar que sí lo es. ¿Cómo? Debe reducirse drásticamente la alícuota por derechos de exportación y eliminar las súbitas intervenciones estatales en el comercio. Ya, sin demoras. Ahora que se está por iniciar la campaña. Este es el momento. El productor mantiene una gran avidez por sembrar trigo ya que conoce el daño que ocasiona la falta de rotación, pero no lo hace por la baja rentabilidad involucrada. Por ello, su reacción a este estímulo sería inmediata y contundente. Para quien no conoce la actividad, será sorprendente. Sí preocupa el impacto fiscal de tal reducción, hay que ser claro: es tan bajo el volumen de exportación de la actualidad que si la producción se triplicara (para lo que sólo debería alcanzar el nivel de hace unos pocos años), la exportación aumentaría más de un 400 por ciento. De esta forma, con una alícuota, por ejemplo, del 5%, el Estado nacional recaudaría un monto similar al que resulta de la alícuota actual (23 por ciento). Como luego del trigo se suele sembrar soja y, cada vez más, maíz, el incremento en el área destinada a este cereal no repercutiría en demasía sobre los niveles de producción de la gruesa. Los adelantos técnicos y genéticos lo aseguran. Por ser un cultivo anual, por contar con el capital técnico y humano, por estar en el momento justo y por las exigencias biológicas del medio, este objetivo es alcanzable. Pero para ello, el ambiente institucional debe ser el adecuado. El mundo lo necesita y nosotros estamos en condiciones de liderar el ranking de exportadores de trigo en apenas dos años. Por M. Alvarado Ledesma
El autor es economista.

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