23 de abril de 2010 12:57 PM
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¿Hacia dónde va la soja en la Argentina?

Los recientes acontecimientos acaecidos con China en relación a las exportaciones argentinas de soja pusieron sobre el tapete, en forma inapelable, la fragilidad que tiene el país en el frente internacional pero, más especialmente, la extrema dependencia que lo ata a un cultivo en particular, que en esta campaña va a superar holgadamente el 60% del total de la cosecha de granos.

De «reina de las oleaginosas» a «yuyo», la soja es ensalzada y denostada con la misma intensidad. Se la acusada desde ser provocadora de desertización hasta de poner en riesgo la existencia de la Mariposa Monarca. Por otro lado, se la destaca como la «estrella de la colonización» y por su rol en la ampliación de las fronteras agrícolas.

Elegida mayoritariamente por los agricultores argentinos modernos, casi como una «piedra de salvación», fue también el emblema de los grupos ecologistas más radicales desde hace algunos años, para identificar un daño a la naturaleza que luego nunca se demostró en forma fehaciente.

Lo cierto es que la oleaginosa que se comenzó a cultivar formalmente en el país a partir de la década del 40 (de cuando datan las primeras estadísticas) y que luego tuvo su primer gran salto productivo entre la primera y la segunda presidencia de Juan Domingo Perón, prácticamente no paró de crecer desde entonces.

Sin embargo, fue a mediados de los 90 cuando la Argentina aprueba el primer transgénico -la soja RR-, colocándose inmediatamente detrás de los Estados Unidos en la adopción de una tecnología que luego permitiría revolucionar, gracias a la ingeniería genética, buena parte de los principales cultivos mundiales, cuando la oleaginosa registra una salto cuali y cuantitativo de envergadura.

Es entonces cuando se producen cambios estructurales que impactan fuertemente en los valores de la tierra, y se incorporan grandes áreas a la producción, hasta entonces vedadas. Es que las nuevas obtenciones permitían, entre otras cosas, luchar -con éxito- contra el gramón y el sorgo de Alepo, que con las técnicas de control que se utilizaban hasta ese momento, hacían antieconómicos los cultivos.

De entonces a hoy, el área agrícola creció 10 millones de hectáreas más superando actualmente las 32 millones sembradas.

Sin embargo, hasta ahí el crecimiento era parejo: la soja «abría» las nuevas zonas productivas, y luego los otros cultivos tradicionales comenzaban a alternarse en las rotaciones.

Y en ese nuevo equilibrio, que oscilaba entre los 30%/35% de soja sobre el total cosechado, se mantuvo el esquema hasta los primeros años del siglo XXI, cuando prácticamente todos los cultivos crecían en forma armónica.

¿Qué es lo que determinó, entonces, que en los últimos 5-7 años la oleaginosa haya arrasado con buena parte del resto hasta alcanzar una posición dominante por encima del 60%, y poniendo al país en el riesgo del monocultivo?

Es obvio que la culpa no fue de la soja que, más vale, aunque vilipendiada, brindó los principales ingresos fiscales de los últimos años con sus crecientes volúmenes de retenciones (impuestos a la exportación) que hoy ascienden al 35%.

En realidad, se podría decir que fue el retroceso de las restantes actividades lo que determinó que la oleaginosa ocupara esos espacios. Y esto alcanzó rubros tan disímiles como la lechería, maíz, trigo y hasta la ganadería. Algunos se concentraron, otros fueron desplazados hacia el norte, como la hacienda vacuna, otros directamente desaparecieron o se achicaron, tal el caso de la lechería, el girasol, etcétera.

La falta de reglas estables, la creciente intromisión en los mercados, el sostenido incremento de las retenciones (y otros impuestos), y la fragilidad que se le impuso a todo el sistema comercial, entre otras cosas, determinaron el cambio relativo en el tablero productivo.

Se optó, más vale, por la seguridad de venta/exportación y por los menores costos de producción, que por las rotaciones o la diversificación. Así, varias actividades se redujeron en forma significativa al punto de casi desaparición, mientras la soja ocupaba esos terrenos y los nuevos que se iban incorporando con la ampliación de la frontera agrícola.

Futuro

Aunque es difícil imaginar el mantenimiento de esta tendencia que, llevada a su extremo, podría determinar la desaparición del cultivo de girasol y hasta el de trigo, por citar algunos ejemplos, también es casi imposible prever una corrección hacia el equilibrio si no median drásticos cambios en la política que se aplica al sector.

Dicho de otra forma, ningún agricultor va a invertir para producir si no tiene una cierta perspectiva de renta, mercados claros y transparentes, y reglas de juego estables. Libertad para producir y para comercializar. Si no existe ese contexto, una de las pocas alternativas seguras que queda, aún con el 35% de retenciones, es la soja.

Por supuesto que, mientras tanto, los problemas para el país van siendo crecientes, y no sólo por el «enojo» chino. Es que se siguen perdiendo mercados tradicionales y estratégicos que será muy costoso recuperar, cuando no imposible en algún caso.

Pasó con el trigo para Brasil que ahora se abastece del Hemisferio Norte, con la carne vacuna de la Cuota Hilton para Europa y también de otras. Pasa diariamente con la leche en polvo cuyo volumen apenas alcanza para el mercado interno, y así sucesivamente.

Naturalmente, desde el punto de vista de estrategia país, el riesgo de la monocultura y de la dependencia extrema de un solo producto no es necesario explicarlo.

Más aún, cuando los principales compradores prefieren industrializarlo en destino (de hecho, se dice por ejemplo, que la industria aceitera china es aún más competitiva que la local para procesar la soja) lo cual sentenciaría al país a ser solo un proveedor primario de commodities, perdiendo la chance cierta de los 90 de transformarse en un estratégico productor mundial de alimentos, con cada vez más valor agregado.

Y, aunque la soja sea hoy por hoy el producto que más recursos provee al Gobierno, es demasiado lo que hay para perder y muy poco para ganar si no se imponen los cambios mínimos que permitan, por lo menos, revertir la tendencia, aunque la corrección definitiva y el nuevo equilibrio va a llevar mucho más tiempo.

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