20 de abril de 2018 11:34 AM
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La última transgénesis de Monsanto

Entiéndese por “trangénesis” el proceso de transferir genes en un organismo desde otro.

Monsanto, la empresa estadounidense que ha sido en las dos últimas décadas el blanco predilecto de los malos ecologistas (diría ahora Barañao que son aquellos que en vez de discutir cómo mejorar el ambiente se esfuerzan en destruir a quienes supuestamente lo destruyen), está sufriendo su última gran transgénesis. Al menos, una última mutación bajo ese nombre: Monsanto. Ya se sabe que en unos pocos meses más, la compañía fundada en 1901 en Sant Louis pasará a manos de la alemana Bayer por 66.000 millones de razones poderosas. Y sanseacabó.

No me pidan que cabeceé ni que haga el chiste fácil de que si es Bayer será bueno, porque nadie podría creerse eso. Porque ni Monsanto es mala ni Bayer es buena. Ambas, Bayer o Monsanto, tienen cosas buenas y cosas malas. Pero son multinacionales que escapan a la longitud de un abrazo., no entran en el alcance de nuestro afecto. Y “bueno”, lo que se dice “bueno”, es solo lo que se puede abrazar, porque se siente y se sabe.

Las lógicas de las multinacionales nos exceden por completo. Imposible saber el origen de sus decisiones y mucho menos de sus razonamientos. Debe ser horrible tener la chance de moldear un planeta a través de la ciencia y a la vez tener que satisfacer el apetito rentístico de un viejo apoltronado en un inmenso sillón en Connecticut, que no sabe a qué destinar su tiempo y su dinero, y que por eso compra acciones de la compañía.

Fue la ansiedad de ese viejo crápula accionista el que finalmente definió que Monsanto se venda a Bayer. Yo sospecho que los empleados de Monsanto, del primero al último, no están nada contentos con esa decisión. Debe sentirse feo que te compre quien siempre te corrió de atrás en la carrera de la tecnología agrícola. Pero es la lógica del nuevo mundo, donde los diez mandamientos dejaron paso al Dios Ebipta.

Debe ser más duro además el cambio de camiseta cuando esta operación encuentra a la gente de Monsanto siendo protagonistas de una nueva transgénesis. La última.

De esa nueva transformación quería hablar en esta crónica periodística.

Viajé por primera vez en 1998 (hace veinte años) a la sede central de Monsanto en Sant Louis, allí por donde el picaro Tom Sawyer solía hacer de las suyas junto a Huckleberry Finn. Acababa de aprobarse la soja transgénica RR que luego cambiaría la fisonomía de la agricultura argentina. Y recién se estaban completando los trámites para aprobar también el maíz Bt, resistente a insectos. Ese era el contexto histórico.

Yo era medio chico y medio bobo por aquel entonces; no como ahora que soy un bobo completo y acabado. No lo recuerdo bien, pero seguro que me maravillé por lo que vi y por las promesas de los expertos de Monsanto, que anticipaban para 2003 una planta de algodón transgénico que nos daría un capullo azul, que terminaría con la necesidad de teñir las fibras para fabricar los clásicos jeans. Una maravilla.

Recuerdo que cuando volví de aquel viaje, mi primer acercamiento a los Estados Unidos, escribí para Clarín Rural una larga crónica que se titulara: “Cuando la vida es negocio”. Era 1998, repito, Roque Fernández era ministro de Economía y Menem el presidente. Yo era un periodista muy joven que -como todos los de mi especie- creía que me las sabía todas. Ya cultivaba, además, la irreverencia que luego me acompañaría toda la vida.

En esa crónica, más allá de la pompa del título, mi descubrimiento era rudimentario y elemental, casi adolescente. Preguntaba en aquel primer párrafo: “¿Qué mueve a una empresa que en algún momento de su historia fabricó gas Napalm a abandonar gradualmente el negocio químico para lanzarse de lleno a la investigación biotecnológica? Me hice la pregunta largo tiempo, cada vez que aparecía una noticia nueva sobre Monsanto, la multinacional con sede en Saint Louis, Estados Unidos, y mucha presencia en la Argentina. Es que de fabricar la temible arma que los marines usaron en Vietnam, a investigar semillas genéticamente modificadas… hay un largo camino”.

Honestamente no sé como la nota pudo atravesar el filtro de mi editor. Peor todavía, no sé cómo fue que éste me envió a aquel viaje a EE.UU. y mucho menos cómo había llegado yo a trabajar para Clarín Rural. Lo cierto es que eso se publicó y sonaba desafiante.

Pero la verdad es que no había descubierto nada nuevo. Apenas estaba contando la primera mutación de Monsanto, su primer gran transgénesis. En aquel momento histórico, con el primer cultivo modificado ya en la calle y con la Argentina a bordo de esa aventura, Monsanto vivía el tránsito desde la química más dura y pura a una nueva empresa de biotecnología agrícola, que combinaba los viejos “principios activos” con la posibilidad concreta de producir semillas “a medida”.

Monsanto atravesaba por el proceso que luego, y siempre más atrás, vivirían el resto de las grandes compañías globales de insumos agrícolas, incluida Bayer. Pasaba de basar su núcleo de negocios de una ciencia dura y desacreditada (la química, responsable además de tantas muertes) a militar dentro de las autodenominadas “ciencias de la vida”.

Unos años atrás, cuando se terminó mi largo exilio periodístico luego de aquel primer a análisis tan (in) ofensivo, volví a visitar los laboratorios de Sant Louis. Allí ya no prometían algodones de todos los colores sino que se asombraban con la velocidad que habían adquirido los procesos para leer los genomas y hacer biotecnología. La estrella era la “chipeadora” de semillas, una compleja maquinaria que extraía una partícula de un simple grano de maíz y a partir de ahí podía efectuar una lectura completa de su secuencia genética. Los científicos de Monsanto eran como chicos que, antes del Mundial de Fútbol, trataban de llenar el álbum de figuritas.

Era el inicio de otro proceso, una nueva transgénesis. Lo terminé de confirmar hace unos pocos días, cuando recorrimos junto a otros periodistas parte de las instalaciones, mucho más caseras, de Monsanto en la Argentina: la estación experimental de Fontezuela, el centro de capacitación de Pergamino, y la planta de tratamiento de semillas de maíz de Rojas.

Por lo que nos dijeron y lo que pude ver me quedó bien claro que las “ciencias de la vida” -que habían reemplazado a la química pura allá lejos y hace veinte años-, estaban siendo reemplazadas ahora por otra ciencia, en una nueva fase del conocimiento que tendrá múltiples impactos en la agricultura del porvenir.

¿De qué se trata? De la “ciencia de datos”. Como antes del lanzamiento de aquel primer transgénico a mediados de los noventa, cuando Monsanto absorbía a varias empresas de genómica, las adquisiciones más recientes de la compañía han tenido que ver con empresas dedicadas a la agricultura de precisión. Sus últimas contrataciones, además, ya no son de agrónomos y ni siquiera de expertos en biotecnología, sino de matemáticos y programadores capaces de fabricar los algoritmos que permitan utilizar de forma concreta la gran cantidad de datos disponibles. Que son muchos e inabarcables.

Según el argentino Federico Vartorelli, director de investigaciones de Monsanto para América Latina (inclusive Brasil, tomá), ellos ya tienen a disposición 100 Terabytes de datos para avanzar en el mejoramiento genético. Esta base de datos ya no se nutre solo de la lectura del ADN de las diversas especies vegetales sino de los resultados de la red de miles ensayos que -a campo o en laboratorio- tiene la compañía alrededor del mundo, desde hace además muchísimos años.

Dice Vartorelli que antes de inclinarse por sembrar una X variedad, un agricultor debería analizar cerca de 500 millones de datos para tomar la mejor decisión posible. Desde los promedios históricos de lluvia a la composición orgánica del suelo de ese lote. Desde los resultados de cada semilla disponible en el mercado a las dosis exactas de fertilización necesarias y su respuestas en los rendimientos. Todo está medido. “El algoritmo te ayuda a detectar el mejor individuo”, explica el científico.

Para que se entienda mejor este proceso, el hombre hace una comparación muy oportuna. Dice que antiguamente, para ir a  A a B un conductor de automóvil tomaba la Guía Filcar o algún otro mapa. Esa era la etapa de la “agricultura descriptiva” o el viejo modelo de la Revolución Verde. El hombre sabía solo en qué punto estaba y a dónde quería llegar. Los químicos ayudaban a transitar ese camino sorteando los inconvenientes que pudieran presentarse en forma de plagas, enfermedades o malezas.

Luego, la biotecnología supuso algo así como la llegada del GPS. Es lo que Vartorelli definió como “agricultura predictiva”. Los genes se comenzaron a manipular en busca del tránsito más adecuado entre los puntos A y B. La voz de la gallega del GPS resulta como un sinónimo de la receta que nadie se animaría a cuestionar, porque por lejos resulta ser la más efectiva: soja RR, más siembra directa, más glifosato. Funcionaba aunque a veces termináramos en medio de una villa.

Ahora, en esta última transgénesis, Monsanto quiere caminar por los senderos de una “agricultura prescripctiva”. Vendría a ser algo así como el programa Waze, que se nutre de la información en línea de los propios usuarios y ya no solo te indica el mejor camino para llegar de A a B sino que te diseña una ruta y te va avisando además de los inconvenientes. Prescribe: te anticipa lo mejor para tu recorrido.

No es que haya cambiado el fundamento del negocio que lleva a cabo Monsanto. Se trata siempre de producir más granos por hectárea, optimizando los rendimientos y el uso de insumos (químicos, semillas y biotecnología), porque la misión fundamental será “alimentar al mundo y hacerlo de un modo sustentable”. Además claro de alimentar las ganancias del viejo crápula de Connectituc.

Monsanto quiere demostrarnos ahora que con un buen algoritmo se puede ir cerrando la brecha de rendimientos entre los productores más eficientes y los que vienen a la cola. Por ejemplo, para lograr que la Argentina salte de los 7,2 quintales promedio de maíz a los 12 o 13 quintales que se obtienen en los Estados Unidos.

Recomiendo a los lectores que llegaron hasta acá ver dos de sus productos: uno es el programa “Prescripciones Dekalb”, donde expertos hacen un análisis puntilloso de un lote (en tramos de 10 x 10 metros) y a partir de esos datos le recomiendan al productor no solo la mejor variedad (Dekalb, por supuesto) sino los criterios de siembra y manejo.

El otro producto es una simpática App llamada “Cultivio”, donde los productores pueden hacer una primer aproximación a la agricultura de datos marcando en un Google Earth dónde queda el lote que van a sembrar.

Quiero aclarar un pensamiento.

Hay en la base de esta transgénesis de Monsanto síntomas muy claros de un agotamiento del modelo viejo. Es decir, esta mutación no solo es obra de los avances científicos y tecnológicos de estos veinte años sino que viene algo forzada por la realidad, que siempre se rebela a los designios de los cerebos más brillantes.

Los síntomas a los que me refieron son la aparición prolífica de malezas resistentes al herbicida glifosato. O la existencia de insectos que ya no se mueren al ingerir Bt. O la irrupción en la política de asociaciones ambientalistas que cuestionan (ya no solo de mal modo sino con algunas dosis de razón) los efectos del modelo agrícola intensivo reinante.

¿Qué quiero decir? Que Monsanto no se muda de un modelo a otro solamente porque está convencida de los beneficios de hacerlo, sino también como una manera de reinventar su propio negocio y lavar su parte de la culpa en el agotamiento del viejo modelo. Dijimos hace un rato que la vieja química estaba veinte años atrás bastante desacreditada socialmente y que se la asociaba con la contaminación y la muerte de miles de personas, incluso en episodios bélicos. ¿Quién podría decir que la biotecnología no está entrando ahora en ese mismo espiral de desprestigio?

Ellos, los científicos de Monsanto, no las admitirán, tienen vedado el poder hacerlo aunque a veces se muran de ganas. Pero desde hace rato que saben de la impotencia de aquella primera transgénesis y de las limitaciones que les ha impuesto la propia Naturaleza: que la tan conocida soja Intacta no es más que una fórmula mejorada de la vieja RR y el viejo Bt. Y que la nueva soja Xtend (vedada todavía para la Argentina por la pelea por los royalties) no es más que amplificar la misma fórmula utilizada dos décadas atrás, para poder así hacer frente al nuevo problema de las malezas resistentes.

Que el algodón de colores jamás llegó…

Durante esta gira a la zona de Pergamino, uno de los técnicos de Monsanto nos habló con total honestidad intelectual sobre la necesidad de evolucionar hacia “una agricultura más holística” que la actual, que considere el ambiente en todas sus dimensiones. No habló de agro-ecología, pero casi.

La agricultura de datos, tal como la presentan en Monsanto, sirve para sacar el máximo provecho de cada uno de los ambientes utilizando solo las dosis de insumos que sean necesarias. Pero también para cuidarlo de los excesos: entran a jugar aquí la siembra variable, las aplicaciones variables también, los cultivos de cobertura, las rotaciones y tantos otros yeites que tienen los agrónomos.

De esto, más o menos, se trata  esta nueva transgénesis de Monsanto, la última. Esperemos salga bien no solo para provecho de las cuentas del viejo crápula de Connectituc sino sobre todo para la Argentina, un país del fin del mundo que ciertamente necesita incrementar su productividad pero a la vez debería hacerlo incrementando el cuidado del medio ambiente y la sustentabilidad del sistema agrícola. Y si fuera posible, reduciendo el volúmen de insumos químicos que se aplican.

Si en veinte años logro que me vuelvan a invitar a los laboratorios de Bayer en Saint Louis, prometo contarles cómo sigue la película.

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