30 de junio de 2010 12:17 PM
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Mucho por hacer en el monte

Casi no existen apuestas a la forestación con especies exóticas en la provincia de Santa Fe. Por eso, para producir madera en forma sustentable, se busca promover prácticas silvopastoriles. Algunos se animan a plantar y otros a multiplicar

 Midiendo. Ana Deambrosi, titular del INTA Las Toscas, muestra un módulo experimental donde analizan el efecto del manejo silvopastoril para la actividad ganadera, preservando los árboles maderables.La explotación forestal sigue siendo una actividad extractiva y no planificada en la provincia de Santa Fe. Por un lado no hay ánimo de invertir en especies exóticas con fines industriales. Por otro, tampoco se adoptan esquemas de manejo racional del monte nativo que puedan armonizar la ganadería con la generación de recursos maderables a futuro.En este esquema, el monte sigue amenazado. Y no por el corrimiento de la frontera agrícola, que está controlada gracias a regulaciones más estrictas, sino por iniquidades irresueltas que obligan a la sobre explotación del recurso. Se trata de una cadena que nace en la necesidad energética de las industrias de la zona y desciende hasta el eslabón más bajo, el hachero, que se ve obligado a extraer la mayor cantidad de leña posible para poder sobrevivir.De todos modos, igual se puede hallar emprendedores determinados a preservar las riquezas botánicas de la región. Como Arnaldo José Forlín, pequeño productor de San Antonio de Obligado que reforestó una cuantas hectáreas con algarrobos. O Adolfo Brolo, histórico portero de la escuela Martín Fierro de Villa Ocampo que hace años desarrolló un vivero de especies nativas como ingá, guayacán, espina corona o guayaibí.Los invisiblesAna Deambrosi es la titular de la Agencia de Extensión Rural del INTA en Las Toscas. En esa zona, junto a José “Pepe” Ullmari, asesor forestal para la región del Ministerio de Agricultura de la Nación, prueban distintas recetas para hacer sustentable el uso del recurso forestal.La ingeniera agrónoma explicó que actualmente la mayor amenaza para el monte no es la agricultura, sino la actividad extractiva de los hacheros, en tanto víctimas de la “leñodependencia” de las industrias de la región que, al no contar con gas, prefieren ese combustible al más oneroso fuel oil.La “cadena” se completa con intermediarios que le compran la leña al hachero, la acopian y luego abastecen a las industrias. El problema es que los bajos precios, entre $55 y $70 la tonelada, obligan a los hacheros a procurar el mayor volumen para alcanzar un ingreso lo más digno posible. “Ocurre que nuestros montes están cada vez más degradados y encuentran menos volumen de leña. Como trabaja el hachero en este momento, que no es sustentable, arrasa con lo más que puede porque con los precios bajos tienen que hacer una extracción bastante violenta”, explicitó Deambrosi.”Ellos conocen mucho del monte y lo que menos quieren es degradarlo porque es el único lugar donde tienen trabajo; lo único que sabe hacer la mayoría es ser hachero”, aseguró la ingeniera agrónoma, y sugirió que “a partir de la Ley Bonasso sería muy interesante certificar esta cadena” para que haya capacitación en el manejo del recurso o trabajar con guías para su traslado.Faltan datosContrario a lo que ocurre en provincias como Misiones o Corrientes, en Santa Fe “no hay cultura de visión forestal de negocio”, dice Deambrosi, ya que implica esperar 20 años para empezar a aprovechar el recurso.Hay leyes de promoción a nivel nacional y provincial, pero no convence a quien quiera invertir porque “hay que hacer el desembolso del gasto primero y después, una vez verificado, tienen una devolución como subsidio”.La paradoja es que en la provincia hay polos muebleros muy grandes, donde tienen que comprar madera de otras partes del país, porque “Santa Fe no los abastece”.Lo más práctico, entonces, es apuntar lo forestal “al manejo de monte y ganadería”, ya que incorporar prácticas silvopastoriles serviría para apuntalar ambas actividades. Así, se potenciaría el crecimiento forestal, el forrajero y la producción de carne por hectárea. Sobre este tema hay mucha información, pero generada en otras provincias en función de características diferentes como el suelo o el clima. “Necesitamos generar datos locales”, dice la titular del INTA Las Toscas, para que los productores puedan determinar si les sirve o no, y para eso se está trabajando en módulos experimentales (el Ministerio de la Producción realiza ensayos muy prometedores en el Centro Operativo Experimental de Las Gamas, aunque son incipientes). En otras zonas del país, asegura que hay un aumento de entre 50 y 100% de producción de carne por hectárea gracias a estas prácticas combinadas con la siembra de pasturas como setarias, brachiarias y pasto estrella.Si bien el manejo silvopastoril genera interés, incluso hay algunas experiencias en Villa Guillermina o Tartagal, es una actividad innovadora para la zona, a pesar de que la ganadería de monte es tradicional. “Ahora por la ley no se puede desmontar; así que (el ganadero) o deja el monte como está o hace algún sistema sustentable”, concluye Deambrosi.Algunos se animanUn kilómetro antes de Las Tocas, en San Antonio de Obligado, un personaje muy popular es pionero en la forestación con especies autóctonas. “Hace falta reponer lo que sacamos. Acá la zona se está quedando sin algarrobo. Porque mucho se foresta con eucaliptus pero acá hace falta algo autóctono, aunque tarde un poco más de tiempo”.Contundente, Arnaldo José Forlín, más conocido como Naldi, habla con un entusiasmo envidiable. Pequeño productor multifacético (cañero, apicultor, criador de chivos, entre otras cosas), dice también que se decidió por esa especie porque 40 años atrás erradicó un montecito y sin embargo todavía seguían naciendo.Hacía años que proyectaba pero no plantaba, hasta que recibió el incentivo de la Mesa Foresto Industrial del Norte Santafesino, entidad conformada por INTA, Ministerio de la Producción y las industrias, que le cedió los plantines.”Yo lo puse para la abeja, la madera y los chivos”, dice el emprendedor, y especifica que los animales pasan por debajo todos los días y comen las hojas caducas del suelo, lo mismo que los frutos. Mientras calcula en unos 5 o 6 años la espera hasta que se puedan aprovechar por su néctar, la madera, en cambio, será para sus descendientes.”Yo soy nuevo, lo hago a mi manera”, dice Naldi, que duda sobre la eficiencia de su trabajo porque justo lo sorprendió la sequía y no supo muy bien qué hacer. Sin embargo la mayoría de los arbolitos lucen saludables, algunos con sus tutores y la mayoría con signos de haber sido podados para darle la estructura correcta.Naldi también demuestra su natural inquietud aportando conocimiento empírico: “otra cosa que encontré en el algarrobo es que tiene cerca de 10 insectos plaga que lo atacan”. Pragmático, un día se puso al hombro la mochila con cipermetrina y así los curó.Volvamos a plantarAdolfo Brolo nació y se crió en el campo y no le esquiva el bulto al trabajo. Ahora está por cumplir 30 años como portero en la escuela Martín Fierro, pero no se conforma con eso y raciona su tiempo para atender algunas vacas, colmenas y, desde hace 5 o 6 años, un vivero “de plantas nativas”, aclara. Con aire docente, explica que “la idea fue ir haciendo plantas nativas que han estado desapareciendo de la zona como el urunday, el palo piedra, el palo lanza”.Guiado por esa inquietud fue rescatando plantas de los montes y junto con su hermana comenzaron a multiplicarlos, al mismo tiempo que sumaban otras especies como guayacán, algarrobo o guayaibí. “Siempre tratando de que la gente conozca ciertos árboles de nuestra naturaleza que no saben qué son”, explica.Como si fuese un naturalista, en cada salida recreativa a las islas Adolfo siempre estuvo atento al hallazgo. “Todo árbol que yo veía que era lindo, de buena sombra o buena madera, fui trayendo”, recuerda. Su ilusión, “que ahora despacito se está dando”, era llevar esas especies al arbolado público de Villa Ocampo. “No son agresivos para las veredas, son buenos para los parques y son muy bonitos; por qué tenemos que disfrutarlos sólo en el monte si podemos hacerlo cerca de nuestra casa”, reflexiona. Como proveedor de la municipalidad, también es quien los asesora en la elección de la especie más apropiada para cada lugar. A su vez, proveyó a la Mesa Foresto Industrial para proyectos como el de Naldi.Su mensaje es claro. “Creo que hemos desforestado todo. Entonces uno debería volver a hacer aunque sea cortinas de árboles nativos. Primero para la protección de estas especies. Y segundo para guarecer los cultivos. Mi ilusión es llegar a se tenga conciencia que debemos volver a plantar”. 
El problema es que los bajos precios, entre $55 y $70 la tonelada, obligan a los hacheros a procurar el mayor volumen para alcanzar un ingreso lo más digno posible.  Integración. En San Antonio de Obligado, Arnaldo José Forlín sembró varias hectáreas con algarrobos pensando en complementar la producción apícola.La paradoja es que en la provincia hay polos muebleros muy grandes, donde tienen que comprar madera de otras partes del país, porque “Santa Fe no los abastece. Para Ana Deambrosi, titular del INTA Las Toscas, la Ley Bonasso generó complicaciones para los hacheros en la zona porque “cuando habla de sustentabilidad no tiene en cuenta que comprende lo económico, lo ecológico pero también lo social; porque esta población invisible no estuvo tenida en cuenta en este sistema porque mucha gente vive del recurso monte y no se la tuvo en cuenta”.El problema fue que hasta que se elaboraron y aprobaron los estudios de sustentabilidad que demanda la norma los hacheros quedaron sin trabajo, aunque afortunadamente esta situación ya está normalizada. Igualmente, “sería interesante poder descentralizar la evaluación de los planes para agilizar el trámite”, sugiere la ingeniera agrónoma, ya que “hay poca gente para recorrer toda la zona”.El mecanismo indica que el productor que quiera hacer uso del monte debe presentar una planilla en su comuna, donde declara qué tipo de monte tiene, qué trabajo quiere hacer y qué superficie afectaría, a partir de lo cual la comuna verifica y da o no el aval. El trámite luego pasa a la provincia, que tiene que mandar un inspector a constatar lo declarado y luego se aprueba. Al principio llevaba 7 u 8 meses y “era imposible que la gente espere para poder entrar a trabajar”.

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