1 de julio de 2010 00:26 AM
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No todo lo que reluce es soja

La articulación y la complementariedad de la agricultura con la ganadería no debería ser "ceder las mejores tierras a la agricultura" para seguir haciendo la "misma" ganadería que antes en los peores suelos. Esto no es inteligente ni sostenible. Lo que debe primar es la obtención de eficiencia al menor costo corriente.

El nivel de complementariedad en esta situación lo establecen las condiciones del mercado y, lógicamente, las aptitudes de la empresa; pero no el rótulo de agrícola o ganadero. Que una empresa tenga un 50% "agrícola" no debería ser una condición para que la empresa lo destine en igual porcentaje a la agricultura. Eso es pilotear por instrumentos y no ver la realidad. Ante el avance agrícola, para un productor ganadero la estrategia debería ser cómo mejorar la ganadería existente utilizando a la agricultura para fortalecer sustantivamente su plan ganadero. Si solamente es una renta superior por un porcentaje del área, ese "bono" que recibe el ganadero termina siendo un negocio de bajo impacto y poca sustentabilidad. El avance agrícola de los últimos años ha sido uno de los mejores impulsos que tuvo la agropecuaria nacional. Son claramente visibles las transformaciones en las diferentes etapas de los ciclos productivos, siendo notorio el cambio técnico en los sistemas y las modalidades de trabajo. En menos de ocho años se multiplicó por cuatro el área sembrada, lo que habla de la tasa de crecimiento sectorial, pero a la vez está marcando un problema para el sector, que debe incorporar anualmente tierra cada vez "menos agrícola" para mantener la tasa de expansión. Este fenómeno no es bueno ni para la agricultura ni para la ganadería. La primera tiene que resignar rindes por suelos de menor potencial y la segunda tiene que competir a mayores costos por suelos que no lo valen. Por ello, que la agricultura sea una actividad que promueve cambios importantes, agrega valor y genera externalidades positivas no significa necesariamente que su inclusión en los sistemas ganaderos se haga sin un análisis previo exhaustivo. Introducir la agricultura en un predio ganadero debería ser una decisión meditada, analizando no solo márgenes operativos sino también la sustentabilidad del proceso, desde el punto de vista agronómico claro está, pero además desde una óptica económica y ambiental. Los negocios no se manejan con titulares sino con gestión y talento. Estamos acostumbrados a tomar decisiones utilizando los márgenes de actividad, como si éstos representaran la renta empresarial, y, al mismo tiempo, a compararlos horizontalmente, desconociendo que solo representan un aspecto parcial del negocio. La compleja tarea de mantener competitiva a una empresa implica superponer variables, indicadores, resultados y, en función de ellos, actuar. Tenemos agricultura de precisión pero no sistemas de análisis de precisión. La búsqueda de eficiencia técnica debe ser un objetivo central de las empresas, más allá del modelo productivo que desarrollen. El cambio dramático de los modelos productivos obliga a revisar bien los objetivos empresariales antes de mover cualquier pieza. Las empresas necesitan aumentos de producción como condición indispensable de competencia. Sin embargo de esto NO necesariamente se desprende que, si una empresa ganadera no llega a los 100 kg/há de carne, deba ceder las áreas de mayor potencial que tiene para hacer agricultura. Quizás, en una primera lectura, esta estrategia puede ser vista como algo tentador y hasta oportuno. Pero el problema, sin embargo, está lejos de resolverse. El ganadero seguirá produciendo menos de 100 kg de carne en sus hectáreas ganaderas y el agricultor hará lo que pueda en las restantes hectáreas agrícolas arrendadas. Claro está que el ganadero recibe una "inyección" en su empresa, pero, si su sistema era débil productivamente, con seguridad el destino de los fondos de esa renta derivará en apalancamientos de caja (con bajo impacto en la producción). También se podrá argumentar que la agricultura funciona muchas veces como "ariete" en las rotaciones, dejando rastrojos más económicos desde el punto de vista operativo, para que el ganadero los colonice con pasturas. Pero, en términos de producción y esfuerzos económicos, no parece un excelente negocio otorgar los mejores suelos de la empresa para abaratar camas de siembra. Esos 180 U$S/há1 "limpios" que recibe el ganadero por sus mejores tierras terminarán siendo muy poca plata, si el sistema de producción original (la ganadería) no los utiliza estratégicamente. En suma, no se trata de discutir la introducción de la agricultura, que tantos beneficios ha traído, ni de resignar oportunidades interesantes con argumentos rebuscados. Se trata, sí, de comenzar a analizar de manera distinta los negocios, entendiendo que, quizás, para un ganadero existen caminos más atractivos, sostenibles y rentables que el mero hecho de ceder sus mejores tierras. En ese sentido, la ganadería tiene mucho para ofrecer, incluso hoy con el mercado enrarecido y algunas variables macroeconómicas en contra. Lo fundamental es introducir nuevos elementos de análisis que permitan, no solo "ver" esos nuevos negocios dentro de la ganadería, sino también preparar a las empresas para adecuarse a ellos. Hoy en la ganadería existen pool (capitales asociados bajo distintas figuras legales, iguales a los agrícolas) muy ligados a la industria y con rentabilidades, variables de monitoreo, cobertura y control similares a los agrícolas. Lo que planteamos es que estas posibilidades se potencien y en ese sentido, para muchas empresas, las oportunidades están por mejorar lo que tienen, en vez de ceder la "crema" de su tierra. La complementariedad de los sistemas es quizás la clave para que exista una convivencia potenciada entre la agricultura y la ganadería. Esto es, si la primera es capaz de transferir subproductos (en un sentido amplio) a costo competitivo para la segunda y viceversa. La historia demuestra que ambos subsectores fueron complementarios. En general, hacer ganadería y agricultura era (y es) una estrategia para cubrirse. No obstante, desde comienzos de 2000, la competencia se generó y hoy existe una convivencia forzada, donde la oportunidad surge de capitalizar oscilaciones más que de fortalecer proyectos comunes. Para un ganadero, la decisión significa evaluar no solo las alteraciones al suelo, que seguramente merecen un artículo aparte, sino también valorar los costos agregados de recomponer una estructura forrajera y adicionalmente resignar área de valor dentro de su esquema original ganadero. Por eso, para muchas, quizás para la mayoría de las situaciones, esos 180 U$S/há son una escasa remuneración y apenas si cubren el costo de oportunidad ganadero. Lamentablemente, esto no se percibe en la medida que se evalúan márgenes operativos dentro de un ejercicio y, para horror de cualquier análisis, se los compara horizontalmente. Por ello es que muy pocos productores vacilan, si tienen la posibilidad, en ceder tierras a la agricultura. Reiteramos, no se trata de alimentar argumentos en contra de la agricultura, sino de precisar qué es más rentable y sustentable para algunos ganaderos, hacer una mejor ganadería, aunque en un principio cueste visualizarlo. El concepto de ahorrar suelo El concepto de "ahorrar suelo" es común a todo el agro, pero quizás es más visible en donde la tierra tiene mayor valor. En esas tierras, seguramente los sistemas de producción tenderán a ocupar menor superficie por unidad de producto (la definición primaria de intensificación). Ello significa que por cada kg o tn producida se utilizará menos tierra. Ahora bien, que esta tendencia sea un hecho no implica que exista una ÚNICA manera de intensificar. Habitualmente se entiende a la intensificación como la acumulación de insumos, cuando existe otra visión en este sentido, donde la intensificación no solo se cumple con promoción directa, sino además con idoneidad en la gestión e introducción de nuevos instrumentos de decisión, capaces de recombinar los recursos ya existentes, sin grandes inversiones adicionales. Quizás cueste interpretarlo, porque la cuantificación de los resultados requiere de un análisis más sofisticado que el convencional, pero es real. Por lo tanto, para los distintos sistemas ganaderos, si bien hay un camino de intensificación productiva, porque por suerte todavía se está lejos de perforar los techos productivos, hay una intensificación intelectual necesaria, capaz de pilotear con mejor pronóstico los resultados productivos. Eficiencia y flexibilidad Todos los sistemas tienen lugar para funcionar en el Uruguay. El nivel de éxito depende de su nivel de eficiencia y adaptación. Como estamos en un negocio de alta variabilidad y poca transferencia de riesgo, debe intentarse establecer una propuesta técnica capaz de, por un lado, cumplir el objetivo de aumentar la producción global anual y, al mismo tiempo, contener al máximo el riesgo de exposición que indudablemente genera el aumento productivo por presión de los recursos naturales y financieros. En la actualidad, quizás las limitantes no provengan de la disponibilidad de tecnología para incrementar la producción ganadera, porque existe una base tecnológica muy sólida para alcanzar altos niveles. El problema, hoy, es la saturación del costo de producción, que provoca a las inversiones adicionales una rentabilidad marginal muy baja. Esto significa que las inversiones tendientes a elevar la producción llevan un costo directo implícito de igual magnitud al retorno, y por tanto se debe ser muy cuidadoso en el manejo del sistema; sobre todo en el ensamble de recursos, articulando muy bien la parte productiva con la financiera y económica. Sin embargo, aun en situaciones muy complicadas en este sentido, la ganadería tiene horizonte para seguir creciendo. El costo de oportunidad ganadero En la actualidad, ya no existen las rentas agrícolas fijas, en las que se pagaba independientemente de los resultados obtenidos y con el mercado recalentado. Hoy se fijan los valores en función de los rendimientos, y es ahí donde la ganadería, según el proyecto que se maneje, es muy competitiva. Esta competencia surge de dos aspectos centrales; el primero, derivado de la tecnología en uso, que permite desarrollar sistemas de alta producción y al mismo tiempo rentables y sostenibles para un mediano plazo (aspecto que la agricultura en suelos de baja aptitud y dentro de un sistema de arrendamiento temporal no lo puede cumplir). El ganadero tiene la opción de aumentar su producción a costo competitivo, sin incurrir en los riesgos agrícolas, que le son ajenos por gestión y también por desconocimiento. El segundo aspecto, pero no menos importante, es la capacidad de la ganadería de moderar el riesgo productivo a través de un plazo de producción mayor, que deriva en precios residuales, reservas de valor y gestión de riesgo específica, por mayor flexibilidad en el proceso. La clave para interpretar esto último está en el análisis del proceso que se realice. Si las decisiones se toman a través de resultados parciales, como ya citamos, probablemente la ganadería nunca va a tener una oportunidad. Sin embargo, si la decisión surge de un sólido proceso de análisis, donde se cuantifique la renta neta derivada de la producción global, el riesgo de exposición y la tasa de crecimiento empresarial en un período adecuado al negocio, quizás, para muchas empresas, el arrendar los mejores potreros para la agricultura no sea una decisión unívoca. Al menos sería bueno considerar que aunque ésa sea la decisión final, en la ganadería de hoy existen estrategias competitivas a la misma. Finalmente, creemos que mantener robustas a las empresas ganaderas, sin "licencias" temporales alentadas por algún dólar flaco, significará en el mediano plazo una garantía de competencia, puesto que la tendencia a la mejora continua como expresión de competitividad es un fenómeno ya instalado en el agro uruguayo y de la capacidad de fortalecer y gerenciar sus recursos estará definida su vida útil.

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