12 de julio de 2010 06:52 AM
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Modelo Agro exportador vs. Modelo Industrial: Un problema de apreciación política

La política argentina se caracteriza en los últimos años por resucitar debates que son más de historiadores, encargados del "estudio del pasado", que de políticos, "constructores del futuro".

Uno de ellos es el que coloca al modelo agropecuario en contra del modelo industrial. Aunque para mucha gente siga siendo un asunto de relevancia para el futuro del país definirse por uno u otro modelo, quizá deba ponerse énfasis en la necesidad de aclarar que, en el siglo XXI, ambos modelos, el agropecuario y el industrial, son perfectamente compatibles. Hoy, el campo y la industria deben formar parte sí o sí de una Argentina insertada plenamente en el mundo. Precisamente, una de las características distintivas de la economía de los países desarrollados es la interrelación extrema de los sectores como el agro, la pesca y la minería, las manufacturas industriales, el comercio, el marketing y la ciencia y tecnología aplicadas al desarrollo de bienes,  servicios y tecnología de las organizaciones. Un ejemplo interesante es el que toma los procesos subyacentes a la oferta de algo tan “primario” como es un “trozo de carne envuelto en un celofán en una góndola de supermercado”. Alberto Benegas Lynch (h.), en su libro Cavilaciones de un liberal (2004), sugiere que “… pensemos en el agrimensor que se concentra en dividir propiedades según sean las escrituras. El agente inmobiliario que busca un cliente en pos de una comisión. Los expertos en pasturas tienen en miras la alimentación del ganado. Los vendedores de maquinaria agrícola exponen las ventajas que presentan sus herramientas. Los banqueros tratan de ofrecer condiciones atractivas a sus clientes potenciales. Los peones de campo, los domadores de caballos, los constructores de silos, la inseminación artificial, los destetes, el cuidado del ganado, los transportes, las guías y tantas otras etapas están constituidas por personas que atienden sus intereses inmediatos y no prestan atención ni saben en qué consisten los procesos de coordinación entre las innumerables etapas y vericuetos cambiantes de los diversos procesos”.Opuesta interpretación es la que tuvo el oficialismo cuando se produjo el conflicto con el sector agropecuario a raíz de la Resolución MEyP Nº 125, cuando la presidente Cristina Fernández, refiriéndose a la soja, habló de “ese yuyito”. Quizá lo que no tuvo en cuenta en ese instante la primera mandataria, “experta en temas agrícolas” según se definiera con toda humildad, es que ese “yuyito” que mencionaba, es producto de la convergencia de maquinaria de alta tecnología como es la que se utiliza actualmente en el sector agropecuario, la investigación en ciencia y tecnología aplicada a fertilizantes por ejemplo, de modo de mejorar la productividad y el rinde por hectárea; y la presencia de los últimos eslabones de la cadena productiva, consistentes en el transporte, comercialización y disposición final tanto para la exportación como para oferta interna, considerando que la soja es utilizada para la elaboración de alimentos, promovidos especialmente en plena crisis socioeconómica que afectaba al país a principios del siglo, en presidencias de Fernando De La Rúa y Eduardo Duhalde. Esta combinación de actividades agropecuarias e industriales es, sin duda, un motivo de alegría, entendiendo que una mayor tecnificación de la producción rural mejora la eficiencia y vincula grandemente al sector con sus similares de países más desarrollados. En líneas generales, la calidad del campo argentino se mantiene incólume, a pesar de los obstáculos gubernamentales. Discusión aparte merece, al respecto, la paradoja que es escuchar a funcionarios del gobierno nacional hablar de las “bondades” del modelo productivo mientras la producción agropecuaria tiene cada vez más barreras desde los despachos de la Casa Rosada y del Palacio de Hacienda. Pero todavía existen ciertas deudas cuya salida no es posible vislumbrar. La producción argentina sigue sustentándose en lo que produce el campo. Y la industria que se promueve es la que utiliza mano de obra intensiva de baja calificación.En gran medida, las industrias que se impulsan son las que caracterizaron la Argentina del siglo XX. El nuevo milenio requiere otras industrias. Producir notebooks y netbooks, celulares de última generación, televisores LCD, entre otros, pueden ser producidos o ensamblados.En Tierra del Fuego, que hoy se encuentra con un flujo de inversiones a priori interesante en la materia, las fábricas se dedican a ensamblar los componentes de estos bienes, provenientes de China, Taiwán, Corea del Sur y otros países que siguen produciendo los componentes de mayor valor.Para el caso de las computadoras, no es lo mismo fabricar o ensamblar el equipamiento físico, denominado hardware, que fabricarlo y producir los programas, las aplicaciones, es decir, el software. Esto último es lo que requiere personal de alta calificación. Pero para esta cuestión se requiere una política que contemple, por una parte, una mejora global del sistema educativo, desde el nivel inicial hasta el superior. Plantear la problemática del nivel superior como si fuera un compartimento aislado del resto de la estructura del sistema constituye un error de apreciación que no tiene solución si es visto solamente así.Pero, si entendemos que los estudiantes de las universidades tienen defectos como consecuencia de una deficiente enseñanza en las anteriores etapas, la óptica de análisis cambia notoriamente, con lo cual el abordaje será también otro.Por otra parte, tiene que evaluarse la política económica desde el ámbito de la seguridad jurídica.Una política económica que no contemple la estabilidad de las leyes, una carga impositiva liviana que permita una mayor acumulación y reinversión del capital, no tiene sentido. De poco sirve tener un sistema educativo de excelencia en toda su estructura, si luego la presión impositiva resulta excesiva e inestable por depender de circunstancias electorales o simplemente “de caja”. Siguiendo esta línea, el problema impositivo en Argentina se deriva de la presencia de un sector agropecuario competitivo en el mercado internacional, un sector industrial que vive de la protección del estado nacional que otorga exenciones tributarias que no se traducen en oferta de bienes transables en el mundo.Al ser el campo todavía la carta de presentación del país en los mercados, el grueso de la presión impositiva se concentra allí. La industria, que tiene un potencial para la producción de bienes de última tecnología como hardware, software, otros relacionados con las telecomunicaciones, etc., no sale de las actividades metalúrgicas, siderúrgicas y de ensamblaje, características primordiales de la industria nacional de la segunda mitad del siglo pasado.Como se observa, Argentina tiene la capacidad en recursos humanos y en desarrollo de “islotes” de producción de bienes de alta tecnología para poder combinar perfectamente actividades de los sectores primario, secundario y terciario. Dejar de lado el “dilema modelo agro – exportador vs. Modelo industrial” no es una utopía. Es sólo un problema de apreciación políticaMario Casabona Guerra para Shelknamsur

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