18 de julio de 2010 01:09 AM
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Una pelea que todavía continúa

Aquella explosión de alegría de los dirigentes de la Comisión de Enlace reunidos en el Rosedal de Palermo luego de esa tensa noche de vigilia que terminó con el voto no positivo de Julio Cobos fue sólo el festejo por una batalla ganada. Porque ni el Gobierno ni el campo dieron nunca vuelta la página para terminar definitivamente con el conflicto. Sí, aunque ya no sean las rutas el escenario posible, la pelea continúa.

Es cierto que la protesta se volvió más esporádica y se la escucha sólo en las asambleas de productores y en las declaraciones de los integrantes de la Comisión de Enlace. Lo más relevante del enfrentamiento con el Gobierno se da hoy en el civilizado formato de una discusión, la que se canaliza en la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados. ¿Se podría decir entonces que el conflicto con el gobierno entró en una especie de letargo? Es posible, pero esta situación está lejos de revertir el carácter definitivo que tiene la ruptura entre el campo y el matrimonio gobernante. ¿Cuál es la causa por la que se mantiene esa posición irreconciliable? Sólo hace falta conocer un poco de la idiosincrasia de los pueblos del interior como para arriesgar la respuesta más probable: para la gente de campo del agravio no se vuelve. Porque se equivoca quien piense que el conflicto generado por las retenciones móviles fue sólo un problema de plata. El combustible que volvió inflamable lo que hasta ese momento era una más de las tantas disputas técnico-económicas entre el Poder Ejecutivo y el agro fue la sucesión de descalificaciones que se escucharon de boca del matrimonio gobernante. Como nunca antes se acusó a los productores de egoístas o de ser un poder concentrado, de protestar en los piquetes de la abundancia, de producir sólo un "yuyo", entre otras cosas que no vale la pena recordar. Pareciera que a un chacarero o a un contratista, que vive gran parte del año arriba de una maquinaria agrícola, le es muy difícil de perdonar que se los haya tratado con tanta ligereza y confundido con una oligarquía rentista. En este punto, no hay vuelta atrás y el sentimiento de rechazo parece inalterable. En lo demás, después de aquella madrugada del voto no positivo de Julio Cobos, el campo ha cambiado y mucho. En primer lugar, obtuvo un protagonismo político como nunca antes lo había tenido. En las últimas elecciones legislativas, se eligieron doce diputados nacionales entre las filas de la dirigencia agropecuaria. En segundo lugar, posee un reconocimiento de la opinión pública como un sector productivo relevante y en el que vale la pena depositar expectativas. En el aspecto económico, los vaivenes que sufrieron los productores les quitaron parte de la euforia que traían hasta 2007. En aquel momento, las cosechas no dejaban de superarse y se estaba muy cerca de superar el objetivo de las 100 millones de toneladas de granos. Hoy existe más cautela. No es para menos. En estos dos últimos años pasaron, sin escalas previas, tanto por el cielo como por el infierno. A saber: tuvieron precios récord de los granos, en Chicago la soja llegó a 609 dólares. Pero no pudieron aprovechar estos precios por la huelga del campo desatada como respuesta al proyecto de las retenciones móviles. La soja cotiza ahora a US$ 370. Además, soportaron una de las mayores secas de la historia con efectos devastadores, como la de tener una parición con dos millones menos de terneros y una caída del volumen de la cosecha cercano al 40 por ciento. Por si esto fuera poco, quedaron perplejos ante los imprevistos cierres o limitación de exportaciones dispuestos por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. También observaron impotentes cómo se les terminaban de destruir los mercados de trigo y de maíz por las medidas intervencionistas del Gobierno. La situación era realmente crítica hasta que, en los últimos meses del año pasado, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia que cortaron la seca. Esto trajo un evidente cambio de humor entre los productores. Por lo menos, el zapato les dejaba de apretar. Las generosas precipitaciones permitieron a los chacareros obtener buenos rindes y pagar parte de los quebrantos de la anterior campaña. Y a los ganaderos y a los tamberos les llegó, finalmente, la recomposición de los precios de la carne y de la leche. Lamentablemente, muchos quedaron en el camino. Sólo obtuvieron este beneficio los que tuvieron las espaldas financieras suficientes como para permanecer en la actividad sin vender las vacas. Los meses del conflicto con el Gobierno por las retenciones móviles y los dos últimos años parieron un campo distinto. Dicen que no hay mal que por bien no venga.

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