20 de julio de 2010 07:49 AM
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Nadie puede entender que al Comercio Exterior, lo maneja el Secretario de Comercio Interior

Desde hace varios meses se vienen reiterando quejas de los sectores empresarios sobre diversas trabas impuestas tanto a las exportaciones como a las importaciones de bienes.

En general, los problemas que se presentan con las exportaciones tienen su origen en limitaciones de los países que nos compran, como el caso del aceite de soja por China o las impuestas por Brasil, bajo el instrumento de las denominadas "licencias no automáticas".
En caso del aceite de soja, uno de nuestros principales productos de exportación, el argumento de China es que el producto no se ajusta a los estándares técnicos exigidos. Pero en ambos casos, y en otros que ocurren con la Unión Europea, aparece con claridad una respuesta, represalia en realidad, ante de restricciones a las importaciones realizadas por Argentina.
Esas restricciones, como en caso de la importación de alimentos, ha sido medidas de facto adoptadas por Secretario de Comercio, quien se ha encargado de decir que no quería "ver producto importados en las góndolas de los supermercados", si aquí se producían productos similares o parecidos.
También son bien conocidas las medidas adoptadas por dicho funcionario para impedir exportaciones, como carnes, lácteos y otros productos, muchos de ellos paralizados por semanas en los puertos de salida. Similar situación ocurre con productos importados a los cuales la burocracia estatal retiene por largo tiempo en los puertos, por cierto encareciendo tanto los costos de unos y otros.
Uno de los casos más notables y absurdo ha sido que, a consecuencia de estas medidas discrecionales y erráticas de un funcionario poderoso, el país se ha visto incapacitado de cumplir el cupo de exportaciones de carne a la UE de la denominada cuota Hilton. Estas exportaciones corresponden a los cortes más caros, llegan a cotizarse a 16 dólares el kilo, ha significado una pérdida de cientos de millones de esa moneda para la economía argentina.
Estas políticas implica además una pérdida de confianza de los importadores de nuestros productos y la posibilidad cierta de pérdidas de mercados.
Las "razones" de estos son varias que en realidad se las puede resumir en la idea generalizada existente en el gobierno y fuera él, que importar es malo, que lo bueno auto abastecerse.
Exportar es bueno, pero siempre que ello no implique aumento de precios en el mercado interno. De allí que los funcionarios estén siempre atentos y dispuestos a tomar medidas puntuales de prohibir o limitar el comercio exterior.
A esta concepción se agrega una situación de hecho y es que las importaciones están creciendo a tasas notoriamente mas altas que las exportaciones, reduciendo de este modo el superávit comercial. En los primeros cinco meses de este año mientras las exportaciones crecieron 17% respecto a igual período del año pasado, las importaciones aumentaron el 44%, lo que implicó una reducción del 27% de saldo comercial.
La política económica del Gobierno necesita un superávit lo mas grande posible por que la compra de esos dólares alimentan las reservas del Banco Central y los pesos emitidos alimentan el consumo interno. También la inflación, pero se oculta con la manipulación de los datos que hace el Indec.
Parece casi redundante señalar que el comercio exterior es uno de motores del desarrollo económico. El mercado interno claro está que es valioso, y hay que hacerlo crecer genuinamente, pero ese mercado es pequeño en términos de la economía mundial.
Por lo tanto es la capacidad de exportar un factor clave del avance de la economía (la viticultura es un excelente ejemplo) y, obviamente, no se puede exportar sin importar. Sólo una anacrónica idea mercantilista puede sostener que hay exportar para acumular divisas. El comercio exterior es una ancha avenida de doble mano, no se puede circular en sólo sentido.

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