28 de noviembre de 2009 07:21 AM
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Un joven desencantado se vuelve a Nueva Zelanda

Sí, una historia de vida puede valer más que mil análisis de situación.

El caso de X, joven ingeniero agrónomo de 34 años, que decide volver a la Argentina después de haber trabajado y formado una familia en Nueva Zelanda, no necesita de ninguna explicación. Resume lo que está pasando, por lo menos en el sector productivo. En 2006 a X se le ocurre volver al país por cuestiones que sólo pueden ser explicadas por el corazón y la nostalgia, pero también por la ilusión y las ganas de hacer en el propio terruño. Allá trabajaba en un tambo, se capacitaba y ganaba muy bien. No fue una tarea fácil para X convencer a su mujer que debían pegar la vuelta. "Volví porque estaba convencido que aquí estaba todo por hacer", recuerda . Aquí emprendió distintos proyectos productivos, algunos de envergadura, con una fuerza y una fe ciega. Pero casi de inmediato, aparecieron las limitaciones argentinas autoinfligidas como el largo conflicto entre el campo y el Gobierno, la imposibilidad de cumplir los contratos de exportaciones, las trabas burocráticas, el clima político, etcétera. De a poco se fueron limando la ilusión y las ganas que traía X. Cabe aclarar que ninguna de las dificultades que lo "bajoneaban" tenían que ver con las cuestiones productivas. Hasta que hace pocos días atrás X se dio por vencido y decidió pegar la vuelta con su familia a Nueva Zelanda. "Sigo pensando que aquí esta todo por hacer pero entendí finalmente que existen causas muy profundas que explican porque sigue estando todo por hacer. No hay casualidades", confiesa con un aire de inocencia. La historia de X es elocuente. En los últimos años una cantidad significativa de las inversiones agropecuarias destinadas a nuestro país cruzaron la frontera. Pero se sabe que una inversión se detiene o cambia de destino ante las primeras señales de riesgo. Por lo contrario, deben ser muy frustrantes y contundentes las causas que terminan derrotando a un joven entusiasta que tenía la ilusión del "esta todo por hacer". Tomemos lo ocurrido esta semana para entender porque los jóvenes como X terminan desalentados. La lechería estuvo a punto de tener una ley que tenía el expreso rechazo de dieciocho entidades de la producción y la industria. Un dato que a los legisladores parecía no importarles demasiado. Pero el miércoles, cuando parecía que todo estaba jugado, el oficialismo se quedó sin la media sanción al controvertido proyecto que generaba mecanismos de regulación de volúmenes de producción y precios. En la práctica quedaba en manos de los funcionarios de turno establecer una política abiertamente discrecional. Fue un triunfo de los dirigentes tamberos que en las horas previas lograron persuadir al radicalismo para que no prestara el quórum. El proyecto de ley de la lechería que estuvo a punto de aprobarse estaba lejos de brindar un marco de previsibilidad y transparencia para aprovechar las condiciones que comienzan a brindar nuevamente los mercados. La economía mundial sigue recuperándose, aunque todavía en forma anémica. Y vale recordar que según todos los expertos los países productores de alimentos se encuentran en las mejores condiciones gracias a la vitalidad de la economía china. Pero volvamos a los acontecimientos de la semana en la que la ganadería también tuvo su parte. Esta semana se supo que la cuota Hilton recién se distribuirá en febrero próximo cuando en realidad debió efectuarse en julio pasado. Es decir que las ventas de los cortes de las 28.000 toneladas de carne con arancel preferencial para la Unión Europea se deberán concretar en cinco meses en lugar de repartirlas durante el año comercial. Un ejemplo de las limitaciones autoinfligidas. No es descabellado pronosticar que los precios van a caer cuando se tenga que vender durante esos meses el doble del volumen habitual. ¿Había alguna necesidad especial para esta demora? Pareciera que los argentinos tenemos un problema con el uso del tiempo. La mayoría de las veces se lo juega en tiempo de descuento. Casi nunca con el tiempo a favor. Claro, para lograr esto se necesita inexorablemente de una planificación previa, una herramienta no utilizada en la gestión kirchnerista. Por último, la agricultura tuvo lo suyo esta semana. El Gobierno efectivamente cree eso que dice que "entre el dicho y el hecho hay un gran trecho". Lo pone en práctica cuando efectúa anuncios que después no se cumplen. Como el acuerdo firmado con la Cámara de la Industria Aceitera y el Centro de Exportadores de Cereales (Ciara-Cec) para liberar 1,5 millones de toneladas a cambio de pagar a los productores el precio internacional. El incumplimiento pasó a la categoría de lo público cuando el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, le pidió públicamente a Guillermo Moreno, secretario de Comercio interior, que actúe para que los productores de trigo reciban el precio acordado. Estos acontecimientos ocurridos durante la semana en la lechería, en la ganadería y en la agricultura no pueden ser tomados como extraordinarios para el tiempo que se vive. No determinan de por sí el destino de ninguna de las actividades en cuestión. Pero la acumulación de incumplimientos y demoras de las resoluciones oficiales sumado al avance del Estado en la economía tiene sus consecuencias.Como la de perder las ganas y el conocimiento del joven X para trabajar en nuestro país. Ya para 1959, el economista Robert Solow había demostrado que el capital y el trabajo sólo explican la mitad del crecimiento del producto bruto de un país. La otra mitad del crecimiento según Solow depende de los niveles de innovación. Por este trabajo de investigación ganó el Premio Nobel. Poner trabas y restricciones al desarrollo y la creación de empleo, con porcentajes de pobreza en la población que superan el 30%, parece a primera vista la receta contraria.

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