5 de marzo de 2019 11:39 AM
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¿Cómo llegó la Argentina a tener los mejores caballos de polo del mundo?

La transferencia embrionaria y la audacia de los criadores argentinos revolucionaron a la industria local y la posicionaron en una cima inalcanzable a nivel mundial.

Sobre la hegemonía de la Argentina en el polo mundial no hay discusión posible. Es, tal vez, la única disciplina en la que nuestro país domina ampliamente sobre todos los demás. Y eso no es solo mérito de los extraordinarios jugadores que nacen en estas pampas, sino también de los caballos, que son quienes hacen el mayor desgaste físico adentro de la cancha, dotando al deporte de una belleza y espectacularidad inigualable.

Hasta la década del 80, los caballos que jugaban al polo de alto handicap eran simplemente los mejores de un gran acopio que hacían los jugadores y algunos criadores, sin demasiado rigor en el registro genético. Eran, en su mayoría, resultado de la cruza de caballos de carrera retirados con yeguas mestizas, una combinación que con el correr de las generaciones derivó en un rodeo de caballos con una mayoría de sangre pura de carrera (SPC) pero con una contextura más pequeña, apta para el polo.

Entonces llegó un hito que revolucionó a toda la industria: la transferencia embrionaria. A fines de los 80, utilizando esa técnica reproductiva, un experto australiano generó un fenomenal salto de calidad en las yeguas de la familia Heguy, en La Pampa. Unía los ovulos de las mejores yeguas con el semen de un gran padrillo, y los embriones se implantaban en el útero de yeguas comunes. Se aceleraban los tiempos de reproducción, y una yegua que estaba jugando la final del abierto de Palermo podía, al mismo tiempo, tener cuatro o cinco crías naciendo en el campo.

Pero el salto no era gratuito, había que apostar, y así fue como se desencadenó un aumento en el valor de todos los eslabones de la cadena.

“Antes, el costo de producir un potrillo prácticamente no se contaba, la doma la hacía el mismo paisano que domaba todos los caballos en el campo y era el jugador quien lo hacía de polo. Pero cuando para sacar un potrillo hubo que empezar a poner plata desde antes que nazca, los criadores empezaron a invertir más también en su doma y en su cuidado. Ya no daba lo mismo si el animal se curaba bien o no. Se profesionalizó el trabajo de los domadores, de los hacedores y de los veterinarios”, explica Juan Llorente, médico veterinario con amplia trayectoria en el mundo de los caballos de polo. Y agrega que antes de ese giro tecnológico, la única actividad para los veterinarios de caballos eran los caballos de carrera, el caballo de polo era algo totalmente secundario.

Llorente trabajó con muchos de los mejores criadores de caballos de polo de la Argentina, como Jorge Mc Donough, Gonzalo Pieres y Gonzalo Tanoira.

Llorente trabajó con muchos de los mejores criadores de caballos de polo de la Argentina, como Jorge Mc Donough, Gonzalo Pieres y Gonzalo Tanoira.

“Con todo esto hubo un cambio muy grande. Aparecieron centros de embriones y empezó a hacerse reproducción con muy buenos resultados a nivel mundial. La Argentina fue pionera, desarrolló recursos humanos muy buenos en cada especialidad que hoy son reconocidos en los congresos más importantes del mundo”, destaca Llorente.

Por aquellos años, Gonzalo Pieres había hecho un convenio para la venta de yeguas de polo con un patrón de los Estados Unidos, y a partir de este cambio de paradigma decidió empezar a repatriar a los mejores ejemplares para producir crías en la Argentina. Una de ellas fue la Luna, una yegua emblemática con la que Pieres había llevado a La Espadaña a ganar el Abierto Argentino y que, gracias a esa repatriación y la transferencia embrionaria, dejó toda una familia de caballos exitosos en la Argentina. Después, el magnate australiano Kerry Packer, también en sociedad con Pieres, llevó el negocio más allá y empezó a reclutar caballos propios y ajenos de todo el mundo. “Todas las estrellas de polo retiradas del mundo vinieron a Argentina. Fue un aporte genético fenomenal de sangres australianas, americanas, inglesas, sudafricanas…de todo el mundo. Un salto cualitativo enorme para el rodeo local”, comenta Llorente, quien para esa época -alrededor de 1993- trabajaba en el campo de la familia Pieres en Casbas, provincia de Buenos Aires, con todos estos caballos.

A su vez, a nivel institucional fue fundamental el comienzo de los registros genéticos que empezó a hacer la Asociación de Criadores de Caballos de Polo. “De un momento a otro hubo un enorme salto en el número de criadores inscriptos”, comenta Llorente. En un principio, cualquier caballo que jugaba al polo podía ser anotado, sin importar su composición genética. Entre ellos había muchos caballos de carrera traídos, por ejemplo, de Estados Unidos. El veterinario explica que la raza de polo no existe como tal sino que es una mezcla genética queincluye un alto componente de sangre pura de carrera, algo de criollo, algo de cuarto de milla… “Pero lo fundamental -aclara Llorente-, es que juegue al polo”. Es decir que de polo no se nace, se hace. El cuadernillo con el pedigree de cada caballo se reparte hasta el día de hoy en los partidos de Palermo y es información valiosa que alimenta al mercado.

La última vuelta de tuerca en toda esta historia llegó con polémica incluida alrededor del 2003: la clonación. “Siempre estuvo la duda de si las condiciones para jugar al polo son hereditarias o se aprenden”, dice Llorente. El tiempo y la inversión hicieron lo suyo, y en 2016,Adolfo Cambiaso dio la nota en la Triple Corona jugando con cinco clones de su mítica yegua Cuartetera. “Las yeguas eran unos monstruos, demostró que funciona”, comenta el especialista, pero advierte que la apuesta también puede fallar, que hubo casos en los que la clonación no dió tan buenos resultados. Pero esos casos, claro, no son noticia.

En el Abierto Argentino. A la derecha Cuartetera01, clon de “la original” Cuartetera, que está a la izquierda.

En el Abierto Argentino. A la derecha Cuartetera01, clon de “la original” Cuartetera, que está a la izquierda.

En un principio, esta técnica podía llegar a costar 150.000 dólares por animal clonado. Hoy se abarató a alrededor de 30.000 dólares, pero su adopción sigue sin ser masiva. ¿Vale la pena la inversión? Es una lotería, solo para apasionados. Para considerar: las mejores yeguas de todas, las que juegan el abierto de Palermo, pueden rondar los 100.000 dólares. Pero esa es solo “la crema de la crema”. Después hay caballos de 60.000, 40.000, 25.000… Y los costos también son elevados. La cría, el cuidado, la alimentación, la doma… “Hoy se habla de un precio de indiferencia de 20.000 dólares para un caballo de alto handicap”, detalla Llorente.

Actualmente, la rivalidad en la cancha entre La Dolfina y Ellerstina, además de hacer historia en el polo se traduce en una grieta respecto de las técnicas de reproducción. Mientras que Cambiaso lleva la bandera de la clonación, los Pieres prefieren continuar con la transferencia embrionaria. En ese ámbito, los resultados parecen estar parejos. “No veo ninguna diferencia, está todo en el primer nivel”, remarca Llorente, y agrega que como los principales criadores ya produjeron más caballos de los que pueden usar, se vieron obligados a desparramar esa genética entre el resto de los jugadores.

De esta manera, a puro juego, selección y reproducción, los caballos de polo argentino se transformaron en una marca de enorme valor a nivel mundial, y junto a ellos crecen los profesionales y toda la industria que los rodea.

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