11 de mayo de 2019 00:47 AM
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Agro : Aunque se vista de seda…

La nueva genética necesita buena nutrición para expresar su potencial sin deteriorar la relación entre los componentes de los granos.

Bajo la presión del FMI por cerrar el agujero fiscal, el gobierno cayó en una trampa peligrosa. La semana anterior había intentado modificar el esquema de retenciones, pasando de una quita fija de 3 o 4 pesos por dólar según tipo de producto, a un porcentaje del 10 a 12% según el valor de la mercadería exportada, fueran bienes o servicios.

La suba del dólar había erosionado el valor en dólares de la retención y catalizó la idea, nefasta para el sector porque implicaba dos cosas: una nueva quita, y romper una vez más las reglas de juegoanunciadas hace seis meses.

 

La intentona fracasó porque, al trascender el rumor, sucedieron dos cosas: los exportadores de la agroindustria, alertados, declararon de inmediato una carrada de operaciones (como siempre sucede, para fijar el tipo de cambio antes de que se aplique la medida. Este anticipo neutralizó parte de los efectos recaudatorios. Y además se armó un gran revuelo en todo el sector exportador, pero en particular en el agro.

Ya lo hemos dichos muchas veces: el peor efecto de las retenciones es la alteración de la relación insumo/producto. Su efecto es bajar el precio del producto, transfiriendo parte del valor al Estado. Al final del día, hacen falta más unidades del bien producido, para pagar la tecnología que se requiere para maximizar la producción. La consecuencia lineal es que provoca un menor uso de insumos. La producción es menos “intensiva” en tecnología. La tierra tiende a ser el insumo principal; menos inversión por hectárea, producción más “extensiva”. Terminamos sin reponer nutrientes, y junto con los granos exportamos tierra.

Fue un alivio que el gobierno desistiera de la medida. Pero algo tenía que hacer para compensar los 700 millones de dólares que esperaba recaudar a través de ella. Entonces, esta semana apeló al artilugio de subir un 500% la tasa de estadística, que pasó del 0,5% al 2,5%. Un exabrupto, porque dejó de ser una tasa para constituirse en un arancel de importación. Un poco más “políticamente correcto” en una sociedad impregnada de proteccionismo, pero con gravísimas consecuencias para todos los sectores y también el agro. Veamos.

Las retenciones castigan los precios, afectando tanto al productor como al dueño de la tierra (que a veces son la misma figura jurídica). Los alquileres se fijan en un valor de quintales fijos, en general de soja. Supongamos, 18 quintales, el 40 o 50% de la soja que se espera producir. Los efectos, en consecuencia, se prorratean entre ambos actores.

Los derechos de importación, en cambio, producen efectos directos sobre el productor. El chacarero, el fondo de inversión, el pool de siembra, tendrán que asumir solos un mayor costo de producción. No es moco de pavo: el fertilizante, insumo estratégico como se vio en el extraordinario congreso de Fertilizar esta semana (al que le dedicamos buena parte de esta edición de Clarín Rural), sube entre 8 y 10 dólares la tonelada. Lo mismo sucede con los bienes de capital, desde la camioneta hasta el tractor, con buena parte de componentes importados y con arrastre a los de producción nacional.

En la última campaña se batieron récords en el uso de fertilizantes, con más de 4 millones de toneladas. No es una cifra conmovedora, porque todavía extraemos y exportamos más nutrientes que los que reponemos. Pero la tendencia era buena. Había un impacto formidable en los rindes, también récord para trigo y maíz. Y una mejora de la calidad, porque la nueva genética necesita buena nutrición para expresar su potencial sin deteriorar la relación entre los componentes de los granos.

Las retenciones son un pésimo impuesto. Los derechos de importación también. Aunque la mona se vista de tasa de estadística, mona queda.

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