18 de mayo de 2019 10:51 AM
Imprimir

De carne somos

CompartiremailFacebookTwitterDesde nuestros orígenes como país, nos hemos organizado para abastecer al mundo de su alimento más apreciado: la carne vacuna. Siempre fue un aspiracional de las sociedades que se desarrollaban: la primera respuesta a la mejora de los ingresos individuales (los “per capita” de los economistas) era aumentar su ingesta de proteínas animales, donde la […]

Desde nuestros orígenes como país, nos hemos organizado para abastecer al mundo de su alimento más apreciado: la carne vacuna. Siempre fue un aspiracional de las sociedades que se desarrollaban: la primera respuesta a la mejora de los ingresos individuales (los “per capita” de los economistas) era aumentar su ingesta de proteínas animales, donde la carne vacuna es la cumbre del Everest.

Sucedió desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando la revolución industrial en la Inglaterra de Dickens llevó a la urbanización de millones de campesinos. El invento del buque frigorífico permitió llegar con carne enfriada. No querían charqui o tasajo de vacas cimarronas. Querían carne de ganado fino, engordada con alfalfa. Trajimos los tarquinos, armamos las estancias y las colonias, levantamos los portentosos frigoríficos sobre los puertos. Porque la industria argentina no nació en 1945.

Llegaron los gringos. Alguien tenía que sembrar, y como consecuencia derivada del “plan alfalfa” nos convertimos no solo en los productores de la mejor carne del mundo. También fuimos el granero del mundo. Junto con los frigoríficos nacieron los ferrocarriles y los puertos, las malterías, los molinos harineros, las fábricas de alambre, y enseguida las fábricas de cosechadoras. Rotania, en 1929, había lanzado la primera corta y trilla automotriz del mundo en los pagos de Sunchales.

Fue la epopeya de la primera Revolución de las Pampas. La segunda es la que estamos transitando. La base ya no es la ocupación del territorio, sino la conquista tecnológica. Amagó en los 80 y se disparó en los 90. Entre 1994 y 1996 parecíamos habernos estancado en las 45 millones de toneladas. Este año llegaremos a las 135. Multiplicamos por tres el volumen y por cinco el valor, porque ahora casi la mitad es soja, que vale en el mundo el doble que los cereales.

Y nuevamente, es la transición dietética hacia las proteínas animales. Llegaron los chinos. Son unos cuantos más que los ingleses de la revolución industrial. Lo primero que hicieron fue expandir el consumo de carne de cerdo. Quisieron arreglarse solos. Necesitaron importar el insumo fundamental: la soja. No querían, pero no les quedaba otra. Pasaron de cero a cien millones de toneladas de importación en apenas 20 años.

Después fueron por más. Hace un par de años irrumpieron en el mercado de carne vacuna. Era inevitable. Ya son por lejos los principales importadores mundiales.

En este marco, les llega el problema de la peste porcina africana, que se suma al de otra peste: la guerra proteccionista con los EEUU. El stock de cerdos va a caer entre un 20 y un 30% según el Rabobank. La soja tocó piso. Pero como contraparte, los precios de las proteínas animales se dispararon.

Enorme oportunidad para Sudamérica en general y la Argentina en particular. Esta isma semana, se realizó el SIAL en Shangai. Es la feria de alimentos más importante de China. Allí estuvieron los frigoríficos argentinos, apoyados por el Instituto de Promoción de la Carne (IPCVA). La actividad fue febril, desfilaron los compradores chinos ávidos de todo tipo de carnes. Recordemos que hace pocos días China abrió también su mercado a los cerdos argentinos.

La euforia es mala consejera. Pero lo concreto es que el aleteo de la mariposa en China genera una doble lectura: en el corto plazo, una complicación para el complejo soja, fundamental para el equilibrio macroeconómico, y sobre todo para la vida en el interior. Y a mediano plazo, un gran impulso al valor agregado.

El cerdo, y también el novillo, son maíz y soja en cuatro patas. Sin menospreciar a los bípedos, que también juegan su partido en China.

China, donde parece que el apetito por las carnes crece sin culpa. Es ahora

Fuente:

Publicidad