2 de septiembre de 2019 11:11 AM
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El feedlot, desde los papeles hasta los corrales (capacitación en Villa Mercedes)

Organizada por el Inta y una consultora privada, una jornada puso la mirada en un aspecto del engorde que es tan importante como el productivo: el normativo y legal. Dictaron algunas pautas a la hora de instalar y conseguir la habilitación de un establecimiento. El foco principal estuvo puesto en el tratamiento de residuos y efluentes.

El engorde a corral es uno de los temas que más atrapa al mundo ganadero. Es una tecnología que cada vez gana más terreno entre los productores, como una forma eficiente de darle kilos a la hacienda. En San Luis la tendencia se repite, y si bien nuestra provincia es una zona de cría por excelencia, en donde las grandes extensiones de los campos permiten aprovechar el monte y la vegetación natural para los esquemas forrajeros, hay un interés creciente por utilizar el encierre y abrirse paso en el mercado internacional de la carne, con China como el destino más tentador.

Es por eso que cada vez que organizan una jornada o una capacitación sobre prácticas de manejo u otros aspectos productivos, hay una gran concurrencia. Todavía está fresco el ejemplo de la gira que el Inta y otras instituciones hicieron el año pasado por tres establecimientos del sur provincial, con más de 150 personas interesadas.

Pero esta vez el propio organismo nacional y una consultora privada decidieron armar una jornada con la mirada puesta en otro aspecto, casi o tan importante como el productivo. Bajo el título de “Instalación y habilitación de corrales para engorde bovino”, buscaron informar sobre los requisitos y las pautas que hay que tener en cuenta a la hora de armar un establecimiento y obtener las autorizaciones oficiales para operar.

Aseguran que hay un gran interés por parte de los productores de ordenar sus papeles para poder exportar a los mercados que se abrieron para la carne argentina. 

La inquietud nació de la gran cantidad de consultas que recibieron los técnicos de ambas organizaciones, principalmente el año pasado, cuando los mercados comenzaron a abrirse y la exportación apareció como una alternativa, posible y rentable, a un consumo interno cada vez más debilitado por una feroz crisis económica.

“Prestando el servicio nos dimos cuenta de que había una necesidad, de que hacía falta esclarecer algunas pautas tanto para los colegas como para los productores, y la idea fue tratar de convocar a todos los actores que intervienen en el proceso de habilitación. Y entonces hablar un poco del impacto ambiental, que es el gran cuello de botella en esta clase de establecimientos”, dijo Lucía Risio, una de las integrantes de Eremu Consultores, una empresa privada que ofrece asesoramiento para el sector agropecuario.

De hecho, la ingeniera agrónoma contó que gran parte del flujo de trabajo que tuvieron durante 2018 estaba vinculado a estos trámites. “En los relevamientos saltó que había cada vez más gente que estaba tratando de ordenarse, acompañando las políticas nacionales que permitían un buen precio en la exportación de carne, algo que a lo mejor puede cambiar ahora, no sabemos lo que se vendrá. Pero había una fuerte voluntad de la gente de tratar de aprovechar ese envión y de estar listos por si surgía alguna posibilidad”, dijo.

 


Comederos. Aconsejan hacerlos de material, para evitar desperdicios de alimentos.

Sin embargo, en la presentación que hicieron de las disertaciones, Risio reveló que entre el 60% y el 70% de esos proyectos “morían en los cajones” de los propietarios por diferentes motivos, que podían ir desde fallas legales al hecho de tener que invertir demasiado para ajustar los errores ya cometidos en el armado de sus instalaciones.

Ricardo Sager, el director de la Estación Experimental del Inta, se refirió a una necesidad de empezar a pensar y planificar los emprendimientos con mayor previsión en vez de tener que subsanar los problemas después, lo que termina por encarecer los proyectos.

Risio dijo que eso no siempre es fácil. “A veces uno (como productor) empieza a probar con poco, después se va emocionando y va creciendo como puede. Pero como en toda inversión de mucho dinero, es mejor parar la pelota y tratar de tener lineamientos generales, saber a qué escala apuntamos, dónde lo vamos a ubicar, de qué manera”, aclaró.

El gran foco, independientemente de las exigencias que piden los organismos, estuvo puesto en la sustentabilidad de los sistemas y en cómo administrar los recursos y residuos que genera el engorde. “Todos, como asesores y productores, estamos viendo que hay que empezar a hacerse cargo de los residuos de las actividades que tenemos, con los envases fitosanitarios y los efluentes. Debemos generar esa cultura”, opinó la especialista.

Y la idea clave que remarcaron en las diferentes charlas fue que el ordenamiento de un feedlot no está asociado a su escala. “No porque algo sea chico contamina menos, o viceversa. Lo que hace que uno contamine o no es el manejo de las cosas. Cualquier productor puede manejar mal diez novillos o cinco mil cabezas. Tiene que ver con el trabajo del día a día”, explicó.

Papeles en el viento

Hay dos organismos que son los encargados de habilitar los establecimientos dedicados al engorde a corral en la provincia. Por un lado, está el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), que tiene lineamientos que aplican en todo el territorio argentino. Y, por otra parte, está el Programa de Control de Producciones Primarias (Copropri), que solía llamarse Cosafi y que depende del Ministerio de Producción de San Luis. Sus exigencias son más específicas y aplican directamente al territorio provincial.

Sebastián Arrué, el encargado de la oficina de Villa Mercedes, fue quien asistió en nombre de Senasa e hizo un repaso por todos los requisitos que impone la entidad para conseguir la autorización nacional y poder acceder al “Registro de Engorde a Corral”.

La normativa que regula estas exigencias es la Resolución 329/2017. Distingue, en primer lugar, de dos figuras legales: la del administrador (puede ser una persona física o jurídica) y la del usuario del confinamiento. Esto es importante, porque a la hora de iniciar los trámites, la entidad solicita documentación de ambos, además de algunos croquis y planos del lugar, con sus superficies delimitadas.

 


Comodidad. Piden que haya suficiente espacio para la hacienda en el interior del corral.

Pero sobre todo, los “papeles” que son imprescindibles son tres: un certificado del uso del suelo (lo otorga el Copropri), un certificado de aptitud ambiental, y contar con un veterinario matriculado que oficie de responsable sanitario del establecimiento.

A nivel de infraestructura, Arrué explicó que el establecimiento debe contar con una entrada única, sin conexión directa con otros campos linderos; debe tener un cerco perimetral fijo, completo, en buen estado, y que circule todo la superficie de modo que evite el ingreso y egreso de animales hacia otros establecimientos o viceversa. Además, exigen contar con una manga y un cargador que estén dentro del alambrado y que sea de uso exclusivo del feedlot y no se utilice para otros fines.

En lo que a corrales se refiere, hay una serie de parámetros que son clave para lograr la habilitación y que, a la larga, también impactarán en la eficiencia del engorde. En primer lugar debe haber diferentes tipos de compartimentos, algunos destinados a la adaptación de la hacienda recién ingresada, otros de estadía, y también los de lazareto, donde se ubican a los animales que padecen alguna enfermedad. Cada uno tiene que estar bien identificado para que no haya confusiones.

La separación entre un corral y otro debe ser fija y los espacios libres en los alrededores tienen que estar limpios y sin malezas. En el interior debe haber lugar suficiente para que los vacunos se muevan y se alimenten de forma cómoda, con un acceso fácil a los comederos y bebederos. El piso debe estar bien compactado, para evitar inundaciones y acumulaciones excesivas de barro, uno de los grandes enemigos del engorde por afecta las patas de la hacienda.

Los alimentos y medicamentos deben estar almacenados en un lugar seguro, bien señalizado y alejado de aves, roedores e insectos.

Hay dos aspectos que son, por lo general, los más problemáticos a la hora de conseguir las habilitaciones: el tratamiento de los residuos y el destino que se les da a los animales muertos. La normativa de Senasa exige que el productor cuente con un plan de manejo de estos dos temas, pero no especifica de qué manera. Eso, por un lado, deja el trámite librado a las interpretaciones, pero también permite que las estrategias estén aplicadas a cada campo en particular, con sus propias características de clima, agua y suelo.

Otro de los temas controvertidos es  el de las distancias que deben mantener los confinamientos con respecto a zonas urbanas, ríos y arroyos, entre otros accidentes geográficos. La resolución establece que los corrales deben colocarse a una distancia mínima de 1.000 metros de otros establecimientos que se dediquen a la producción avícola, y a por lo menos 2.000 metros de lugares dedicados a la genética aviar y a las cabañas de reproductores porcinos.

 


Sin escala. La habilitación es obligatoria sin importar la cantidad de hacienda que tengan.

La entidad nacional también obliga a llevar un registro de los lotes y de las materias primas utilizadas en las dietas, y declarar cualquier cambio o evento que haya en el sistema, como muerte de hacienda o cambio de categoría, además de realizar un control de las plagas y de los insectos.

Como ninguno de los funcionarios del Copropri pudo estar presente en la jornada de Villa Mercedes, Lucía Risio intentó hacer un resumen de la reglamentación que rige para ingresar al “registro de los sistemas intensivos de producción animal, denominado engorde a corral” en el ámbito provincial.

Las exigencias están contempladas en la Resolución (PCSyF) 4/08 y clasifica a los feedlots en tres grupos de acuerdo a su escala: familiar o autoconsumo (hasta 2.000 vacunos); comerciales (de 2.000 a 5.000 cabezas); e industriales (más de 5.000).

Estos establecimientos, por un lado “podrán instalarse en áreas rurales, a una distancia no inferior a los 10 kilómetros de zonas urbanas y sub-urbanas”, y por otro “no podrán instalarse cuando exista una distancia inferior a los 2 kilómetros de vertientes de agua, ríos, arroyos, lagunas o lagos, y deberán garantizar la improbabilidad de vuelcos directos o escurrimiento de los efluentes no tratados, o cuando la profundidad del acuífero libre sea menor a los 10 metros de profundidad en el período de alta”, detalla la norma; y agrega que tampoco “podrán instalarse en áreas rurales a una distancia inferior a un kilómetro de rutas nacionales, provinciales y caminos de tránsito”.

Al igual que Senasa, la Provincia también pide que el feedlot cuente con un médico veterinario acreditado y matriculado en el colegio, pero también solicita la presentación de un contrato que avale la relación entre el profesional y el productor. Finalmente, exige el pago de una tasa anual en concepto de Autorización y Registro.

Efluentes y residuos

Sager y Risio se valieron de algunos ejemplos locales para mostrar “que las cosas pueden hacerse bien o mal” independientemente de la escala de la producción. Y sobre todo para señalar la importancia de la sustentabilidad que deben perseguir los emprendimientos.  “En este tipo de sistemas, el hombre y el animal están cerca y en pleno contacto, por lo que se genera una cantidad de riesgos que debemos evitar. Por un lado, para cuidar la calidad y la inocuidad  de la carne, pero también para proteger nuestra propia salud”, enfatizó el director del Inta.

Así, mostraron algunas fotos y datos de confinamientos con buenas prácticas de manejo como “Ser Beef”, el más grande de la provincia, e incluso de “Cactus”, una firma que hizo grandes inversiones en el armado de sus instalaciones en Villa Mercedes pero que tuvo que cerrar por estar demasiado cerca del barrio La Ribera.

La ingeniera agrónoma sugirió una serie de pautas que deben plantearse a la hora de armar los corrales. En primer lugar, señaló, hay que definir la escala a la que se desea apuntar. En base a eso, se podrá establecer en qué sitio se ubicará el engorde, y para eso hay que analizar el registro de lluvias, la profundidad de las napas, la textura y topografía del suelo, la proximidad a recursos hídricos y áreas sensibles, el comportamiento del viento, y el espacio que se necesitará para gestionar los residuos.

Este último punto es fundamental, porque “no solo tendrá un impacto ecológico, sino también repercutirá en la imagen que la comunidad tiene de nuestra empresa”, advirtió.

Por eso, tal como lo exigen las reglamentaciones, Risio aconsejó establecer una estrategia de manejo de los efluentes, que deberá comenzar necesariamente adentro del corral, con un buena pendiente para el drenaje, y luego seguir con conductos que lleven esos residuos (por bombeo o gravedad) hasta sistemas de sedimentación o almacenamiento. Estos son grandes lagunas donde los líquidos o se sedimentan o se evaporan, y hasta pueden volverse a usar para regar o sembrar pasturas.

El destino de los animales muertos es otro de los temas más difíciles de manejar, pero Risio dijo que pueden hacerse enterramiento en fosas o compostaje.

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