6 de septiembre de 2010 11:20 AM
Imprimir

El tipo de cambio

La valuación de la moneda está asociada a la productividad relativa de la economía, productividad que puede variar según los distintos sectores. Mantener la relación cambiaria también es un objetivo de la política económica no siempre fácil de mantener.

El tipo de cambio es el precio que tiene en moneda local una unidad de moneda extranjera. Si bien el Estado con sus decisiones políticas puede intervenir en la determinación de su valor, este no es arbitrario sino que, en principio, responde a la relación entre las productividades del trabajo entre los distintos países:
Tomemos el ejemplo de dos estados cualquiera (Argentina y Estados Unidos) y supongamos que en cada uno de ellos la hora de trabajo equivale a un peso y a un dólar, respectivamente, y que en Estados Unidos una unidad de producto requiere una hora de trabajo (se vende a un dólar) mientras que en la Argentina dos horas (se vende a dos pesos), el tipo de cambio de equilibrio es un dólar igual a dos pesos: el mismo producto, producido en cualquiera de los dos países vale lo mismo: dos pesos o un  dólar. Cabe señalar que la diferencia de tiempo de trabajo requerido obedece a diversas razones: naturales (como el clima) o económico-sociales e históricas, como la acumulación previa de capital, la amplitud del mercado o las tecnologías aplicadas, por lo que –conviene insistir- la productividad no tiene implicancias valorativas sino que se trata de un simple dato objetivo: es el cociente entre producción y el tiempo de trabajo necesario.
La teoría clásica sostiene que el mercado libre es el encargado de buscar el equilibrio: el tipo de cambio que tienda a igualar las exportaciones con las importaciones de cada país.

Barato o caro
Se puede verificar fácilmente que un tipo de cambio bajo (un dólar barato) fomenta las importaciones y dificulta las exportaciones, como ocurrió durante el período de la convertibilidad; por el contrario, un tipo de cambio alto (dólar caro) tiene el efecto contrario: permite exportar mientras encarece y, por lo tanto, limita a las importaciones. Se puede verificar también que los países que se desarrollaron después de la Segunda Guerra lo hicieron con un tipo de cambio alto, como se puede ver actualmente con China, cuya moneda está extremadamente subvaluada.
Ya sea con un tipo de cambio fijo, valor establecido por el estado, como ocurrió en los años ’90 con el cambio de un peso igual a un dólar, o con la llamada “flotación sucia”, donde el valor lo fija el mercado pero el estado interviene activamente para regularlo, existen serias limitaciones objetivas que condicionan el cumplimiento de los objetivos políticos respecto al tipo de cambio.
Por ejemplo, en el caso del dólar barato (como ocurrió durante la convertibilidad  con el fin de contener la inflación),  la demanda de dólares para pagar el exceso de importaciones, para viajar al exterior porque resulta barato o, simplemente, invertir en el extranjero, supera la oferta de dólares (exportaciones más ingreso de capital); para mantener el tipo de cambio el gobierno necesita divisas: en los años ’90 primero fueron las privatizaciones y luego el endeudamiento externo a tasas crecientes, hasta que el sistema dejó de ser sostenible, finalizando con la crisis de 2001 y sus dolorosas secuelas conocidas.
Por el contrario, cuando el dólar es alto, como las exportaciones son mayores que las importaciones hay un exceso de oferta de dólares que, para mantener la cotización elevada, el estado -vía Banco Central- debe adquirir. Pero si lo hace mediante emisión monetaria va a producir inflación y, por lo tanto, van a subir los costos internos haciendo fracasar la política de dólar caro.

Productividades sectoriales
Un problema adicional se plantea cuando una economía nacional presenta distintas actividades con productividades muy diferentes. Es lo que el economista argentino Marcelo Diamand llamó “estructuras productivas desequilibradas”. En la Argentina se  dio con la Pampa Húmeda que, por razones naturales, tiene una productividad muy grande comparada con los niveles internacionales, mientras que la industria, por haber empezado tarde y con un mercado reducido, tiene una productividad mucho más baja que el promedio internacional. Si el tipo de cambio se fijara en función de la productividad del agro, la industria local no podría exportar ni competir internamente con las importaciones: desaparecería, creando desocupación y marginación. Si el tipo de cambio se fijara en función de la productividad de la industria, el agro tendría un precio muy superior al normal: implicaría un encarecimiento de los alimentos que castigaría al grueso de la población y generaría una enorme transferencia de fondos en beneficio de los dueños de la tierra. Fijar y mantener el tipo de cambio adecuado para las actividades es uno de los principales problemas de la política económica para nuestro país.

El perro del hortelano
Una solución a este dilema fue la que aplicó el primer gobierno de Perón con la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) que implicó la nacionalización del comercio exterior: el estado fue el único exportador e importador autorizado, quedándose con la renta extraordinaria que hubiera significado para el agro un tipo de cambio que permitiera el desarrollo industrial. Es lo que explica la cerrada oposición de la oligarquía agraria hacia ese gobierno. Con esos fondos el estado fomentó la industria, se hicieron obras para satisfacer necesidades colectivas y se aplicó un profundo plan de justicia social.
Otra solución es la de las retenciones a las exportaciones. Significan, de hecho, valores distintos del dólar según el producto exportado. De esta forma el Estado percibe parte de las divisas que generan un tipo de cambio alto y permiten su mantenimiento en el tiempo.
Supongamos que se eliminan las retenciones, como pretende las corporaciones agropecuarias con el apoyo de gran parte de la oposición. En primer lugar subirían los precios internos de las mercancías exportadas, castigando al grueso de la población. Pero, además, como los exportadores recibirían el importe total de sus exportaciones habría exceso de dólares en el mercado, haciendo más difícil el mantenimiento de un tipo de cambio competitivo: el precio del dólar bajaría, dificultando la exportación industrial, aumentando las importaciones y, en última instancia, afectando también los intereses del agro ya que, como exportadores, recibirían menos pesos por dólar exportado que los que esperan obtener.
Esta historia hace recordar a la comedia de Lope de Vega, con el perro del hortelano, que no come ni deja comer.

Fuente:

Publicidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *