7 de septiembre de 2010 07:05 AM
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Agroquímicos: ¿Una gran solución o un gran negocio para el agro?

Días pasados, una nota de Darío Aranda, en uno de los importantes medios de prensa del país dió a conocer los aspectos esenciales de una carta abierta que, médicos de 10 provincias, reunidos a través de la Universidad Nacional de Córdoba, dirigieron a las organizaciones gremiales del campo y a otras organizaciones.

Se trata del primer encuentro de médicos de los denominados “Pueblos Fumigados” y, según Aranda, la carta en sus aspectos salientes expresa lo siguiente:

“Los equipos de salud, científicos, investigadores y académicos reunidos en la Facultad de Ciencias Médicas nos sentimos en la imperiosa necesidad de dirigirnos a ustedes para hacerles conocer que es muy grave la situación de la salud de las poblaciones de los pueblos fumigados en la Argentina y que ésta se agrava día a día.”

“Los cánceres y otras enfermedades severas son detectados con más frecuencia ahora. Al igual que los abortos espontáneos, trastornos de la fertilidad y nacimiento de niños con malformaciones congénitas, que encontramos con índices muy elevados.

Y que los trastornos respiratorios, endocrinos, hematológicos, neurológicos y psíquicos son, también ahora, muchos más frecuentes en las poblaciones sistemáticamente fumigadas. Fumigadas porque comparten el mismo espacio geográfico que los cultivos agroindustriales y transgénicos que se explotan”.

“Queremos decirles que sabemos que se están fumigando cultivos con 300 millones de litros de veneno por año sobre la población y que se lo hace sin ningún control” (…).

Hasta aquí parte de la nota y mientras se cita esto, desde el otro lado se sostiene que “gracias a los agroquímicos es posible producir suficiente cantidad de alimentos para la humanidad”.

Es cierto como es cierto también que los efectos de los agroquímicos en la salud de las personas estuvieron y están presentes en prácticamente todo el mundo. Además, nadie puede negar que el negocio de los agroquímicos mueve cientos de miles de millones de dólares por parte de inmensas empresas a las que da por lo menos la impresión de que lo único que les importaría es la renta.

Empresas que; por su lado, imprimen un modelo agrícola justamente basado en el uso de éstos productos cuyos efectos teratogénicos al momento de lanzarlos al mercado, en general, se desconocen. Se conocen después, en el terreno, cuando los daños a los sistemas de vida ya son muy evidentes.

Y esto tiene antecedentes por ejemplo, en los agroquímicos clorados como el DDT y otros que luego de haberse tirado millones de toneladas en todo el mundo, quedó demostrado, en terreno, que no eran biodegradables, que producían desaparición de especies y eran además cancerígenos.

Hace poco y luego de muchas deliberaciones, protestas y hasta manifestaciones se los prohibió, pero, no a todos; algunos todavía se comercializan como insecticidas caseros.

El “dios dinero manda, muchas veces, sobre la salud de la población humana y con más razón, sobre la salud de los eco sistemas naturales”.

Es evidente que el de los agroquímicos constituyen un problema de alta complejidad y de muy difícil solución si no se consigue la participación de toda la sociedad. “Incluso los propios gobiernos nacionales pueden estar atados de pies y manos ante la realidad”.

Por lo pronto, como los agroquímicos permiten cosechas que dan ganancias a los agricultores y hay fuertes intereses que los defienden, los estados no aportan lo suficiente para que los científicos busquen, ensayen y pongan en práctica sistemas de producción alternativos de alta producción que superen al inmenso negocio de los plaguicidas que, muchas veces valga decirlo, se lleva parte importante de las ganancias de los agricultores.

El hombre común por su lado, es probable que hoy, además de ser fumigado, esté comiendo verduras y otros alimentos con cantidades crecientes de residuos de plaguicidas, pero, no es consciente o es escasamente consciente de ello. Y si es consciente, a veces o en la mayoría de los casos, los miedos tapan el deseo de decirlo o gritarlo a los cuatro vientos

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