30 de noviembre de 2019 11:50 AM
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Silencio, gente trabajando

En Argentina inquieta el impacto de las retenciones. Y la agricultura global no pasa por un buen momento, está sometida a un creciente estrés

Suceden cosas. Mientras aquí los chacrers velan las armas, ante la profusión de mensajes acerca de una posible vuelta de tuerca con las retenciones, en el mundo hubo esta semana señales muy fuertes respecto a que la agricultura global está sometida a un creciente estrés. El horno no está para bollos.

Más allá de cuestiones de justicia tributaria, que en la Argentina es un concepto devaluado, el problema central de los derechos de exportación es su impacto económico. Por suerte, algunos van tomando lo que hemos repetido hasta el cansancio desde que se reimplantaron, en el 2002. En particular, la cuestión del sesgo anti tecnológico. Alteran la relación insumo/producto, ya que todo lo que el campo compra se paga con un dólar caro, y todo lo que vende se cobra con un dólar barato.

Consecuencia: a comprar menos cosas. Y esas cosas son las que permiten incrementar la superficie cultivada (más equipos) y –sobre todo— incorporar tecnología. Semillas de mayor potencial, más cereales que soja, más fertilizantes y mejor aplicados, cosechadoras que tiran menos granos por la cola o la plataforma. Es decir, con retenciones se tiende a producir con una proporción mayor de incidencia de la tierra (que es lo que hay) que lo que ponemos sobre ella (que es “opcional”). Esto se llama agricultura “extensiva”, que se contrapone con la “intensiva”.Newsletters Clarín Cosecha de noticias

La intensificiación se plasmó en el último cuarto de siglo en lo que bautizamos como la Segunda Revolución de las Pampas. Pasamos de 40 a 150 millones de toneladas de granos, y eso que entre el 2010 y el 2015 el kirchnerismo puso el pie en la puerta giratoria.

Retomamos, pero ahora el tren bala tiene miedo de descarrilar. Los precios no son los del 2008, cuando el gobierno hizo el intento de ir por todo y salió trasquilado. Combinación letal: precios bajando y retenciones subiendo, más desdoblamiento cambiario. Cayó el uso de fertilizantes, se sembró cada vez menos trigo y maíz, aumentó la proporción de soja. La rotación se afectó, lo que aceleró la llegada de malezas resistentes. Extensividad, que es también exportación de suelos. Versus intensificación, que es sustentabilidad.

Esta semana hubo tremendos tractorazos en Berlin y en Paris. Hace unos días, también en Amsterdam, y Londres ya los está esperando. Los agricultores europeos reaccionan frente al embate de políticas anti-tecnológicas, que afectan la ecuación económica. Quieren libertad para usar lo que se sabe que funciona y no daña a las personas ni al medio ambiente. Exigen más subsidios, y piden también que se trabe la importación de productos del resto del mundo.

En Estados Unidos, los farmers no la están pasando mejor. A pesar de que tienen precios sostén, créditos subsidiados, y una parafernalia de medidas de apoyo del estado federal y los gobiernos locales. En síntesis, no es un buen momento para la agricultura global.

Sin embargo, en ese mismo contexto, la agricultura argentina avanza. Como también la de Brasil, Paraguay y Uruguay. La irrupción de China en el mercado de las proteínas animales (desde la soja, insumo clave, hasta la carne vacuna) es un motor que ruge cada día más fuerte. Hace un par de años la meta era alcanzar los mil millones de dólares en exportaciones de carne vacuna para el 2020. Bueno, cerraremos el 2019 con 3 mil millones.

Ya mueve la aguja de la macroeconomía. Atrás vienen los pollos, con nuevo dinamismo. Y sobre todo, el cerdo, donde muchos productores volcaron los resultados de su actividad agrícola en criaderos modernos y sofisticados. Agregado de valor en origen. Más oferta de proteínas para el mercado interno y la exportación. No hizo falta mucho más que no molestarlos.

Se ruega no molestar. 

Fuente: Clarin

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