2 de mayo de 2020 01:29 AM
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Coronavirus en Argentina: el agro “de villano a héroe”

El punto de partida de todo es la comida. Es la visión diferente que promueve el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

La vida te da sorpresas. “El agro pasó, en apenas un mes, de villano a héroe”. Es la visión que disparó Manuel Otero, el Director General del IICA (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura), cuando presentó el jueves el Comité Asesor ComunIICA, al que me invitó a integrar y acepté con mucho gusto. Manuel es un viejo amigo que supo pasar también por las páginas de Clarín Rural, hace muchos años. Médico veterinario, fue Agregado Agrícola en los Estados Unidos y desde hace dos años está al frente del organismo con sede en Costa Rica.

La idea es que ese Comité lo asesore en su objetivo de jerarquizar la actividad agropecuaria, “realizando un continuo llamado de atención hacia la importancia estratégica de ella y sus cadenas logísticas y de comercialización”.

Fue una jugosa videoconferencia, con colegas de Chile, Uruguay, Brasil, Colombia y altos funcionarios del IICA. Todos coincidimos en que la pandemia del Covid 19 implica un antes y un después. Y que surge la necesidad de trabajar en una agenda para “el día después”, tomando como punto de partida una visión diferente que comenzó a edificarse en torno a la producción de alimentos y otros bienes que provee el agro a la sociedad.

“Unas décadas atrás, se decía que el agro era irrelevante” –recordó Otero. “De pronto, empezó a estar en la mira de muchos que lo acusaban de contaminante, o cuestionaban la calidad de los alimentos o la forma en la que eran producidos. El ambientalismo, visiones ideologizadas, fueron abriendo una grieta entre el productor rural y el habitante urbano”.

En eso estábamos hasta hace un par de meses. De pronto, la sociedad percibió que el punto de partida de todo es la comida. Ya no importa si la produce la economía familiar o la gran empresa. La cuestión es que hay alguien que se ocupa de sembrar, proteger el cultivo, cosecharlo, acondicionarlo y ponerlo en la cadena de distribución. En todo el mundo se aplaudió a los agricultores (aunque en la Argentina no faltaron los criminales que salieron a romper algunos bolsones de granos, por suerte como hechos aislados).

Hace años que desde las entidades y grupos de interés del agro se viene discutiendo el tema de la comunicación. La realidad es que fue tan fuerte el embate anti-campo, con el cuento de la sojización, los desmontes, la “extranjerización” y la “concentración”, que cualquier esfuerzo por explicar la realidad era como predicar en el desierto. También se decía que no ocupaba mano de obra, o el trabajo en negro, los bajos salarios, las condiciones de vida.

Pero nosotros, desde las páginas de Clarín Rural, le prestamos poca atención a esa ola visceralmente tecnofóbica. Seguimos machacando con “la Segunda Revolución de las Pampas”, una epopeya que llevó a triplicar la producción de granos en volumen en apenas un cuarto de siglo. Pasamos de 45 millones de toneladas a mediados de los 90, a las 150 millones del año pasado. Con el adicional de que ahora buena parte de esa producción es soja, en un proceso que fue acompañado por una gigantesca ola de inversiones corriente abajo, con la instalación de la más poderosa industria del planeta, con capacidad de molienda superior a la actual cosecha. Con más de cien destinos y aportando el 40% de las divisas que ingresan al país. No es un tema menor en tiempos turbulentos, sobre todo, porque el mundo no da muestras de aflojarle ni a la harina ni al aceite. Y sumemos el trigo, el maíz, las carnes, las frutas, el arroz, el algodón, el maní, el vino, los arándanos, la miel siguen las firmas.

El 40% del empleo en la Argentina está relacionado directa o indirectamente con la producción agroalimentaria. Y de bioenergía. Y ahora también de insumos médicos como el alcohol en gel. Con productores que hacen las tres cosas: alimentos, bioenergía, alcohol, como comentamos la semana pasada en esta misma columna con la invocación a la familia Aguilar, del norte de Córdoba.

Con Manuel Otero y sus laderos del IICA, nos comprometimos a apretar el acelerador, y aprovechar esta nueva mirada sobre el agro para recrear el vínculo entre campo y ciudad. Con cuidado, porque ser chacarero o empresario del campo está lejos del heroísmo de los médicos y sanitaristas que están en contacto con los pacientes del coronavirus. No son (somos) héroes. Simplemente tienen el privilegio de poder ejercer el oficio de proveer comida a la comunidad y, ahora, ser reconocidos por ello. Un poco más. Un camino de mil millas, dicen los chinos, se inicia con un primer paso. Acompañaremos a Manuel y al IICA en todos los que siguen.

Fuente: Clarin

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