4 de mayo de 2020 00:59 AM
Imprimir

Sin apicultor no habría colmenas

El estado de alarma ha coincidido con el arranque de las explotaciones apícolas y los desplazamientos para atender los colmenares están permitidos. En estos momentos la actividad se centra en hacer los núcleos

En estos momentos, dependiendo de si están en el sur o en el norte de la provincia, pues se llevan más de 20 días de diferencia en el campo, los apicultores se dedican a hacer los núcleos, es decir, sacar de una colmena madre sus descendientes. «Hay muchos métodos y cada uno aplica el suyo, según sus necesidades; desde dividir la colmena en dos partes, división en abanico, babys y de cada método sus variantes», explica el presidente de la Asociación Palentina de Apicultores (APA) Julián Caballero, que subraya que «son muy autodidactas y cada cual tiene su librillo». 


Con esta labor de reproducción, que es «imprescindible» para la continuidad del colmenar, pues hay mucha mortandad en invierno -hasta un 40% de media-, se intenta evitar, y es la «labor principal del apicultor», que «las colmenas por su naturaleza enjambren (ellas mismas se dividen naturalmente), y una gran parte de las abejas  se marchede su casa para buscar otra en otro lugar, con la correspondiente pérdida para el apicultor que lleva todo el año proporcionándole los cuidados que necesita».


Como también explica Julián Caballero, otra de las labores principales en estos momentos es ordenar la colmena de forma que crezca con más facilidad (miel, cría  y polen), a la vez que se introducen láminas de cera para que las abejas  las estiren y formen los típicos panales exagonales. «Con esta labor al mismo tiempo que el apicultor amplía y da espacio a la colmena evita ese temido enjambrazón», afirma.


La actual crisis sanitaria, en principio «no afecta demasiado», pues las ganaderías son consideradas de primera necesidad, «si bien hay problemas puntuales en los suministros de material, imagino que como en todos los sectores», comenta Caballero, que añade que el estado de alarma ha coincidido con el arranque de las explotaciones apícolas y «los desplazamientos para atender los colmenares están permitidos, siempre acompañado de la documentación del mismo y si está en ruta desde casa al colmenar. De ser más de una persona, con las medidas de seguridad pertinentes, cumpliendo distancias de seguridad».


Esta primavera «viene muy bien», y es que las  lluvias y su repercusión en el campo propician que «las colmenas crezcan con rapidez», aunque, como en todo, «siempre hay un pero; las abejas lo detectan y de no controlar ese crecimiento terminarán enjambrando. Este año la primavera viene con lo que los apicultores llamamos fiebre de enjambrazón». «Si bien el año comienza favorable -prosigue Caballero-, la miel que en estos momentos recolectan las colmenas la consumen ellas mismas. Más adelante, a medida que  crecen en población  empiezan a almacenar miel y es cuando el apicultor puede recoger una parte de ese almacén». 


Para esto,  «aún queda mucho tiempo; la miel de brezo, por ejemplo,  hasta finales de agosto o septiembre no se recolecta -catar es la palabra utilizada por los apicultores- y hasta que lleguen esas fechas el cielo tiene mucho que decir, que no tengamos heladas tardías y que llueva puntualmente».
problemas. La avispa asiática (Vespa velutina), si bien se ha localizado en distintos puntos de la provincia, «aún no ha  creado daños a los colmenares ni a las personas, pero es algo que llegará y para lo que no estamos preparados. Tenemos regiones limítrofes donde ya es un desastre  y eso que  luchan desde muchos frentes contra ella, deberíamos prepararnos para lo que nos viene», afirma.


En cuanto a la  varroa, calificada como el «principal enemigo» de la abeja y por ende del apicultor, es hoy por  hoy  la causa de la gran mortandad de las colmenas. «El apicultor que quiera permanecer siéndolo debe conocer bien este ácaro,  tanto o más que a las abejas, desde cómo se reproduce a cómo poder eliminarlo y las consecuencias que tiene en la colmena».


Julián Caballero habla de un tercer factor que, sobre todo en el sur de la provincia, «también está creando problemas puntuales». Se trata de los abejarucos, «pájaros muy bonitos pero que, como su nombre indica,  si pueden se alimentan principalmente de abejas, creando  presión y temor en las colmenas; llegando el punto de que las abejas no salen al campo pues saben que las está esperando».


Desde la Asociación Palentina de Apicultores, se valora la apicultura en la provincia de Palencia como un «factor positivo» para  fijar población. «La persona con colmenas tiene que pasar muchas horas atendiéndolas y esto implica  vivir en los pueblos o ir continuamente a ellos». 


Entre las dos asociaciones (Apinorpa es la otra,  Apilcultores del Norte de la Provincia), explica Caballero, «hay unos 500 apicultores aficionados con un número de colmenas que satisfacen sus necesidades de consumo y también hay muchos profesionales que viven de sus colmenas». Por otro lado,  «profesionales de otras provincias vienen justo en el momento de las mieladas para poner sus colmenas y recolectar, lo que está ocasionando problemas de convivencia entre colmenares estantes y trashumantes», según pone de manifiesto Caballero, que incide en que «la Montaña Palentina está recibiendo una presión de colmenas trashumantes que se debería regular, ni todos los años son iguales ni todas las zonas admiten las colmenas que se quiera. Se está sobreexplotando el medio, perjudicando a los apicultores que pasan el año en el mismo asentamiento, polinizando su territorio». La administración, a su juicio,  «debería implicarse y regular las cantidades de colmenas que se puedan instalar como lo ha hecho en otros temas, como puede ser caza, pesca o  micología».


El número de profesionales en la provincia «va en aumento» y también el de mujeres que se incorporan a la apicultura. «En la pasada feria apícola que se celebró en febrero en Palencia fueron cinco las que dieron a conocer sus experiencias como apicultoras»,  expone Caballero, que recalca que «es un oficio en el que hay desde recién licenciados hasta veteranos de toda la vida. El que se mete en el mundo de las abejas, por regla general, ya no lo abandona… queda enganchado para toda la vida».


Julián Caballero asegura, a modo de conclusión, que «si en su día apareció la figura del apicultor porque había colmenas; hoy si desapareciesen los apicultores desaparecerían las abejas. No se conoce una sola colmena que viva por sí sola, desde que llegó la varroa han desaparecido todas. Con la importancia que tienen las abejas para la economía y el medio ambiente, bien está que las distintas administraciones cuiden a los apicultores, esto repercutirá en todos».

Publicidad