12 de mayo de 2020 12:08 PM
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La pandemia y la cuestión alimentaria

Por Ignacio Vila, de Revista PPV, especial AIM. La pandemia mundial ha vuelto a poner en el centro de la escena la cuestión alimentaria en nuestro país. Aumentos injustificados de precios, desabastecimiento, cierre de supermercados, compras públicas y otros temas más se multiplican a diario en los medios de comunicación y son temas de conversación de cabecera en esta cuarentena. Finalmente, no son más que los problemas históricos, pero exacerbados por el contexto: los grandes actores del mundo alimentario aprovechan cada oportunidad para ampliar sus beneficios.

Viejas recetas

Ante esta antigua y renovada realidad, la estrategia del Estado parece apostar a viejas recetas: negociación con los grandes jugadores. En ese marco, vemos a diario que los responsables de abastecer desabastecen, que los precios controlados se descontrolan y que los encargados del transporte de alimentos guardan sus camiones. Sin caer en la idea de negar la importancia de los grandes actores del sistema alimentario en nuestro país, la pregunta es: ¿seguirán nuestros dirigentes poniendo la mirada sólo en estos actores? ¿Seguirán confiando en que “esta vez sí van a cumplir”? Está claro que, en esta etapa, se abandonó la idea de que el control no hace falta debido a un previo “pacto de caballeros”. Pero es necesario contemplar que un Estado desguazado no tiene una estructura realmente capaz de ejercer un control de precios serio.

Por otro lado, desde algunos movimientos sociales se está avanzando en la idea de armar una estructura estatal para producir alimentos y comenzar a gambetear a los grandes actores. Se hace realmente difícil pensar en que, actualmente, el Estado tiene la capacidad de involucrarse en una tarea que desconoce, y en un marco en el que, de por sí, no tiene la capacidad de llevar adelante con eficiencia la provisión de bienes y servicios que hoy tiene a su cargo. La pandemia, en este punto, vino a mostrarnos esta situación de manera dramática.

Nuevas recetas

Paralelamente, tenemos otra realidad. Existen miles de cooperativas y pymes con capacidad para producir alimentos de calidad y con una amplia capacidad ociosa, sin acceso a la tecnología de punta, sin financiamiento razonable y sin acceso a los grandes mercados locales, dominados por los grandes supermercadistas en acuerdo con los grandes productores de alimentos.

Además, otro factor que está cambiando es la opinión púbica sobre estos actores. Hace algunos días, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag) realizó una encuesta sobre el panorama político y social en Argentina, dentro de la cual intentó obtener una evaluación de los actores sociales. En este marco, una de las preguntas del estudio rezaba: ¿Cómo evalúa el desempeño de los siguientes actores sociales durante la presente crisis sanitaria? Los científicos cosecharon casi el 80 por ciento de la imagen positiva, la Organización Mundial de la Salud el 74 por ciento, las empresas de envíos (como Rappi, Glovo y Mercado Libre) un 67 por ciento, las grandes cadenas de supermercados un 46,7 por ciento, los bancos un 43 por ciento y los jueces un 20 por ciento. Todo un dato.

Calidad de producción o de comunicación

En nuestro país, existe capacidad productiva, conocimiento técnico específico, desarrollo de tecnología propia y una profunda voluntad de producir alimentos de calidad. Hay un orgullo productivo, una obsesión por producir productos de calidad, “no como los que venden en los supermercados”, se escucha en la boca de cada pequeño productor en todos los rincones del país.  En este sentido, la periodista canadiense Naomi Klein en su libro No Logo, nos explica el momento en el cual la calidad de los productos pasa a segundo plano para las grandes empresas mundiales y asegura que:

“A finales de los 80 los teóricos de la gestión de empresas elucubraron la teoría que asegura que las empresas de éxito deben producir ante todo marcas y no productos.  Hasta entonces, aunque el mundo empresarial entendía la importancia que tiene dar lustre a las marcas, la principal preocupación de todos los fabricantes serios era fabricar artículos. Estos pioneros plantearon la osada tesis de que la producción de bienes sólo es un aspecto secundario de sus operaciones, y que gracias a las recientes victorias logradas en la liberalización del comercio y las reformas laborales, estaban en condiciones de fabricar sus productos por medio de contratistas, muchos de ellos extranjeros. Lo principal que producían estas empresas no eran cosas, según decían, sino imágenes de sus marcas”.

La calidad productiva pasa a segundo plano, lo importante pasa a ser la capacidad de generar opiniones positivas sobre las marcas, para luego trasladarle esa imagen a los productos. En este nuevo modo, la calidad nutricional, la sanidad, la capacidad de aportar al desarrollo humano ya no interesan, todo lo contrario, a lo que piensan los pequeños y medianos productores locales.

Ahora bien, ¿se puede cambiar la estructura de la producción de alimentos en nuestro país de un día para el otro? La respuesta es clara: NO. Hemos sufrido muchos años de desaparición de pequeñas y medianas explotaciones agropecuarias y de migración del campo a la ciudad. Paralelamente, en ese lapso, hemos sido testigos del fuerte avance en el volumen de producción y comercialización de los alimentos en manos de grandes empresas trasnacionales. Ambas situaciones nos han convertido en un país que depende de estas empresas para poder alimentar a su población, así como para conseguir divisas.

La pandemia, finalmente, genera las condiciones para que esta situación quede más expuesta que nunca. Es necesario que la dirigencia del campo popular apunte los cañones seriamente para comenzar a reconstruir este sector y recuperar para lxs argentinxs la soberanía alimentaria volviendo a poner el eje en producir alimentos que nutran y alimenten. Como asegura Naomi Klein:

“(…) a medida que los secretos que yacen detrás de la red mundial de las marcas sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, su exasperación provocará la gran conmoción política del futuro, que consistirá en una vasta ola de rechazo frontal a las empresas transnacionales, y especialmente aquellas cuyas marcas son más conocidas”.

La pregunta que queda por realizar es si seremos capaces de encabezar esta nueva conmoción.

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