21 de mayo de 2020 11:30 AM
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Coronavirus y cambio climático: algunos aprendizajes

Las emisiones de carbono tendrán que ser drásticamente reducidas a través de prohibiciones

La pandemia del Covid-19 es un ensayo general de lo que será la crisis mundial ocasionada por la degradación ambiental y el cambio climático . Escribo estas líneas con total conciencia de que la mayoría de los lectores quisiera evadir este tipo de pensamientos y preferiría concentrarse en la vuelta a los tiempos “normales”, sin preocuparse por gérmenes peligrosos y otras amenazas a los hábitos de consumo y rutinas que hemos desarrollado como sociedad.

Sin embargo, creo que estos tiempos de pandemia son adecuados para tomar conciencia de qué es lo que se viene e imaginar el mundo entero en crisis, esta vez por diferentes motivos. En primer lugar, es importante considerar algunos aprendizajes que deja el Coronavirus .

  • En situaciones de crisis, es posible que el mundo se pare. Para evitar miles de muertes, se paralizaron actividades que son el sostén de la economía mundial. Esto tiene analogía con situaciones de guerra. Implican la postergación del interés particular en favor del bien común. Los gobiernos tomaron decisiones que jamás hubieran tenido viabilidad política en tiempos “normales”.
  • Las probabilidades de éxito para afrontar la crisis dependen del compromiso y participación de la sociedad. No es posible controlar la expansión del virus si los ciudadanos deciden ignorar las estrategias propuestas. La educación es clave.
  • Los países que desestimaron u ocultaron la gravedad del problema en su comienzo, tienden a tener mayor cantidad de enfermos y muertos. “No pasa nada.” cuesta vidas. Podemos pensar que estas lecciones son válidas para cuando afrontemos la crisis ambiental global.

El paralelismo entre Covid-19 y cambio climático solo es posible en términos de crisis global. En realidad, son situaciones muy diferentes. La pandemia es un proceso que sucede muy rápido, y las respuestas a las medidas de control también se observan en intervalos de tiempo acotados (semanas, meses).

La crisis ambiental y el cambio climático son procesos acumulativos y lentos. Las respuestas también lo son, y la unidad de tiempo son años o décadas. A pesar de que las pandemias han azotado al mundo desde hace milenios, es muy difícil predecir cuando van a suceder. Ninguna alarma sonó a finales de 2019 para anticipar como sería el 2020. Opuestamente, la crisis ambiental es fácilmente predecible.

No hay que ser futurólogo ni experto en clima. Solamente hay que proyectar las tendencias actuales y sabemos que de volver a la “normalidad “en nuestra actividad, estamos a menos de 17 años de aumentar dos grados la temperatura media del planeta con respecto a 1880, con las consecuencias que esto acarrea.

El covid-19 impacta fuertemente la economía mundial, afecta en forma directa a un porcentaje pequeño de la población mundial, aunque haya producido la muerte de cientos de miles de personas y produjo un cambio forzado del estilo de vida, que asumimos como temporario.

El calentamiento provocará la reducción drástica del hielo de los casquetes polares (principalmente el Artico) y los hielos continentales.
El calentamiento provocará la reducción drástica del hielo de los casquetes polares (principalmente el Artico) y los hielos continentales. Crédito: Shutterstock

Ambientalmente podría decirse que su efecto fue positivo, ya que en muchos centros urbanos e industriales se redujeron las emisiones de gases de efecto invernadero y otros efectos contaminantes de la actividad humana. La crisis ambiental requerirá un cambio estructural y permanente de la economía mundial. Se requerirá replantear hábitos de consumo y estilos de vida de los ciudadanos. Afectará (y ya lo hace) a todas las especies que habitan el planeta, no solamente a los humanos ya que el impacto ambiental será negativo y generalizado.

¿Qué aspecto tiene la crisis ambiental?

La concentración actual de dióxido de carbono en la atmósfera, medida por el Observatorio de Mauna Loa, en Hawai, es de 416 ppm. El fenómeno que conocemos como calentamiento global o efecto invernadero se aceleró partir de 1990, cuando el planeta superó por primera vez las 350 ppm (nunca tuvo estos valores en los últimos 800.000 años).

La tasa de aumento anual de la concentración es de 2,5 ppm de CO2 por año. La mayoría de los expertos calcula que cuando se alcance una concentración de 450 ppm, la temperatura del planeta subirá dos grados, provocando cambios de enorme impacto sobre el clima y el ambiente.

De continuar “normalmente”, estaríamos alcanzando estos valores en 14 años. Algunos de los efectos esperados: aumento de la frecuencia de golpes de calor, con efecto directo en la salud humana, especialmente en adultos mayores y niños y aumento de la intensidad y duración de las sequías, provocando pérdidas en las cosechas y crisis en la provisión de agua potable en muchas regiones.

Las sequías aumentarán el riesgo agrícola en general y provocarán el colapso del sistema de provisión de alimentos en muchos países donde la seguridad alimentaria es un problema en la actualidad.

Esto provocará grandes desplazamientos de población (refugiados ambientales) que huirán del hambre presionando las fronteras de los países desarrollados. Como contracara de las sequías, estas se alternarán con eventos de lluvia más intensos. Aumentará la frecuencia de huracanes e inundaciones catastróficas.

El calentamiento provocará la reducción drástica del hielo de los casquetes polares (principalmente el Ártico) y los hielos continentales. Se descongelarán los suelos (permafrost) de la tundra ártica, liberando enormes cantidades de metano fósil que estaba retenido en el hielo, acelerando el proceso de calentamiento. El nivel del mar subirá entre 50 centímetros y dos metros, según el modelo de pronóstico que se use.

En cualquiera de los casos, esto afectará a las 200 ciudades y miles de pequeñas poblaciones que se encuentran a menos de 10 metros sobre el nivel del mar. La imagen de Venecia inundada nos debería pintar la escena del aumento de la frecuencia de mareas intrusivas (el mar entrando a la ciudad), que afectará a millones de personas. El mar se calentará y acidificará, provocando la muerte de los arrecifes de coral además de otros impactos sobre la ecología marina y los recursos pesqueros.

Aun para los incrédulos, que creen que toda esta evidencia científica es falsa, l a degradación de los suelos, la pérdida de los bosques y pastizales, la contaminación del agua y el aire, la pobreza rural son problemas más que concretos que habría que abordar de todas maneras por lo que ellos implican, aún sin relacionarlos con cambio climático.

Si el mundo se paró por el COVID-19, ¿que tendrá que hacer cuando llegue la crisis ambiental?

Un escenario posible. Así como el aislamiento social obligatorio fue impuesto a los países junto con otras medidas de mitigación del Covid-19, en la crisis ambiental serán necesarias dos tipos de medidas: las que reducen drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y las que fomentan el secuestro de carbono en los suelos, que son su sumidero natural. Las primeras tienden a echar menos carbono al aire, las segundas buscan sacar carbono excedente del aire y almacenarlo en forma estable en el suelo.

Advirtiendo al lector que el escenario que se describe a continuación es un mero ejercicio de imaginación, y que podría diferir sustancialmente de lo que suceda en realidad, la crisis ambiental podría describirse como:

  • Las emisiones de carbono tendrán que ser drásticamente reducidas a través de prohibiciones, cambios tecnológicos, impuestos a las emisiones y mercados compulsivos de carbono entre otras. Deberemos pasar de una economía y cultura basada en combustibles fósiles a una basada en fuentes de energía renovable sin emisiones de carbono.
  • Todas las empresas deberán analizar sus emisiones (análisis de ciclo de vida) y tener planes de reducción y neutralización de estas. En este escenario de crisis no será admisible realizar negocios que emitan más carbono que el que secuestran. Los que no puedan evitarlo tendrán que neutralizar su huella promoviendo la regeneración de tierras en algún lado.

Esto implicará que serán necesarios mercados de servicios ambientales donde las empresas y los consumidores puedan encontrarse con los productores que están secuestrando carbono y realizar transacciones.

Estas permitirán que los productores sean remunerados por su contribución al aumento de la biodiversidad, la captura de agua de lluvia y secuestro de carbono. Las transacciones requerirán la medición de resultados objetivos, que aseguren que los procesos regenerativos sucedieron efectivamente.

Se promoverán activamente la forestación, las formas de agricultura basadas en especies perennes, la agroforestería, la agroecología, el manejo silvopastoril y la ganadería regenerativa, combinando recursos y estrategias de fondos globales, gobiernos y empresas privadas.

Todas estas alternativas se basan en la biomímica, el bajo a nulo uso de insumos químicos, el mantenimiento del suelo cubierto y con alta actividad biológica, el uso de herbívoros domésticos y la búsqueda intencional de la biodiversidad. El impacto de estas alternativas es relevante a escala global, como lo demuestran varias publicaciones sobre el tema. Los consumidores jugarán un rol decisivo, optando por el consumo de productos que provengan de predios cuya regeneración haya sido verificada objetivamente.

Anticipar la jugada. El hecho de que quede todavía poco más de una década tiene efecto paradojal, ya que si bien tenemos la ventaja de saber que esto va a suceder en un lapso definido de tiempo, también brinda un espacio amplio para postergar decisiones. Es altamente probable que muchas empresas, comunidades y naciones esperen hasta que la crisis estalle para poner en marcha las estrategias de solución que hemos mencionado.

Lo que podría planificarse, ejecutarse en forma progresiva y ordenada, va a ser reemplazado por la urgencia, la improvisación y la acción desesperada. Los que sean capaces de visualizar lo que viene y actuar inmediatamente afrontarán la crisis en mejores condiciones y tendrán ventajas competitivas de enorme magnitud cuando esta llegue.

Deberíamos tener políticas públicas a todo nivel para ir cambiando nuestra forma de generar y consumir energía, los hábitos de consumo, la forma de construir viviendas y la forma en que producimos fibras y alimentos.

Las políticas de desarrollo a nivel de municipios, provincias y Nación deberían centrarse en los nuevos paradigmas y comenzar ya a producir los recursos humanos que serán vitales para resolver la crisis y los alimentos y fibras que deberán sustituir a los actuales.

Aún nos queda espacio para el optimismo. La regeneración de tierras ayudará a evitar esta catástrofe y además permite resolver simultáneamente problemas centrales de nuestra sociedad como el desarrollo sustentable, la generación de riqueza y empleo, la equidad social y la mejora de la calidad de vida, incluyendo la calidad de la alimentación.

No hay liderazgos claros en este tema en el mundo. Podemos sacar ventajas si vemos la jugada y comenzamos cuanto antes. Bien podríamos ser los países Latinoamericanos los líderes de la regeneración ambiental, económica y social que el mundo pedirá a gritos cuando se acabe el tiempo de procrastinar.

El autor es cofundador de Ovis 21

Por: Pablo Borrelli

Fuente: La Nacion

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