11 de julio de 2020 12:22 PM
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El cambio climático apura cambios de paradigma en el agro

Especialistas del Inta prevén un aumento en los fenómenos extremos, entre otras cosas. Cuál será el impacto en los cultivos pampeanos.

La variabilidad y cambio climático, que ya está en funcionamiento desde hace décadas, ha demandado a productores e investigadores un permanente estudio acerca de cuál es su impacto sobre los cultivos, cuáles son las mejores prácticas de manejo y tecnología para lograr un mayor rendimiento y adaptación a los eventos meteorológicos extremos, que se intensificarían al menos en un futuro cercano, según distintas proyecciones.

Así es como el conocimiento juega un papel fundamental para maximizar la eficiencia en el aprovechamiento de los recursos en ambientes con alta vulnerabilidad climática. Todo esto fue abordado días atrás por especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta) en el marco de un ciclo de conferencias del sector agropecuario frente al cambio climático y su impacto sobre la producción vegetal.

“La variabilidad climática siempre implica un riesgo para la productividad de los cultivos. Puede ser estacional, interanual o decadal (regional) y está incrementada por los procesos de cambio climático que se analizan a nivel de multidécadas, los cuales tienen que estar asociados a un efecto antrópico. Estos efectos del cambio climático ya se establecieron a partir de la segunda mitad del siglo pasado”, explicó la ingeniera agrónoma y doctora Fernanda González, de la estación experimental Pergamino del Inta.

Para las regiones húmedas y el centro de Argentina “lo que produjeron esos efectos fue un aumento de temperatura media anual —principalmente la mínima antes que la máxima—, disminución de días con heladas, aumento de precipitaciones medias y en los eventos extremos y en la región centro se registró un aumento de la racha seca en invierno, es decir, la cantidad de días sin lluvias en el invierno”, agregó la profesional, que también es investigadora del Conicet.

González señaló que en el futuro cercano, considerando un período hasta 2039, estos cambios que ya se observan se van a intensificar, seguirá aumentando la temperatura en aproximadamente un grado, aumentarán las olas de calor y las temperaturas extremas, la precipitación media será similar o levemente mayor, habrá un aumento de precipitaciones intensas y el riesgo de inundaciones, mientras que la racha seca en la región centro también se va a agravar.

Esta variabilidad climática “va a generar riesgos para la productividad de los cultivos”, advirtió señalando la zona núcleo y área circundante, y recordó el déficit hídrico ocurrido en el período entre 1980 y 2016 que perjudicó al trigo, maíz y soja tanto en siembra temprana como tardía. En ese mismo período, esos mismos cultivos estuvieron expuestos a los excesos hídricos en algunas zonas y fechas de siembra en particular.

Esos mismos riesgos “van aumentar o disminuir en función de estos cambios que va a imprimir hacia el futuro el cambio climático. Los mapas de riesgo para el futuro cercano a 2039, indican que en un escenario climático benévolo, podría disminuir el déficit hídrico para trigo, salvo en zonas muy particulares; el escenario de maíz es un poquito más variado, dependiendo de la región; y en soja de primera claramente hay una disminución pero a medida que va hacia el norte y centro de Córdoba podría aumentar”, reveló González, en alusión a la zona productiva, especialmente la región núcleo.

En cuanto a los excesos hídricos, en general no hay cambios a futuro aunque podrían aumentar en el trigo, sería un poco más variado de aumento y disminución para el maíz, mientras que de nuevo para la soja de primera el exceso hídrico iría en aumento en la región productiva.

Efectos

La temperatura media, que regula el desarrollo de los cultivos, viene aumentando y en consecuencia achicando el ciclo productivo, con el riesgo de disminuir la duración del período crítico de los cultivos, y por lo tanto generar una disminución de las estructuras reproductivas y por ende, menos número de granos. Además, ese mismo fenómeno de estrés térmico puede reducir la etapa de llenado de granos, y por lo tanto el peso de éstos suele disminuir.

Todos los detallados arriba son los llamados efectos indirectos, aunque también puede haber efectos más directos “cuando afecta la generación de las estructuras productivas, como por ejemplo puede suceder que un estrés térmico cercano a la floración reduzca la viabilidad de los granos de polen o puede afecte directamente la viabilidad de los ovarios”, explicó González.

“Y si vemos lo que pasa con el déficit hídrico, lo primero que va a afectar es la expansión foliar, el número de granos y puede disminuir la eficiencia en el uso de la radiación a través del cierre estomático. También este déficit, si es muy marcado y en una etapa de llenado de grano, puede acortar y disminuir la tasa de llenado”, añadió la especialista.

“Lo importante con los estreses abióticos es comprender que el impacto final del estrés va a depender del momento en el ciclo del cultivo en el cual ocurre, qué intensidad tiene, cuánto dura y cuál es la sensibilidad del genotipo a este estrés en particular. Así es como se pueden definir distintos niveles de rendimiento”, aclaró la ingeniera agrónoma.

Rendimiento

El rendimiento potencial es aquel que estará definido por la concentración de dióxido, por la radiación, la temperatura, el genotipo y el fotoperíodo. El rendimiento alcanzable es aquel que va a estar limitado por el agua.

En los cultivos de invierno como el trigo, por ejemplo, “la relación entre la radiación y la temperatura es muy importante y uno lo puede variar en función de la fecha de siembra y modificar el potencial del rendimiento”, explicó González.

Para mejorar o aumentar el rendimiento alcanzable y el rendimiento real (que está condicionado por factores reductores como malezas, enfermedades y plagas), hay dos formas: mejorando el potencial ya sea por mejoramiento o por prácticas de manejo, o disminuyendo la brecha entre el rendimiento alcanzable y el potencial. Para ello, y ante un estrés abiótico, hay dos formas posibles: escapar al estrés en los períodos más sensibles en el ciclo del cultivo, o que el cultivo pueda tolerar ese estrés.

“El mejor mecanismo va a depender de cuán predecible es el estrés, su duración y de la estación de crecimiento que dispongo en ese lugar en particular. La tolerancia al estrés generalmente está asociada al mejoramiento genético y a lograr genotipos con mayor tolerancia”, agregó la profesional.

Para la ingeniera agrónoma Claudia Vega, investigadora en la estación experimental de Inta Manfredi de Córdoba, “en el contexto de cambios en el clima ocurridos y esperables, la existencia de brechas en los rendimientos de lo alcanzable versus el rendimiento del productor representan una oportunidad que requiere, sin embargo, mejor conocimiento de procesos para maximizar la eficiencia en el uso de recursos”.

La especialista y docente en la Universidad Nacional de Córdoba consideró que la estrategia más exitosa para estabilizar rendimientos en ambientes con alta vulnerabilidad climática es la de adaptación del ciclo por escape por fecha de siembra y genotipos.

“En la zona central donde se esperan primaveras más secas, será necesario mejorar estrategias para la captura del agua y en este caso quiero remarcar el rol de las rotaciones y del manejo de coberturas, que garantizan la posibilidad de fechas de siembra temprana. En zonas con excesos hídricos por menor evapotranspiración de los cultivos ya tendremos una oportunidad de hacer sistemas mucho más intensificados”, añadió Vega

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