25 de julio de 2020 01:46 AM
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Alberto Fernández, entre un nuevo elogio al campo y el ¿mito? del valor agregado

CompartiremailFacebookTwitterEn los últimos quince días, el Gobierno parece decidido a relanzar su relación con el sector agroindustrial. Tras siete meses de cortocircuitos y acciones fallidas, el propio Alberto Fernández metió en la agenda al campo, dándole el rol de motor de desarrollo de la Argentina. La duda es si existe un plan para que la agroindustria […]

En los últimos quince días, el Gobierno parece decidido a relanzar su relación con el sector agroindustrial. Tras siete meses de cortocircuitos y acciones fallidas, el propio Alberto Fernández metió en la agenda al campo, dándole el rol de motor de desarrollo de la Argentina. La duda es si existe un plan para que la agroindustria pueda ayudar al despegue de la economía. Aunque, ¿se necesita un plan? (no sería amable exigírselo a Alberto cuando acaba de decir que no cree en ellos). Tal vez sea suficiente un conjunto de acciones más simples, con continuidad.

Las menciones al campo comenzaron el 8 de julio en la inauguración de un puerto de la Asociación de Cooperativas Argentinas en Timbúes, Santa Fe. “Los hombres del campo tienen mucho para dar en la Argentina”, dijo el primer mandatario sorprendiendo a muchos, cuando aún estaba vigente la intensión de expropiar Vicentin.

Además, ponderó el “desarrollo tecnológico” del campo argentino y abogó por una “mayor industrialización de las materias primas”. También reconoció que, en época de pandemia, el campo es lo que le permite a la Argentina “producir y exportar en el modo que lo estamos haciendo”.

Los elogios siguieron al día siguiente, en el acto del 9 de julio. Teniendo a su lado al presidente de la Sociedad Rural Argentina, Daniel Pelegrina, afirmó que al país lo van a sacar adelante todos los sectores que estaban representados en esa foto, el campo incluido.

Ayer fue el turno de la proyección internacional de las palabras. El lugar elegido, la presentación ante el Council de las Américas.

En un discurso cuyo eje argumentativo fue la negociación de la deuda, con paseos sobre las dificultades presentes de la Argentina y las actividades y estrategias en las que puede basar su recuperación, el campo asomó en tres conceptos: oportunidad de inversión, generador de divisas y promotor de desarrollo territorial.

Claro, también surgió la visión de una región central rica vs un norte y una Patagonia periféricos en cuanto a desarrollo (cualquier similitud con Chetoslovaquia es mera coincidencia). Soluciones propuestas por Alberto: plan de obras públicas que mejore conectividad; acuerdo con Chile para tener salida por el Pacífico; mejorar la hidrovía del Paraná; desarrollar más la producción de gas; potenciar la economía del conocimiento, entre otras.

El objetivo, captar inversión y exportar con mayor valor agregado. Y fue claro: “La única forma de afrontar la deuda es tener una balanza comercial positiva”.

La clave del valor

Suele haber un pensamiento común en todos aquellos que no siguen de cerca la actividad agropecuaria y agroindustrial: que el sector no genera valor agregado.

En el otro extremo, la gente de campo maneja un concepto a veces difícil de explicar: un grano de soja o de maíz es, en sí mismo, un producto con valor agregado debido a toda la tecnología en investigación y manejo del cultivo que implica todo el proceso de una cosecha. Acá se incluye desde la altísima inversión en tiempo y dinero en la obtención de variedades hasta la precisión de un manejo sustentable.

Por eso es interesante el ejemplo de Alberto en su ponencia. En el eje medio del debate, señaló que “lo ideal sería dejar de vender alimentos para los animales que otros tienen y empezar a alimentar a otros animales y vender nuestra carne en el mundo”.

El concepto es mucho más alcanzable que el famoso “vendamos pastas a Europa en lugar de venderles trigo” (pueril porque los europeos no quieren comprar pastas y, de hecho, ni siquiera trigo argentino). Lo saliente es que permite centrarse en los verdaderos problemas que tiene hoy la inversión.

La carne de cerdo es un ejemplo. En cuatro años, la producción creció 30% hasta las 630 mil t equivalente res de 2019; las exportaciones se incrementaron 245% y el consumo local pasó de 11 a 15 kg por habitante al año.

Sin embargo, para seguir adelante hacen falta inversiones en granjas, faena y capacidad de frío. Desde el sector señalan que se deberían captar unos USD 1.000 millones para dar un salto del 50% en la oferta del producto, lo que consolidaría el mercado interno y permitiría continuar desarrollando clientes internacionales.

El costo de un planteo de alta productividad es de unos USD 8.000 por madre, incluida la infraestructura. El país debería sumar unas 100 mil madres en los próximos años, lo que significaría USD 800 millones, y desembolsar otros USD 200 en plantas frigoríficas y logística de frío.

¿Las limitantes? Principalmente la falta de crédito, pero también hay temas impositivos, de infraestructura y logística comercial y el combate de la actividad informal.

Por el lado de la carne vacuna, la cosa tampoco es sencilla. El peso de la res de la Argentina está estancado en el orden de los 225 kg desde hace años. En el otro extremo, Estados Unidos tiene un peso promedio de 340 kg. Esa diferencia se basa, en gran parte, en sus sistemas productivos, intensivos en granos.

Sin buscar llegar a ese punto, la Argentina podría sumar algunos kilos en base mayor alimentación pastoril y terminaciones a corral que demandaría una cantidad superior de granos. Nuevamente, el principal escollo es la falta de financiamiento en alargar el ciclo de producción (más peso, igual a más meses a campo) y una inflación que hace incierto el cálculo de costos.

Saliendo de las carnes, otro ejemplo son los biocombustibles. El sector comenzó a desarrollarse en la Argentina en 2007 a partir de la ley de promoción sectorial sancionada el año anterior.

El presente parece con dudas por una combinación de problemas legales en los mercados internacionales y estancamiento del mercado local por el bajo nivel de corte de los combustibles fósiles con biocombustibles y la demora en la discusión de la nueva norma que reemplace la actual, a punto de vencer.

Por lo pronto, la lucha diaria de las empresas apunta a lograr un aumento del corte para potenciar la demanda y que se les fije el precio mensualmente como marca la ley, todo por la supervivencia de las inversiones, mientras llegan tiempos mejores.

Subir el corte también significaría un beneficio para el país. Una estimación reciente del sector privado indica que pasar el corte de las naftas del 12 al 27,5 por ciento, similar al de Brasil, representaría sustituir importaciones por USD 2.500 millones anuales.

Dato extra: Estados Unidos destina el 40% de su producción de maíz a etanol, mientras que la Argentina emplea solo el 2,5% con ese destino.

Ampliando la mirada al resto de los sectores, hay que sumar la necesidad de estabilidad de reglas de juego, altísima presión impositiva en toda la cadena (la fundación FADA estima que el Estado se queda con el 68% de la renta agrícola) y negociaciones internacionales sólidas y con continuidad para superar barreras en los mercados.

Pero hay otro factor, para que esas y otras actividades se desarrollen: hay que asegurarles la provisión de los granos suficientes. Para lograrlo, sería aconsejable evitar, por ejemplo, subas de derechos de exportación, ya sea con motivos recaudatorios o para favorecer artificialmente a alguno de los eslabones de la cadena.

La historia reciente apoya esta idea. Después de haber llegado a su mínima expresión en 2014 (3,6 millones de hectáreas), la superficie sembrada con maíz creció hasta los 7 millones en la última campaña por el simple hecho de haber eliminado los derechos de exportación en diciembre de 2015.

Por supuesto, en momentos de crisis económica, pandemia y negociación de deuda, la eliminación de las retenciones parece una utopía, pero el sector necesita un horizonte al respecto para prever inversiones.

Y, sobre todo, NO necesita decisiones de políticas inconsultas (como la modificación de las retenciones de marzo), intentos de intervención en los mercados, presiones para liquidar cosechas, o amagues de expropiación de empresas.

“Tenemos que empezar a ver cómo desarrollamos la agroindustria y cómo el Estado ayuda a ese desarrollo”, dijo Alberto ayer. Y remató: “Para superar la pobreza lo que hace falta es la inversión, la que produce, da trabajo y permite el desarrollo”.

El campo ya está contribuyendo a eso. De hecho, la participación de productos primarios y de manufacturas de origen agropecuario en las exportaciones de los primeros cinco meses del año fue del 71%, la más alta desde 1986, según DNI Consultores.

Las señales ya llegaron, ahora hace falta diálogo y acciones para profundizar la inversión.

Fuente: www.a24.com

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