12 de octubre de 2020 01:57 AM
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Roces en la cadena de la soja por el diferencial arancelario

CompartiremailFacebookTwitterLos derechos de exportación –conocidos como retenciones- son tributos aplicados en Aduana que gravan la venta al exterior de distintos bienes. En el agro, la historia de las regulaciones comienza en la segunda mitad de la década del 40 con la aparición de organismos vinculados al control de la comercialización de los granos y en […]

Los derechos de exportación –conocidos como retenciones- son tributos aplicados en Aduana que gravan la venta al exterior de distintos bienes. En el agro, la historia de las regulaciones comienza en la segunda mitad de la década del 40 con la aparición de organismos vinculados al control de la comercialización de los granos y en 1955 comenzaron a regir derechos de exportación. Fue el gobierno de Raúl Alfonsín quien eliminó las retenciones pero a la vez dejó un diferencial arancelario para los productos con transformación industrial.

A partir de 1991, con la premisa de estabilizar y abrir la economía se eliminaron los derechos de exportación sobre todos los cereales. La soja y el girasol continuaron tributando con una alícuota del 3,5%, al mismo tiempo que el aceite y la harina de ambos productos tributaban 0% para salir del país.

Uno de los impulsores de esa medida fue Jorge Ingaramo, que en aquel entonces se desempeñó como subsecretario de Economía Agraria -un área que dependía del Ministerio de Economía. En diálogo con Ámbito aseguró que “el diferencial arancelario era de 3,5% a favor de la exportación de aceite y subproductos para la soja y el girasol y fue una política muy exitosa. En sólo 8 años la producción de soja creció un 70% y la de girasol 79%, además los productores estaban contentos con la medida”.

Del otro lado de la grieta, Néstor Roulet, productor agropecuario que integró el gobierno de Mauricio Macri y exdirigente rural aseguró que “a partir de octubre con un diferencial del 2% la producción primaria hará una transferencia de u$s154 millones a la industria aceitera, solo con lo que falta vender de la cosecha 2019/2020”.

Según Ingaramo, si Argentina vende su producción de soja como grano quedaría rehén de China, que talla fuerte en un mercado global estimado en 160 millones de toneladas de las cuales el gigante asiático adquiere 100 millones por año. “China compra cuando comienza la cosecha, es decir en el momento de menores precios. Si no existiera la industria, la puja por la soja sería casi nula y los compradores se harían un pícnic. Los productores deben entender que el diferencial lo pagan siempre, porque si no tuviéramos nuestra industria instalada, sólo podríamos exportar grano y enviarlo casi en su totalidad a China. Tendrían el mismo problema, porque les descontarían todos los gastos vinculados al manejo, embarque y flete de la mercadería”.

Desde el sector industrial aseguran que la regularidad de compra que mantienen durante todo el año le brinda al productor la ventaja de elegir el mejor momento para comercializar. Esas compras son para mantener abastecida a la industria, con la menor capacidad ociosa posible, para que luego aceite y harina viajen a más de 80 destinos en el mundo.

Ingaramo, que además fue asesor en las cadenas de valor del maíz y el girasol, destaca que “el diferencial existe porque el fobbing sumado al costo del transporte internacional es mayor en el producto sin elaborar. Esa disparidad es la que justifica que con un mínimo diferencial arancelario, se industrialice aquí, agregando valor local, ganando más mercados y mejorando el ingreso anual del sector primario”.

En los últimos 9 meses sin el diferencial arancelario la industria trabajó con “contra-margen al tener la misma retención que tienen los productores y perdió 7 dólares por cada tonelada molida, con lo cual su poder de compra bajó, la capacidad de pago fue menor, los productores vendieron menos y eso genera capacidad ociosa en la industria.

Quizá desde la producción primaria no esté bien visto que la industria exportadora sea la misma que a la vez procesa y por lo tanto se torna complejo determinar cuál es su capacidad de pago. Sin embargo Ingaramo plantea que no hay una comprensión exacta de lo que hace el sector agroindustrial exportador: “Tenemos una de las mejores industrias del mundo y eso hay que aprovecharlo porque si no la tuviéramos, los productores le transferirían el mismo monto del diferencial a las empresas navieras y hoy lo hacen a un sector que agrega valor y genera trabajo”.

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