17 de enero de 2021 11:48 AM
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Exportar lo que sobra, ¿alcanza para importar lo que falta?

En un mundo competitivo, donde existe libre movilidad internacional de mercaderías y servicios y no hay costos de transporte, la carne tiene igual precio en la Argentina que en Alemania, y los celulares, igual precio en Corea del Sur que en la Argentina. La realidad es bien diferente: los argentinos pagamos menos por la carne […]

En un mundo competitivo, donde existe libre movilidad internacional de mercaderías y servicios y no hay costos de transporte, la carne tiene igual precio en la Argentina que en Alemania, y los celulares, igual precio en Corea del Sur que en la Argentina. La realidad es bien diferente: los argentinos pagamos menos por la carne que los alemanes, pero más por los celulares que los coreanos.

¿No es preferible la propuesta de Adam Smith, quien recomendó exportar solo los excedentes, a la de David Ricardo, que aumenta el precio interno de los bienes exportables, deteriorando el ingreso real de los demandantes locales?

Al respecto, consulté al escocés George Donald Alastair Mac Dougall (1912-2004), profesor en las universidades de Leeds y Oxford. “Con su colega Alexander Kirkland Cairncross, otro economista involucrado en la política económica inglesa durante la Segunda Guerra Mundial, las discusiones públicas eran poco frecuentes, pero todos sabíamos que si se agarraban, era mejor hacerse a un lado”, apuntó Michael Posner.

Lo consulté porque, según dijo Richard Earl Caves, “en un par de monografías publicadas en 1951 y 1952, planteó el más significativo intento estadístico por verificar la validez de la teoría clásica de los costos comparados. Para eso, analizó la relación existente en 1937 entre las exportaciones de Estados Unidos e Inglaterra de un conjunto de productos, y sus respectivas productividades laborales. Encontró una fuerte correlación entre ambas relaciones. Sus resultados le dan fundamento a la hipótesis clásica de que las productividades laborales relativas constituyen una fuerza importante para determinar la ventaja comparativa. No encontró validación para la teoría planteada por Eli Filip Heckscher y Bertil Gotthard Ohlin, basada en la diferencia de dotaciones factoriales”. Sobre esto último, probablemente la hubiera encontrado de haber analizado el comercio internacional entre Argentina e Inglaterra.

-Smith recomendó vender los excedentes, pero los economistas prefieren la teoría de las ventajas comparativas planteada por Ricardo, ¿por qué?

-Smith merece el mayor reconocimiento por haber mostrado los beneficios y los riesgos que genera la división del trabajo, y por haber mostrado que el grado de especialización depende del tamaño del mercado. Pero en comercio internacional su propuesta fue muy rudimentaria.

-Explíquese.

-¿Qué “sobra” en un país? Arena en el Sahara, pero el más elemental análisis de oferta y demanda genera resultados contundentes. En economía se denomina precio de equilibrio a aquel que iguala las cantidades ofrecidas y demandadas de cualquier producto. Pero si esto es así, ¿cuánto “sobra” para exportar, de la enorme mayoría de los bienes? ¡Nada!

-Usted mencionó a Smith y Ricardo, pero; ¿qué dicen las nuevas teorías del comercio internacional, como las modeladas por Paul Robin Krugman?

-Están todavía mucho más alejadas de Smith. Sobre la base de lo que ocurrió luego de la Segunda Guerra Mundial, Krugman modeló el comercio internacional entre productos “iguales”. Por ejemplo, la Argentina exporta e importa autos. Explicó este hecho por la presencia simultánea de economías de escala y diferenciación de los productos.

-La preocupación moderna tiene que ver con el aumento del precio local de un bien exportable. ¿Por qué no venderle al resto del mundo, exclusivamente, bienes que no se consumen de manera local, lo cual por consiguiente evitaría el conflicto distributivo? En la Argentina, por ejemplo, soja.

-Sigamos el razonamiento. En su país, las exportaciones de soja equivalen a la cuarta parte de las exportaciones totales y, siendo la economía argentina una de las más cerradas del mundo, o ustedes cuadruplican las exportaciones de soja, o no podrán importar, por ejemplo, vacunas o insumos necesarios para complementar la producción local. En una palabra, exportando lo que sobra probablemente no alcance para comprar lo que falta, aún a nivel esencial. Pero además?

-¿Hay más?

-La soja se produce con tierra, maquinaria, fertilizantes, mano de obra, etcétera. Más allá de la necesidad de rotar los cultivos, si la Argentina se especializa por completo en la producción y exportación de soja, y prohíbe las exportaciones de trigo, maíz, carne vacuna, etcétera, con el correr del tiempo encontrará cambios en la asignación de la superficie bajo cultivo, con el correspondiente impacto sobre los precios y las cantidades del resto de los productos agropecuarios.

-¿Qué dice la teoría planteada por Ricardo?

-Separa la factibilidad técnica de la ventaja económica. Muchos países pueden cultivar soja, pero les conviene comprarla en la Argentina, Brasil o Estados Unidos, intercambiándolos por otros productos. A propósito: Ricardo les “vendió” a los ingleses las bondades del comercio internacional, utilizando un ejemplo numérico planteado entre dos países, Inglaterra y Portugal, que comercian dos bienes, telas y vino, en el cual lo productividad absoluta del trabajo es mayor en Portugal que en Inglaterra en cuanto a la producción de ambos bienes. Desde el punto de vista comunicacional, una genialidad.

-Todo muy bonito, pero el presidente Alberto Ángel Fernández quiere que en Argentina la carne cueste no menos -porque ya cuesta menos-, sino mucho menos que en Alemania.

-También un juez federal que vive en Mar del Plata se queja cada enero por las dificultades que tiene para estacionar su auto, o por la cola que tiene que hacer cada vez que compra en el supermercado, todo esto debido a la llegada de los turistas (en Barcelona pensaron en “cuotificar” el ingreso de turistas). El juez piensa que su sueldo no depende del turismo, y por la misma razón, los hoteleros y los mozos de los bares no solo no se quejan sino que agradecen las referidas dificultades.

-¿Y entonces?

-El comercio internacional no se puede basar exclusivamente en disponibilidades físicas, sino también en la conveniencia. La Argentina no está produciendo “la vacuna”, sino un eslabón intermedio. La producción local se llevará a otro país, eventualmente aparecerá el producto terminado y, salvo que las autoridades de su país lo impidan, estará a disposición de los argentinos.

-El Covid-19 mostró que la globalización también tiene sus beneficios.

-En efecto. Laboratorios de varios países, contra reloj, inventaron vacunas; y gracias a la versión digital de las revistas especializadas, los médicos de todo el mundo cuentan con información referida a las características y calidad de las diferentes vacunas. ¿Qué harían ustedes si, para evitar el aumento del precio de los productos exportables, prohibieran las exportación de todo, excepto de las sobras, y por consiguiente no pudieran adquirir las vacunas que se producen en el exterior?

-Don George, muchas gracias.

Por: Juan Carlos de Pablo

Fuente: La Nacion

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