18 de enero de 2021 00:27 AM
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El pensamiento de suma cero nos ahoga como país

Pensar la economía como un juego de suma cero, donde lo que gana una parte es equivalente a lo que pierde la otra, impregna muchas de las decisiones económicas de este Gobierno, y nos ahoga.

Esta visión de la vida y la economía era común hasta el siglo XVII, dado que hasta ese momento el tamaño de la economía era muy parecido generación tras generación. Para enriquecerse, había que capturar territorios y fortunas ajenas. Desde entonces, la revolución industrial, el capitalismo, la división doméstica e internacional del trabajo, la protección de los derechos de propiedad, la ciencia, y la extensión de derechos cada vez a más grupos de la población no solo implicaron una multiplicación impresionante de la riqueza creada. También mejoraron tremendamente la calidad de vida, incluyendo no solo las posibilidades económicas, sino también las profesionales, de salud, expectativa de vida y muchas otras, de los más desposeídos.

Esta tendencia se acentuó en la posguerra, cuando el crecimiento vertiginoso del comercio internacional elevó la calidad de vida de miles de millones de habitantes. Y tuvo otro salto hacia adelante cuando China incorporó algunas prácticas capitalistas y se sumó al sistema de comercio internacional, sacando de la pobreza a cientos de millones de sus habitantes.

Esta revolución, que es ante todo mental, todavía no llegó a la Argentina. Una parte del país y de sus dirigentes siguen atados a la vieja concepción de que todo lo que gana una parte se la quita a otra. Si hay pobres es porque hay ricos, si se exporta carne se castiga al consumidor doméstico, y muchas más expresiones de este pensamiento antediluviano (o ante-Adam Smithiano) de la economía se nos presentan semana a semana durante el gobierno de Alberto Fernández.

Muchas de estas expresiones y decisiones reflejan, al final de cuentas, intereses económicos, que quieren evitar la competencia y/o defender privilegios, o estrategias políticas populistas, que requieren siempre la creación de enemigos ficticios para galvanizar a sus votantes. Pero siempre tienen detrás un grupo no menor de economistas dispuestos a darles una justificación. John Maynard Keynes decía que “los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto.” En la Argentina, esos economistas están bien vivos y ocupan posiciones de toma de decisión importantes en este Gobierno.

El pensamiento de suma cero es parte central de la “escuela argentina de economía”, esa corriente que enseña año a año a miles de estudiantes del país conceptos como el de “la restricción externa”, la “importancia de desacoplar los precios internos de los internacionales” y que “la inflación surge de un conflicto distributivo” (como, chequeen ustedes mismos, se argumentó en días recientes en un blog oficial del Banco Central https://centraldeideas.blog/sobre-los-determinantes-de-la-inflacion-en-argentina/), ideas que no se aplican en ningún otro lugar del planeta.

El pensamiento de suma cero se asienta, además, sobre creencias que muchos votantes ya tienen de todas maneras. En una encuesta internacional sobre el apoyo de la población al comercio internacional, la Argentina fue el quinto que expresó menor apoyo sobre 38 países incluidos en la encuesta. Los argentinos queremos que todo se produzca localmente. Al mismo tiempo, sin embargo, amamos los tours de compras a Miami o Santiago de Chile. Que lo producido localmente lo compren otros. Esta creencia, con su contradicción genética, aplica a otras materias de la vida económica.

Manuel Mora y Araujo, considerado por muchos uno de los padres de la sociología argentina, decía que los argentinos queremos un Estado omnipresente, aunque tengamos poca confianza en que pueda hacer bien lo que se define que tiene que hacer. Esta expectativa de la población general -excluyendo las elites- sobre el Estado incluye a la producción y la distribución de bienes y servicios, y al control de precios.

Este debate retomó vuelo discursivo y práctico en recientes días. Empezó con la mención de Cristina Kirchner a los ROE (Registros de Operaciones de Exportación, que imponían límites a la exportación de ciertos productos) y a la necesidad de “alinear salarios, precios, sobre todo los de los alimentos y tarifas” en su discurso en La Plata, a fines de 2020. Siguió con las idas y vueltas sobre las restricciones a la exportación de maíz y continuó con declaraciones de Fernanda Vallejos, diputada nacional y economista de formación, de que “la Argentina tiene la maldición de exportar alimentos”.

A Vallejos y a tantos otros habría que enviarlos en un tour de estudios a Australia y Nueva Zelanda, países que comparten la misma “maldición” que nosotros de producir y exportar alimentos. La inflación anual promedio entre 2010 y 2019 fue de 2,1% y de 1,9% en esos países, respectivamente. Es decir, la inflación de una quincena en la Argentina ellos la tienen en todo el año. El nivel de ingresos de su población es entre cuatro y cinco superior al de la Argentina medido en dólares, y registran niveles bajísimos de pobreza. Pero acá, para la “escuela argentina de economía”, la economía se rige por otras leyes y producir alimentos es una “maldición”. Habría que preguntarles: si en lugar de exportar alimentos los importáramos, ¿como nos impactaría la suba de los precios internacionales de esos productos?

El pensamiento de suma cero está encarnado no solo en actores marginales de la coalición gobernante, sino también en la cúpula económica del Gobierno. El ministro de Economía, Martín Guzmán dijo, dirigiéndose al sector agropecuario en una disertación en Entre Ríos: “Tenemos que poner todos una parte y evitar que un sector gane y el resto de la sociedad pierda”. Pensamiento suma cero en estado puro. Y, justamente, en el sector donde más se ve el pensamiento de suma cero es en el de alimentos, en particular el de la carne. El temor entre los productores agropecuarios es que las urgencias electorales y la necesidad del gobierno de bajar la inflación artificialmente lo lleven a implantar más restricciones, como por ejemplo volver a imponer los ROE sobre las exportaciones de carne.

En la visión de suma cero de la “escuela argentina de economía”, la lógica de estas medidas es clara: al impedir exportar trigo o carne, se fuerza a los productores a vender lo que tienen en el mercado local, a menor precio. Si bien pueden tener razón en el muy corto plazo, dejan de lado el impacto de estas medidas sobre la inversión, las exportaciones, la producción y también, por lo tanto, sobre el precio a los consumidores locales de los productos intervenidos.

La implementación de los ROE sobre las exportaciones de trigo, maíz y carne durante los gobiernos kirchneristas fueron una catástrofe. La producción de trigo cayó desde 15,8 millones de toneladas en 2011 a 11,6 millones en 2016, para luego subir a cerca de 19 millones en los últimos dos años del gobierno de Cambiemos, que eliminó los ROE.

El impacto en el mercado de la carne fue aun peor. Pasamos de exportar 554.000 toneladas de carne vacuna por US$1881 millones en 2009 a un piso de 212.000 toneladas en 2012. En 2015 no figurábamos en el top 10 de exportadores mundiales de carne vacuna. En la región nos superaron, además de Brasil, que es el segundo exportador mundial, Paraguay y Uruguay. El stock ganadero, que había llegado a 57,6 millones de cabezas en 2008, cayó a 48 millones para 2011. Ante la mala perspectiva del sector, los productores terminaron sacrificando sus bienes de capital, que son las vacas en edad reproductiva.

Al final, a los pocos años de estas políticas destructivas, los precios de la carne aumentaron fuertemente y el consumo per cápita de carne local cayó. El levantamiento de las restricciones permitió en años recientes volver a aumentar el stock ganadero, las exportaciones y el consumo doméstico al mismo tiempo. Para entender la dinámica positiva entre exportaciones y el mercado doméstico las autoridades solo tendrían, además, que levantar el teléfono y hablar con gente del sector que les explique lo siguiente: los cortes de exportación son distintos que los cortes que se venden en el mercado doméstico. Solo en unos pocos casos compiten. Más inversión y producción en el sector generan más exportaciones y más disponibilidad local a menores precios, algo que los adalides de la visión del suma cero nunca entenderán.

Esta dinámica que describimos para la carne aplica a todas las actividades de la economía: cuanta más oferta y más exportaciones, mejor para todos. Exportar genera más ingresos para la población, y la mayor oferta y competencia generan menores precios domésticos. Es la base con la que la economía global permitió sacar a miles de millones de la pobreza en las últimas décadas: expandiendo el tamaño de la torta. Acá, seguimos discutiendo como repartir una torta que se achica cada día más.

El autor es economista. PhD (Universidad de Pensilvania); fue economista jefe para América Latina de Bank of America Merrill Lynch. Autor del libro Emergiendo

Por: Marcos Buscaglia

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