27 de enero de 2021 10:27 AM
Imprimir

La maldición de la carne: la segunda mejor opción

El acuerdo entre el Gobierno y la industria para garantizar carne a precios accesibles en el mercado interno pone en foco un antiguo karma argentino.

La carne vacuna es una añosa tribulación de los argentinos que, por su recurrencia, genera una triste imagen de inmovilismo. Por supuesto, no es la única. La otra es YPF, una empresa técnicamente quebrada, que debe más de lo que vale. Pero los argentinos, parece, no podemos salir de la encerrona que nos proponen ambos conceptos. Carne y petróleo.

Esta semana, ambos son noticia. Pero por hoy nos ocuparemos de la carne. A través de un acuerdo alcanzado entre los exportadores y el gobierno, la industria se compromete a volcar al mercado interno diez cortes a precios bajos. Como contraparte, el Gobierno le asegura a los frigoríficos mantener estable el tipo de cambio efectivo, un requisito para sostener un flujo de embarques estable.

El mercado internacional no está en un momento brillante, los precios son poco atractivos. La cuota Hilton se hizo trizas con la pandemia, y le cuesta levantar cabeza. La demanda china es la tabla de salvación pero desde hace unos meses flota la amenaza de rechazos de mercadería con el dudoso pretexto de la aparición de coronavirus en algunos envases. Exportar nunca es fácil. Menos, a los chinos, sobre todo cuando hay diversidad de oferta (la Argentina compite con Brasil, Uruguay, Paraguay, Estados Unidos y varios países europeos).

Con todas estas dificultades, el negocio venía marchando, hasta que apareció el fantasma de las trabas a la exportación como herramienta para combatir la inflación de los alimentos. La decisión de suspender los registros de maíz puso un alerta rojo, y la marcha atrás del gobierno calmó un poco las aguas. El maíz impacta en los costos de producción de los productores de proteínas, biocombustibles, edulcorantes y almidones especiales. La suba del precio internacional dejó malparados a estos sectores. El agua no llegó al río porque hubo un acuerdo en el interior de la cadena agroindustrial para mantener bien abastecidos a estos segmentos del consumo, bajo la mirada atenta y desconfiada de las autoridades.

Pero la carne vacuna es otra cosa. Es un producto de enorme sensibilidad política, a pesar del embate vegano… y sigue ostentando el título de gran aspiracional en todo el mundo que progresa económicamente. Aquí no: antes que un objeto del deseo, es considerada un derecho. Desde “El Matadero”, el primer cuento argentino escrito por Esteban Echeverría. Relataba la angustia de la Gran Aldea cuando después de la Cuaresma (que por entonces respetaba el ayuno y abstinencia de carne) una inundación impidió el ingreso de carne. Casi hay una revolución.

A pesar de que los tiempos cambian, que las propuestas dietéticas y culinarias son cada vez más variadas, que un programa de cocina sea uno de los de más alto rating, haciendo competir a los famosos, aquí no se ha superado el karma de la carne vacuna. Sube un par de puntos y está en la tapa de los diarios y en todos los noticieros. Si sumáramos todos los títulos con porcentajes de subas, hoy el kilo de asado debería costar un millón de dólares. Sucede que cuando se estanca o baja, deja de ser noticia.

Pero bueno, es lo que hay. Ahora se alcanzó este acuerdo, necesario para descomprimir. Pero digamos todo: cada vez que la exportación de carne anda bien, mayor es la afluencia de cortes baratos al mercado interno. Lo viví por primera vez hace cuarenta años, cuando un primo político que manejaba un gran supermercado en Junín, me contó que el asado que le vendía el frigorífico Rioplatense (por entonces el mayor exportador, con planta en Pacheco) era mucho más barato que el del local Feber. “¿Cómo puede ser?”, me preguntaba. Averiguando, me enteré que para los exportadores los asados son casi un subproducto, parte del “recupero”, porque no tienen mercado afuera. Y cuando los volúmenes son grandes, los exportadores se los tienen que sacar de encima como sea.

Ahora esto se explicita como parte de un acuerdo, y sirve para distender aunque sea momentáneamente. Algunos piensan que las cantidades comprometidas de estos diez cortes no son suficientes para abastecer a toda la sociedad. Esto genera una discusión de fondo: hasta donde se puede subsidiar el consumo de un artículo que tiene sustitutos, haciendo que estos mismos sufran la competencia del producto con precio artificial. Ha sucedido históricamente con el pollo: cada vez que se aplicaron restricciones a la exportación de carne, se hirió a la industria avícola.

Como siempre, la mejor opción es dejar que los mercados actúen y la gente se maneje con libertad en un mercado de competencia libre entre todos los productos, incluyendo los alimentos. Pero hay que entender que con este gobierno siempre conviene pensar un “second best” (segunda mejor opción). Y tomarla, porque lo peor es dejar que caigan en la tentación del bien y actúen según sus creencias. Hace quince días una legisladora hablaba de la “maldición de exportar alimentos”. Ahora zafamos, al menos por ahora, de la “maldición de la carne”

Fuente: Clarin

Publicidad