17 de febrero de 2021 12:14 PM
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Frutilla blanca: el dulce y aromático tesoro que guarda la Cordillera de Nahuelbuta

El ingeniero militar francés Amedée François Frézier en 1712 arribó a Concepción. La misión, encomendada por el rey Luis XIV, era estudiar la efectividad de las fortificaciones españolas emplazadas en la zona. Haciéndose pasar por un mercader recorrió el territorio y se deslumbró con una fruta que crecía a ras de suelo y que los mapuches llamaban Quellghen o kellén. Su inusual tamaño -el que comparó con un huevo de gallina-, dulce aroma y sabor.

La historia cuenta que al marcharse del país Frézier se llevó consigo varias plantas de frutilla chilena. Sólo sobrevivieron cinco (todas femeninas), las cuales fueron entregadas a diversas personas, entre ellas al jardinero del rey, y las que lamentablemente nunca dieron las frutas que lo maravillaron. Décadas después de este episodio, en 1766 el joven botánico Antoine Nicolas Duchesne con 17 años, logró que estas plantas dieran al fin fruto polinizándolas con la Fragaria virginiana, una especie introducida a Europa desde América del Norte. De ese cruce nacieron unas frutillas rojas, de buen sabor y además producían semillas viables, desplazando así a su madre chilena.

EL TESORO DE NEHUELBUTA

En la Cordillera de Nahuelbuta, en la comuna de Purén en la región de La Araucanía y en Contulmo en la región del Bío Bío se preserva el cultivo de esta aromática frutilla nativa y pieza clave en el desarrollo de la fresa comercial que hoy todos conocemos. La planta, aún en proceso de domesticación, hasta los años 70 y 80 se daba en abundancia en la zona; sin embargo, con el tiempo y por distintas razones su producción y los productores han ido disminuyendo, no así el interés por degustar cada verano esta fruta cuya cosecha se concentra desde los últimos días de diciembre hasta la segunda quincena de enero.

Para el ingeniero agrónomo Jairo Carvajal, quien junto a su familia se dedica a la producción de este frutal en el sector de Manzanal Alto en Purén, el cambio climático sería una de las principales causas de su merma, lo que se refleja en el aumento de las temperaturas, falta de horas de frío en el invierno y estrés hídrico. La falta de investigación y escasez de la tecnología adecuada para este cultivo también pone freno al potencial de crecimiento de esta frutilla.

Esta temporada -explica Jairo Carvajal- hubo una caída en los rendimientos, no así en las ventas. Pese a la pandemia se logró vender toda la producción y el precio fluctuó entre los $20.000 y $24.000 el kilo, muy por encima del precio de la frutilla común. El principal mecanismo de venta fueron las redes sociales y también los fidelizados clientes que año a año se acercan a los predios en busca de este producto. Ese es un gran aliciente para continuar con esta tradición.

“Mi abuelo Aurelio y después mi padre han tenido siempre un vínculo con esta frutilla. Desde que nacieron han estado en contacto con este cultivo, lo mismo pasa con nosotros: sus hijos. Los productores que se dedican a esto entienden que sus huertos son parte del patrimonio de esta zona y es una actividad que se va traspasando de generación en generación. Asimismo, contribuye al desarrollo del turismo gastronómico del sector y a su historia”, explica Jairo, quien recalca la importancia de resguardar y sacarle partido a berry nativo.

Con este fin es que junto a su padre, Patricio Carvajal, postularon un proyecto a la Fundación para la Innovación Agraria (FIA), el que se adjudicaron en 2020 y que él coordina. Se trata de la habilitación de una sala de cosecha climatizada para el resguardo de la frutilla blanca. La idea -explica el profesional- es mejorar los procesos de postcosecha, prolongar la vida de los frutos e incrementar el volumen de comercialización.

“Queremos implementar una planta de procesos y almacenaje. Esta es una oportunidad para extender la vida de la fruta en el periodo de postcosecha, además de congelar y abrir una nueva ventana de venta en el invierno. Es una iniciativa que servirá a todos los productores de la zona”, dice.

Ingrid Cerna, de Manzanal Alto, también se dedica a la producción de este berry nativo, actividad que complementa con la elaboración de licor y mermeladas de frutilla blanca y de otras frutas silvestres que recolecta en el sector como la mora, rosa mosqueta o la murtilla.

Ingrid hace 20 años que trabaja en esta actividad, así como lo hicieron sus padres y abuelos. Hoy junto a su esposo posee tres cuartos de hectárea de frutillas, a los que le destina gran parte de su tiempo y mucha dedicación.

“Esta temporada estuvo más o menos la producción, pero se vendió toda. Pienso que la falta de horas de frío les pudo haber afectado. No cayó nieve tampoco”, cuenta esta productora, quien además durante el invierno se dedica a la venta de plantas.

“Existe gran interés por conseguir plantas de frutillas blancas. Me contacto con los clientes con ayuda de mis hijos a través de Facebook e Instagram”, dice Ingrid, quien enfatiza en el arduo trabajo que demanda mantener un huerto productivo y en buenas condiciones.

“Es una gran tarea. Después de la cosecha se hace una limpieza del huerto completo, hay que picarlo tablón por tablón, desmalezar y cortar estolones nuevamente y podar las hojas secas. Cuando dé estolones nuevos y dé hijuelos hay que esperar que las raíces se adhieran al suelo para volver a picar la tierra y elegir las plantas para la nueva plantación y para la venta”, explica la productora.

Luis Saavedra, en Manzanal Bajo, al igual que Ingrid lleva 20 años trabajando en la producción de frutilla blanca. Pertenece al Programa de Desarrollo Local (Prodesal), el que funciona gracias a un convenio entre Indap y la Municipalidad de Purén y que le ha permitido ir mejorando sus huertos con el paso de los años.

El problema de este cultivo reconoce este agricultor son los vaivenes en la producción de una temporada a otra. Por eso, cree Luis, que los productores han ido reconvirtiéndose a otros rubros. Cuando él partió -dice- eran 30 agricultores, hoy quedan sólo alrededor de ocho activos.

“Esta cosecha estuvo malísima, sacamos muy poca fruta. No sabemos muy bien a que echarle la culpa, nadie es especialista. Esta situación a veces desincentiva”, dice Saavedra, quien además recalca que la mayoría de los productores maneja un cuarto de hectárea con 10 mil a 15 mil plantas. La superficie total en producción no alcanza a satisfacer la demanda por este berry.

“Todos los años falta producto. Siempre la demanda es mayor que la oferta. En cuanto al precio es súper bueno y por eso es que continuamos cultivando. Hace cuatro años que se ha mantenido en los 20.000 pesos el kilo”, sostiene.

Hace un par de años comenta que estuvieron trabajando con el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (Inia). “Partimos con plantas saneadas. El primer año estuvo bien, pero pronto el tema climático afectó la producción y volvimos a pasar de una temporada buena a otra mala y así”, dice este productor, quien sigue esperanzado en continuar con esta actividad tan característica y propia de los habitantes de la Cordillera de Nahuelbuta.

Fuente: Campo Sureño

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