21 de abril de 2021 11:45 AM
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SIGUE MAL EL AGRO COLOMBIANO

CompartiremailFacebookTwitterEn las últimas estadísticas ENA-Dane cotejadas con la FAO, Colombia tiene 2 millones de Upas que emplean 50 millones de hectáreas, concentradas en ganadería 77,9% (39 millones de hectáreas); solo 9,2% (4,6 millones) en agricultura, y 10,3% (5,1 millones) de bosques. Agricultura, la inmensa mayoría obtenida con rendimientos muy bajos, pese a las privilegiadas condiciones […]

En las últimas estadísticas ENA-Dane cotejadas con la FAO, Colombia tiene 2 millones de Upas que emplean 50 millones de hectáreas, concentradas en ganadería 77,9% (39 millones de hectáreas); solo 9,2% (4,6 millones) en agricultura, y 10,3% (5,1 millones) de bosques.

Agricultura, la inmensa mayoría obtenida con rendimientos muy bajos, pese a las privilegiadas condiciones naturales, ejemplos: maíz, Chile rinde 12,1 toneladas por hectárea (t/ha) y Estados Unidos 10,5 Colombia 3,7; fríjol, Canadá y Estados Unidos más de 2,0 t/ha, Colombia 1,4; café, Brasil 1,65 t/ha, Colombia 1,3; plátano, Guatemala y El Salvador 20 t/ha Colombia 8,7; Aguacate, Brasil 15,9 t/ha Colombia 8,4.

Esta información nos lleva a entender por qué este país de naturaleza rural se debate inauditamente en una pobreza tan sentida y visible. Claro, si sus rendimientos agrícolas son tan bajos, por un lado sus productores asumen costos demasiado elevados por cada unidad de producción, (kilo, tonelada, quintal, arroba) y obviamente no arrojan utilidades o tienen pérdidas, lo cual ocasiona un estancamiento de las economías locales. De otro lado, no pueden desarrollarse alternativas agroindustriales porque con esos rendimientos tan bajos no serían competitivos, y finalmente, esas circunstancias combinadas abren las puestas a la importación de alimentos que bien pudieran producirse aquí para generar mano de obra local y contribuir al dinamismo de la economía.

Hay que tener en cuenta que Colombia importa alrededor de 80% de maíz, casi todo el trigo y la cebada, volúmenes importantes de arroz, fríjol, arroz y muchas otras especies. Además, todo el tomate para la industria, aquí solamente le agregan energía y agua para que pase del estado de pasta, al de salsa (por el que ya había pasado antes de convertirse en pasta), llenan los envases y les colocan una etiqueta que irónica y paradójicamente dice: “Producto orgullosamente colombiano”.

Y ni hablar de las más de 39 millones de hectáreas, el 77,9% de la superficie útil nacional en la que pastan 27 millones de cabezas, o sea 1,43 hectáreas por cada cabeza de ganado, (casi hectárea y media por cada res), que podrían alimentarse en la décima parte de la superficie, con mayor bienestar animal y con mayor eficiencia en carne y leche, si se evolucionara del tradicional pastoreo al sistema silvopastoril.

Se precisa un cambio de fondo en las políticas públicas que provoque la reingeniería rural, integrando sabiduría ancestral con agroecología, adicionando tecnología y los conocimientos de la investigación científica, entre ellos la fundamental biotecnología que pongan a disposición de las plantas el suelo adecuado y el bienestar que ellas requieren, para que como consecuencia de estas condiciones sanas, entreguen todo su potencial productivo.

Si se quiere que de verdad los departamentos y municipios vayan superando el atraso, la pobreza y la marginación, hay que comenzar en serio por la ruralidad, pero no con retórica y regalando semillitas e insumos, sino poniendo en práctica programas de transferencia tecnológica, que generen conocimiento y proporcionen innovación. ¿Habrá voluntad política para ello?

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