22 de abril de 2021 10:49 AM
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Alta mar sin mugidos

Nueva Zelanda prohíbe las exportaciones de ganado por vía marítima.

Nueva Zelanda luce con orgullo su corona de bastión progresista. Ahí está su Parlamento, paradigma de la diversidad con sus múltiples miembros del colectivo LGTBI, de origen maorí o con ascendencia asiática; normativas pioneras como los “presupuestos del bienestar”, que priorizan las mejoras de la calidad de vida individual frente a los datos macroeconómicos; o su reputación de nación que promueve un trato ético a los animales, con una ley de Bienestar Animal que hasta los reconoce como “seres sensibles”.

Para apuntalar ese renombre, la nación oceánica ha decidido ahora dar un nuevo paso: prohibir la exportación de ganado vivo por vía marítima, una práctica tildada de maltrato por organizaciones y activistas animalistas. “Tenemos que estar a la vanguardia en un mundo donde el bienestar animal está bajo un escrutinio cada vez mayor”, defendió la semana pasada el ministro de Agricultura, Damien O’Connor.

Aunque las oenegés celebran la iniciativa, ningún otro gobierno se ha planteado limitar estas transacciones

El veto no es inmediato y prevé un periodo de transición de dos años. Entre sus motivos, el propio ministro citó que no todos los barcos que transportan bóvidos, generalmente buques de carga reconvertidos, cumplen con los estándares necesarios para garantizar su bienestar y su seguridad, a lo que se suma lo largo de un trayecto que puede durar semanas.

La medida no supondrá un golpe fuerte para la economía del país, ya que estas transacciones solo representan un 0,2% de las ventas al extranjero del sector primario neozelandés. El año pasado, el país exportó 113.000 cabezas de ganado, que fueron a parar íntegramente a China. El gigante asiático es el mayor consumidor de carne vacuna de Nueva Zelanda y Australia, sobre todo desde que un brote de peste porcina en el 2019 afectara a la producción de carne de cerdo y les obligara a buscar fuentes de alimento alternativas.

La peste porcina del 2019 afectó a gran parte de la industria cárnica, lo que obligó a buscar alternativas en otros países de la región. Desde entonces, las exportaciones de carne neozelandesa tenían como único destino los puertos chinos.
La peste porcina del 2019 afectó a gran parte de la industria cárnica, lo que obligó a buscar alternativas en otros países de la región.

El veto neozelandés no es fruto de un día. Allá por el 2003 ya prohibió las exportaciones por vía marina de ovejas para su sacrificio. Cinco años más tarde, dejaron de transportar ganado bovino para ese fin, y todo el que se vende desde entonces son vacas y terneros para ser criados. En el 2019, el Gobierno lanzó una revisión sobre este tipo de comercio después de que cientos de animales procedentes de Nueva Zelanda y Australia murieran en el tránsito.

A finales del año pasado el país suspendió estos viajes después de que un barco que partió de sus costas rumbo a China naufragara en aguas japonesas: murieron 41 de sus 43 tripulantes y las casi 6.000 vacas a bordo.

Esta no es una polémica exclusiva de los países oceánicos. Sin ir muy lejos, España fue testigo este mismo año de cómo más de 2.600 vacas, toros y terneros de origen aragonés deambularon durante más de dos meses por el Mediterráneo al ser rechazado su desembarco en Turquía por las sospechas de que podían estar afectadas por la enfermedad conocida como lengua azul. Tras su regreso al puerto de Cartagena, de donde habían partido, las reses supervivientes tuvieron que ser sacrificadas. En las antípodas, la decisión de prohibir este comercio fue aplaudida por las organizaciones en defensa de los animales. “Es un momento significativo en nuestra historia, uno que otros gobiernos deberían seguir”, aseguraron desde World Animal Protection.

Sin embargo, ese entusiasmo se diluye en el bando de los productores y exportadores. La Asociación de Comercio de Genética Animal criticó el menoscabo financiero que supone para muchos ganaderos, porque requerirá de la matanza prematura de miles de cabezas de ganado que podrían criarse en otros lugares.

“Es una prohibición inmoral contra un comercio que se lleva a cabo de manera humana, con estándares líderes en todo el mundo”, señaló su portavoz, Dave Hayman. Además, no mejorará el bienestar animal general, “porque nuestras exportaciones serán reemplazadas por las de otros países con estándares más bajos”, añadió.

Al rebufo de la decisión neozelandesa se han multiplicado los llamamientos para que la vecina Australia, toda una potencia en el sector, siga sus pasos.

Sin embargo, sus autoridades ya han dejado claro que no estudian suspender o prohibir este tipo de exportaciones. “Apoyamos este comercio y su aportación a nuestra economía”, zanjó su ministro de Agricultura.

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