2 de mayo de 2021 21:49 PM
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Dolores Bengolea, entre lavandas y Angus

Desde Azul, expresa su amor por el campo en la producción ganadera y en un proyecto para impulsar las aromáticas

“Lindas eran las dalias de tía Victoria; las mías no tanto porque en el campo hay mucho trabajo y no les puedo dedicar el tiempo suficiente. Por ejemplo, el lunes tenemos que hacer el arreo hasta la manga para vacunar”.

Estamos en Azul, provincia de Buenos Aires, con Dolores Bengolea. Y es muy difícil hacer una nota con (o sobre) ella porque uno no sabe por dónde empezar.

¿Es la sobrina nieta de Victoria Ocampo? Sí. ¿Tiene en su casa la colección completa de la revista Sur? Sí. ¿Estuvo en reuniones y hasta en un asado hecho por el mismo Julio Cortázar en la ciudad francesa de Apt a fines de los setenta? Sí. ¿Es la compañera del director de cine Héctor Olivera desde hace más de 30 años? Sí. ¿Le corrigió las últimas 3 novelas a Osvaldo Soriano? Sí.

Además de todo esto es productora agropecuaria desde hace

12 años y, desde hace un tiempito, también productora de lavandas (tiene 300 plantas) y miembro del Club de la Lavanda, una iniciativa que agrupa a más de 40 productores y emprendedores relacionados a esta aromática y que busca que Azul sea la puerta de entrada a la Ruta de la Lavanda en Argentina.

“Por una amiga de Tandil me enteré del lanzamiento del Club, fui a la primera reunión y me entusiasmé; las lavandas me gustan desde muy chica, su perfume me da vuelta y también me marcó el encuentro que tuve con ellas en la casa que Julio Cortázar tenía en Apt, Francia, cuando un día fuimos a comer un asado y llegaba hasta nosotros ese aroma inconfundible”, recuerda Dolores. “En

2019 compré semillas de lavandas Munster Dwarf en Inglaterra con la idea de plantarlas pero finalmente planté las lavándulas que compré en el vivero Verellén de Tandil cuando fracasé con las inglesas”.

Hablar con Dolores es como entrar en un mundo de muchas puertas o como esas novelas de Elige tu propia aventura, donde los caminos siempre se bifurcan y hay que elegir cómo y por dónde seguir. Algo así ocurre con esta charla porque la entrevistada también es buzo de mar abierto, plomera y electricista autodidacta, productora agropecuaria y una apasionada del intelecto, de la aventura y de la observación de la naturaleza.

“De chica me tiraba en el campo haciéndome la muerta hasta que los chimangos empezaban a revolotear a mi alrededor”, dice con una sonrisa mientras conversamos en la galería de la casa donde hoy vive, que fue construida en 1898 y que ella está remodelando. “Siempre me gustó la construcción. Con mi madre vivíamos con lo justo y cada vez que se rompía algo así quedaba, entonces un día empecé a desarmar cosas para entender cómo podía arreglarlas y más tarde, cuando me fui a vivir sola, me hice yo misma mis muebles en una carpintería”.

Historia

El casco donde nos encontramos en este momento está en el campo Los Manantiales que en 1874 su tatarabuelo, Vicente Pereda, le compra a Prudencio, el hermano menor de Juan Manuel de Rosas. Y esta es otra de las cosas que suceden al conversar con Dolores: que nombres que fueron protagonistas de la historia y de la literatura argentina (y también mundial) aparecen en su narración con total naturalidad, como quien nombra a un vecino casual o a un amigo de la infancia.

En 2008 Dolores hereda esta casona junto con 360 hectáreas donde hace cría, recría y engorde a corral de Angus negro con el asesoramiento del veterinario tandilense Carlos Martirena y gracias a quien este año han logrado el increíble porcentaje de un 99% de preñez con el “único secreto” de buena alimentación, buena sanidad y buen trato, según sus propias palabras, y un 94% de destete (sobre 114 vacas sacó 107 terneros).

“Mientras no vivía en la casa tuve 5 robos muy grandes; en uno de ellos hasta la manga se llevaron”, cuenta. “Es muy difícil ser mujer sola en el campo porque si no te pueden robar, te difaman. Ahora vivo y trabajo aquí… tenemos un bajo con pastizal nativo para los animales y estamos haciendo 30 ha de pasturas, todo con el apoyo de Rodolfo Gallardo, mi mano derecha en el trabajo del campo y del casco; el resto del campo -por ahora- lo arriendo para agricultura porque a mi hija Serena, que está terminando su maestría en Economía Agraria becada por la Unión Europea, le gustaría en un futuro usar estas tierras para hacer comida ecológica para humanos”.

Desde donde estamos, al fondo, se ven unas ovejas de la raza triple propósito Pampinta. Dolores cuenta que las tiene no para la venta sino por el placer de verlas pastando y regalar corderos, al igual que los productos de la huerta. “Me gusta regalar cosas. Dar sin esperar nada a cambio es instalar en el otro la idea de que la riqueza no es solamente lo medible o contabilizable sino que tiene que ver con el amor”, reflexiona. “Además, al dar disfruto del placer que ese regalo genera en el otro”.

Y cierra: “La única generosidad sostenible, la que nunca reclama, es la que no espera nada porque en el acto de dar está implícita la gratificación. En ese sentido, sí, creo que la única generosidad genuina es la egoísta”. •

Fuente: La Nacion

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