11 de junio de 2021 13:16 PM
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¿Se está quedando Argentina sin carne?

El Gobierno argentino ha prohibido la exportación de carne argentina. ¿El objetivo de esta medida? Abastecer la demanda nacional. Por ello nos preguntamos, ¿se está quedando Argentina sin carne?

El pasado 20 de mayo, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina anunciaba la suspensión de la venta al exterior de carne bovina por un periodo de 30 días. De esta manera, el Gobierno argentino pretende dirigir toda la producción al mercado nacional, siendo la consecuencia de este incremento de la oferta la reducción de los precios. Unos precios, dicho sea de paso, que registran ya varios meses de subida, la cual ha generado un gran malestar social.

A cambio, el país austral pierde por un tiempo uno de sus principales productos de exportación, uno de sus productos más demandados en el exterior. Por lo que, ante esta nueva medida, las consecuencias, entre otras, será una menor venta al exterior y un menor flujo de mercancías exportadas.

Ahora bien, ¿tendrá éxito esta medida?

Argentina: el país de la carne

«Podemos decir que, en cierto sentido, la carne de vacuno –especialmente asada– es una de las señas de identidad de Argentina y los argentinos ante el resto del mundo, al igual que lo ha sido el fútbol con Maradona o con Messi, o el tango como baile popular de esta riquísima tierra.»

La decisión del gobierno argentino ha llamado notablemente la atención de muchos economistas y de otros tantos medios de comunicación.

El motivo es que, como todos sabemos, la carne argentina es una de las mejores del mundo y en los últimos siglos ha sido uno de los productos estrella del país. No olvidemos que desde finales del siglo XIX hasta 1971, Argentina era el primer exportador mundial de carne vacuna. Mientras que todavía en 2019, el ranking arrojaba que este país mantenía la quinta posición.

Por tanto, los datos nos muestran que se trata de un producto que ha ido ligado desde siempre a la identidad del país, dejando una huella profunda tanto en la economía como en la cultura y el estilo de vida de los argentinos. Podemos decir que, en cierto sentido, la carne de vacuno –especialmente asada– es una de las señas de identidad de Argentina y los argentinos ante el resto del mundo, al igual que lo ha sido el fútbol con Maradona o con Messi, o el tango como baile popular de esta riquísima tierra.

A nivel económico, las exportaciones de carne siempre han tenido un papel preponderante en la actividad económica. Y es que no solamente nos referimos a una contribución en términos de creación de empleo y riqueza, sino también como fuente de divisas.

En este sentido, tengamos en cuenta que en un país con una industria poco competitiva, las exportaciones agroganaderas (soja, trigo, carne) son las que permiten equilibrar la balanza de pagos y obtener las divisas necesarias para pagar las importaciones. Esta dinámica ha convertido a Argentina en un país tradicionalmente exportador, donde un signo positivo en la balanza comercial es prácticamente un requisito indispensable para el crecimiento económico.

Como es natural, una fuente de riqueza tan importante no podía pasar desapercibida bajo un Estado con problemas crónicos de déficit y deuda. Por ello, los sucesivos gobiernos han aplicado diversos tipos de presión fiscal sobre las exportaciones de carne, como retenciones, cánones y hasta tipos de cambio paralelos. Todo ello aumentó las dificultades del sector, pero el auge de la demanda externa seguía tirando con suficiente fuerza de la producción; una producción que, dicho sea de paso, llegó a máximos históricos a principios de 2020.

Llega la escasez

«Los precios de la carne se han disparado, quedando este hecho contrastado ante el mínimo histórico registrado en el consumo de carne por parte de la población argentina durante el año 2020.

Sin embargo, pese a todo lo anterior, la irrupción de la pandemia desdibujó por completo este panorama de crecimiento.

En todo el mundo, los gobiernos impusieron serias restricciones a la actividad gastronómica, lo que desplomó la demanda de carne en los restaurantes de Estados Unidos y la Unión Europea. Ello, por el hecho de que ambos mercados son los compradores de los cortes más caros y que tienen un peso determinante en la formación de precios internacionales, por lo que el impacto sobre las exportaciones argentinas ha sido especialmente fuerte.

La producción pudo continuar, en parte, vendiendo más a China, que aumentó su cuota hasta el 73,90% de la carne exportada. El problema es que los cortes demandados por el mercado chino suelen ser más baratos que los europeos y, por tanto, el impacto sobre el valor total exportado ha sido menor.

Carne

Los primeros meses de 2021 han sido testigos de un rápido repunte de los precios internacionales –aunque como podemos observar en la gráfica siguen lejos de su máximo histórico– y, por tanto, de las exportaciones argentinas. Algo que contrasta fuertemente con la situación del mercado doméstico. Lejos de beneficiarse por el aumento de la producción, los precios dentro del país se han disparado hasta tal punto que la carne bovina queda fuera del alcance de muchos argentinos.

Hay un dato que es muy clarificador en este sentido: en el año 2020 el consumo promedio de carne vacuna llegó a su mínimo histórico, 49,7 kg. por habitante (desde los 57,5 kg. en 2019) según un informe de CICCRA. Lo cierto es que si bien la serie histórica marca una tendencia hacia una reducción paulatina a largo plazo por cambios en las preferencias de los consumidores, una caída tan acusada de un año para otro, solamente se explica por el aumento desmedido de los precios.

Este fenómeno ha provocado un movimiento de la demanda hacia los cortes más económicos, que a veces son muy difíciles de encontrar en las carnicerías. En otras palabras, la carne empieza a escasear en las mesas de quienes viven precisamente en la capital mundial de la carne.

El papel de la inflación

«El principal factor que ha alterado los mercados es la inyección masiva de dinero en la economía

Así pues, ante la situación observada nos preguntamos: ¿Cómo podemos entender esta paradoja? ¿Cómo puede haber escasez de un producto en un país que, precisamente, también es uno de sus principales exportadores mundiales?

Como vemos, se trata de un problema muy complejo, pero podemos encontrar una explicación similar a la de por qué ha escaseado la gasolina en Venezuela, siendo este, también, uno de los mayores productores de petróleo. Y es que, entre las causas que podemos encontrar, podemos destacar la ocasionada por las restricciones artificiales aplicadas sobre el sistema de precios. Unas restricciones que, finalmente, acaban distorsionando el funcionamiento natural de los mercados.

En el caso argentino, el principal factor que ha alterado los mercados es la inyección masiva de dinero en la economía. Recordemos que, como hemos comentado en publicaciones anteriores, el Banco Central de la República Argentina, cada año, duplica la base monetaria anterior. Esto se traduce en un aumento exponencial de la cantidad de dinero que, por otro lado, no puede ir acompañado de un crecimiento similar de la producción, por lo que acaba generando un escenario de inflación crónica.

Recordemos que un precio no es otra cosa que la escasez relativa de un producto, medida en términos de unidades monetarias. Si el volumen total de esas unidades aumenta y la cantidad del producto se mantiene constante, parece evidente que el precio tenderá a subir, ya que se ha alterado el patrón de medida. Esta devaluación del poder adquisitivo de una moneda suele verse en aumentos generalizados de precios de forma crónica. En otras palabras, lo que los economistas llamamos inflación.

Ahora bien, uno de los problemas de la inflación es que nunca es posible un ajuste automático y simultáneo de todos los precios. Eso significa que algunos precios suben más que otros, modificando la relación de precios relativos entre distintos bienes y servicios. A su vez, esos cambios generan ineficiencias en la economía, porque propician variaciones en la demanda de los consumidores que no son provocadas por sus preferencias, sino por la política monetaria aplicada por el gobierno.

¿Un fallo del Estado?

Lo podemos ver claramente con el ejemplo que comentamos hoy. La economía argentina cuenta con una importante ventaja comparativa a la hora de producir carne bovina, por lo cual, es lógico que se trate de un producto preferido por los consumidores. La calidad es buena, la cantidad es abundante y las condiciones del país permiten producirla a precios relativamente bajos.

Supongamos ahora que por un cambio tecnológico, la carne de pollo se pudiera producir de forma mucho más eficiente. En este caso, en un primer momento bajarían los precios, pero después habría muchos consumidores de vacuno que posiblemente pasarían al pollo y, con ellos, muchos productores buscarían adaptarse a las nuevas preferencias de sus clientes. De esta manera, el propio mercado podría buscar por sí solo la asignación más eficiente, asignando más recursos a las actividades con mayor productividad.

Por el contrario, si el precio de la carne bovina crece por encima de los salarios nominales y cae el poder adquisitivo de la población, posiblemente muchas personas se verán obligadas a comprar pollo por ser más económico, no porque les guste más o se produzca de forma más eficiente.

Esto genera una doble ineficiencia en la economía. Por un lado, hay un exceso de demanda de pollo y de los cortes bovinos más baratos, los cuales comienzan a escasear. Y, por otro lado,
¿por qué ocurre esto? Pues por el hecho de que, a pesar de tener una mayor demanda, su productividad no ha cambiado. Es decir, deben producir más cantidad con las mismas condiciones que antes. La dificultad para hacerlo es lo que genera escasez de estos productos en el mercado.

Por otro lado, cae la demanda de los cortes más caros, lo cual desincentiva la producción total. Recordemos que en el sector cárnico es imposible individualizar la producción de cada corte, porque cada res contiene varios. Por ese motivo, es natural que cuando cae la demanda de algunos cortes, la oferta de todos los demás se contraiga. Y es que, en esencia, los productores intentan evitar a toda costa el exceso de oferta, aunque esto suponga producir menos.

Las medidas antimercado

«Aún es pronto para medir los efectos de estas políticas, pero en principio no parece que tengan el éxito asegurado.»

El gobierno argentino parece decidido a resolver el problema, pero sus esfuerzos hasta ahora parecen ser más bien contraproducentes.

El primero fue un endurecimiento de las condiciones de exportación, siendo su objetivo incentivar a que los empresarios vendiesen su producción en el mercado doméstico y así bajaran los precios. El sistema ponía diversas trabas, entre las cuales había fuertes retenciones a los ingresos y un tipo de cambio paralelo que entregaba a los productores un equivalente en pesos argentinos muy inferior a sus ventas reales en dólares.

Otra medida fue la iniciativa de «Precios Cuidados», dirigida a garantizar el abastecimiento de algunos productos básicos a precios determinados por el gobierno. Entre ellos se encuentra la carne de vacuno, aunque ello no ha evitado el desabastecimiento. Además, muchos consumidores se quejan de la baja calidad de la carne a precios regulados, dado que los controles del gobierno se centran más en el aspecto cuantitativo que en el cualitativo.

El último intento ha sido suspender por un mes las exportaciones para obligar a que toda la producción sea vendida dentro del país, es decir, para satisfacer toda la demanda interna. El razonamiento del gobierno es que el aumento en los precios internacionales está presionando al alza los precios interiores, y prohibir la exportación frenaría esta dinámica. Con todo, aún es pronto para medir los efectos de estas políticas, pero en principio no parece que tengan el éxito asegurado.

Los motivos

«Podemos decir, por tanto, que el encarecimiento de la carne no es ni más ni menos que un síntoma de un problema mucho más complejo.»

El motivo es que a medio plazo, los empresarios pueden reajustar la oferta a la baja, volviendo a la situación inicial. Pero incluso si no lo hicieran y la producción actual se mantuviera constante, la carne seguiría sin llegar a la mesa de los consumidores. Ello, debido a que estos no podrían permitírsela.

Tengamos en cuenta que hasta ahora hemos hablado de oferta y demanda, como si el dinero fuese neutral –y por el contenido de las medidas, el gobierno argentino parece pensar así–. Pero la ciencia económica demuestra lo contrario, como podemos ver en Argentina. En este caso, el problema no es que la carne en sí sea más cara, sino que los salarios tienen cada año menos poder adquisitivo.

La prueba la tenemos en los precios internacionales de la carne, que si bien han aumentado con respecto a 2020, no son muy superiores a los de 2017. Lo que sí ha cambiado es el salario real de los argentinos, deteriorado tras años de sufrir una de las tasas de inflación más altas del mundo. Un círculo vicioso donde las familias se ven obligadas a recortar su consumo por la subida de precios, lo cual contrae la economía y destruye empleo. A su vez, el gobierno intenta compensar esta caída con gasto público financiado con emisión monetaria, lo cual alimenta más todavía la inflación.

Argentina padece así un problema de inflación crónica, el cual deteriora constantemente su competitividad. Y ello, a la misma vez que destruye empleo, dado que obliga a aplicar restricciones continuas en el consumo. Mientras tanto, los salarios reales no pueden crecer en un país donde la productividad se encuentra estancada desde hace años por la falta de inversión.

Podemos decir, por tanto, que el encarecimiento de la carne no es ni más ni menos que un síntoma de un problema mucho más complejo. Recordemos que en una economía libre o menos regulada, la subida de un precio puede dar incentivos a invertir en ese sector para producir más y de forma más eficiente, aumentando así los salarios reales.

Sin embargo, en un país donde la devaluación destruye el valor del ahorro nacional y los controles de capitales desincentivan a los inversores internacionales, es muy difícil que tenga lugar esta dinámica. A ello, además, hay que sumar un exceso regulatorio y uno de los niveles de presión fiscal más altos del mundo, los cuales tampoco ayudan en este sentido.

En conclusión, es difícil que la carne vuelva a la mesa de los argentinos si el salario de sus trabajadores se devalúa constantemente, por muchas obligaciones que se imponga a los productores.

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