5 de diciembre de 2009 08:10 AM
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LA RELACION ENTRE EL GOBIERNO Y EL CAMPO

Asumieron los legisladores electos. Un cambio de enormes implicancias para el agro. No tanto porque asumen varios diputados que provienen de las filas del ruralismo, sin duda un hecho crucial, pero que es apenas la punta del iceberg. Por debajo, hay un gigante sumergido que hoy sabe lo que es el agro.

Habrá que agradecerle a Martín Lousteau, que con sus célebres retenciones móviles lo que realmente logró fue movilizar a la opinión pública, que tomó conciencia sobre el potencial de la agroindustria. Y nació un romance entre campo y ciudad que se vio reflejado en los resultados electorales.

Allí emergió este nuevo Congreso, que tuvo un arranque interesante con el desenlace de la composición de las comisiones. Se le arrebató al oficialismo el control omnímodo de todas ellas, lo que augura que al menos no le resultará sencillo imponer sus reglas. Lo seguirá intentando desde el Ejecutivo, aunque si uno mira las cosas con objetividad, hace ya varios meses que cesó la escalada en el hostigamiento al sector.

No se lograron avances, ni cambios sustantivos. Ni se puede decir que el Gobierno capituló. Pero la ofensiva cedió, o al menos ya no es lo que era. El campo va ganando (encima, está lloviendo, aunque falta en lugares cruciales).

El mayor riesgo que ahora se corre es el "síndrome de la tentación del bien", como definía el recordado Francesco Di Castri al afán de los políticos por hacer leyes en nombre de principios políticamente correctos.

Hace dos semanas se evitó caer en la tentación de una ley de lechería, avalada por algunas cámaras regionales, que llegó a convencer a algún diputado de la oposición. Así, se logró despacho de la Comisión de Agricultura y bajó al recinto, donde casi logra la media sanción. A último momento el propio radicalismo, cuyo legislador había firmado el despacho, decidió no dar quórum y la norma no pasó el trámite en la cámara baja. Un enorme alivio para el sector lechero, que estaría ahora frente al cepo de un régimen regulatorio antidiluviano.

Por una feliz coincidencia, en esta misma semana Casafe (la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes) presentó una obra que resume impecable y profundamente la revolución tecnológica que atravesó el agro argentino en los últimos años, y que está vigente a pesar del bajón de los dos últimos años. Explica cómo se duplicó la producción agrícola en los últimos quince años, una epopeya única a nivel mundial.

La obra es interesante y de lectura indispensable, sobre todo para los hacedores de políticas públicas y los difusores de cultura y conocimiento. Como por ejemplo, el Ministro de Cultura, Jorge Coscia, que también en estos días se despachó contra el "modelo agroexportador sojero", vomitando que la soja es "alimento para chanchos". Señor Ministro, al chancho ahora le decimos cerdo. El cerdo es la proteína animal de mayor consumo en el mundo. Las sociedades que se desarrollan quieren comer más jamón, más bondiolas, más fiambres de grados infinitos de elaboración. Atender esta demanda es inteligente. Abonar el mito anti-soja es signo de ignorancia, no de cultura.

El economista Roberto Bisang, investigador de la CEPAL, dijo en la presentación del libro que por primera vez en la historia la Argentina es protagonista central de un salto histórico de la humanidad: el cambio de paradigma en la forma de producir alimentos. Y junto con el titular de la organización, Bernardo Kosakoff, coincidió en que con su revolución, la agroindustria ha demostrado que puede ser la locomotora del desarrollo.

Una revolución que no requirió demasiadas leyes. Sólo lo que consagra la Constitución: dejar ejercer libremente toda industria lícita.

Permitir, facilitar, dejar que fluya la imaginación y el espíritu emprendedor. Soltar amarras.

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