25 de julio de 2021 11:52 AM
Imprimir

Agroindustria y productores, aliados contra las retenciones

El gravamen es el que distorsiona los precios y el que genera la antinomia, equivocada, entre ambos eslabones.

Tener una agroindustria de soja competitiva, y que pueda realmente competir con los tres principales países procesadores de ese grano del mundo –China, Estados Unidos y Brasil–, necesita de un sistema arancelario que no perjudique el agregado de valor. Y en especial que no perjudique a los productores, quienes son los responsables del primer eslabón de la cadena.

Aquí es donde hay que poner en foco, no en las retenciones sobre la soja, los aceites y los subproductos; sino en el impacto de los derechos de exportación sobre el margen bruto de los productores.

Como dato de la realidad, el año de la fuerte baja en el precio internacional de la soja (2018-2019), el gobierno de los Estados Unidos otorgó a los farmers un subsidio directo no reintegrable de 9.000 mil millones de dólares.

El actual sistema de retenciones que se calculan sobre el precio FOB, implica que buena parte del impuesto recae sobre costos extras, como tributos internos, sellados, inspecciones del Senasa, controles AGP y, finalmente, sobre el costo de elevación en la terminal portuaria. Para cuantificar este sobrecosto, que no tiene relación con el precio de la soja, podemos estimar un costo operativo de exportación de 12 dólares por tonelada y con las retenciones a la soja del 33%, el Gobierno se lleva 4 dólares adicionales, por su incidencia sobre los costos e impuestos.

A nivel del perjuicio económico para el productor, las retenciones sobre el precio FOB, por ejemplo 535 dólares por tonelada equivalen a 176 dólares. En un campo que rinde 4.000 kilos por hectárea, la exacción que sufren los productores por 33% de retenciones equivale a 704 dólares por hectárea. Esta cifra supera el costo de producción por hectárea, que incluye labores, semillas, agroquímicos, fertilización y cosecha.

En la realidad, los productores argentinos tienen un costo de producción que duplica el costo de sus pares americanos, brasileros, uruguayos, paraguayos y bolivianos. Cuesta creer que el productor argentino pueda competir en estas condiciones.

Si analizamos el negocio hasta la tranquera, la aplicación de las retenciones sobre el precio bruto de la soja, en este caso el precio FOB, es letal en aquellos casos en lo que el productor tuvo un problema climático y menor producción, o ante una fuerte baja en el precio del mercado.

Ejemplo sencillo: con un rinde de 4000 kilos por hectárea, el productor con un precio de 330 dólares por tonelada tiene un ingreso bruto de 1.320 dólares por hectárea. Si se descuentan los costos fijos y variables por 450 dólares tiene un ingreso neto de 870 dólares. A esta magnitud habría que descontar los gastos de estructura y los impuestos locales y provinciales.

UN SOCIO ESPECIAL

Mientras tanto el gobierno recauda 704 dólares por hectárea en concepto de retenciones. Si el productor tiene un problema climático y el rinde baja a dos mil kilos por hectárea, el ingreso bruto es de 660 dólares por hectárea, pero el Gobierno sigue recaudando: 352 dólares por hectárea. Y este es el caso, en el que el productor se funde, el Estado sigue recaudando por las retenciones; lo mismo sucede si el precio de la soja baja.

En el caso de las retenciones al complejo agroindustrial, la soja tributa el 33% y el aceite y la harina de soja pagan 31% en cada caso. Existe un preconcepto y error conceptual, por parte de algunos grupos minúsculos de productores, que este diferencial de dos puntos porcentuales es el que les permite ganar plata a los industriales aceiteros.

Nada más alejado de la realidad y un grave error de análisis, que es producto del desconocimiento de cómo funciona el sistema impositivo. Este diferencial le permite a la industria aceitera pagar 10 dólares más por tonelada de lo que podría pagar el exportador de soja como grano, sin valor agregado. Y si alguien pensara que llevando al 33% las retenciones a la harina y el aceite implica que el productor recibirá más precio por su soja, se está equivocando.

Por ejemplo, 33% sobre el precio del aceite de soja, que es de 1250 dólares por tonelada, equivale a un sobre costo para la industria de 25 dólares por tonelada. En el caso de la harina de soja, a un precio FOB de 400 dólares por tonelada, el sobrecosto es de 8 dólares por toneladas.

Si ponderamos los dos sobrecostos y consideramos el rinde industrial del proceso del poroto de soja, que produce 18% de aceite y el 78% de harina, llegamos a un sobrecosto de producción neto de 10,74 dólares por toneladas.

Como la demanda de poroto de soja se concentra en apenas tres meses posteriores a la cosecha, una vez que la demanda de exportación cumpla sus ventas y se retire del mercado; la industria aceitera, mientras tanto, compra los 12 meses del año.

Por todo esto consideramos que los productores y los industriales aceiteros deben ser aliados, y no considerarse enemigos. Si le va bien al productor le va bien a la industria, y si le va bien a las aceiteras le va bien a los productores. Es en el sistema perverso de las retenciones el que confunde y donde hay que poner el foco de la discusión.

Fuente: AgroVoz

Publicidad